viernes 6  de  febrero 2026
RECUERDOS DE UNA HABANERA

La Habana de mi infancia

La Habana de mi infancia apenas se parece a la del siglo XXI, a no ser por el Malecón, con el muro dañado y aceras destrozadas

Diario las Américas | TANIA QUINTERO
Por TANIA QUINTERO

Procedo de una familia humilde. En mi casa solo entraba el sueldo de mi padre, que no era mucho. Por eso, mi madre dos veces a la semana lavaba y planchaba a domicilio. La estrechez económica no impidió que siempre tuviera batas bonitas, gracias a dos de mis tías paternas, Cuca y Lala, que eran modistas. Mis padres solo tenían que gastar en ropa interior, medias, calzado, útiles escolares, un par de juguetes el Día de Reyes y poco más.

Zapatos siempre tuve tres pares: uno para andar en casa y jugar, otro para ir a la escuela, los llamados 'colegiales' (de piel negra, con cordones) y otro para salir, que en verano solían ser de color blanco y en invierno negros, por lo regular de charol. De pequeña usé sandalias, después zapatos con correíta, que no se salían del pie. En aquel tiempo no recuerdo haber usado balerinas ni mocasines.

Antes de 1959, en Cuba había escuelas públicas, privadas y religiosas. Las clases no eran mixtas, a una sesión iban las hembras y a otra los varones. A las privadas y religiosas había que ir con los uniformes, zapatos, medias, corbatas o lazos que cada escuela diseñaba y era obligatorio comprarlos en determinadas tiendas. En La Habana, en El Encanto, Fin de Siglo, La Época, Ultra, Sánchez Mola y El Bazar Inglés, entre otras.

A las públicas también se iba con uniforme, que podías comprar ya confeccionado, a precios accesibles, o comprar la tela y si nadie en la casa sabía coser, se lo encargabas a una de las muchas costureras que había en los barrios y cobraban barato, unos 5 pesos. Las hembras usábamos saya azul prusia, blusa blanca y lazo azul, de la misma tela de la saya. En el medio del lazo, se ponía y quitaba, con broches de presión, el monograma de la escuela, que vendían en las tiendas de la zona donde radicaba la escuela y costaba 0.50 centavos.

Cortesía/Tania Quintero
Alumnas del 2.º grado con la Srta. Inés, en 1950-51. Tania es la primera a la izquierda, en la segunda fila, con el cabello recogido y lazos blancos.

Alumnas del 2.º grado con la Srta. Inés, en 1950-51. Tania es la primera a la izquierda, en la segunda fila, con el cabello recogido y lazos blancos.

Mi escuela, la Ramón Rosaínz se encontraba en El Pilar, una barriada de familias pobres y trabajadoras y también de gente marginal. La calle Pila, que quedaba frente a nuestra escuela, empezaba en Monte y terminaba en Cristina, era una calle de 'mujeres de la vida', como entonces le decían a las rameras o prostitutas. Algunas de mis compañeras de primaria eran hijas, sobrinas o primas de alguna prostituta, de la calle Pila o de los alrededores, pues por la cercanía del Mercado Único o Mercado de Cuatro Caminos, el más grande de La Habana, era fácil conseguir buenos clientes con los guajiros que traían sus productos del campo, comerciantes, vendedores y choferes de camiones.

Lo sabíamos nosotras y nuestras familias, pero al menos en mi casa, eso no fue un problema para que compartiera con aquellas niñas. Nunca vi a nadie burlarse de una compañerita de aula porque vivía en una casa en mal estado o porque sus zapatos eran más baratos o no tuviera maleta (entonces no habían mochilas, eso era algo que usaban los militares, igual que los pantalones de mezclilla, que era cosa de obreros y mecánicos) y tuvieran que llevar los libros y libretas en la mano o en una jaba de tela hecha por su mamá o su abuela.

Tampoco nos molestaba ni nos daba envidia ver a los estudiantes de las escuelas privadas y religiosas, con sus uniformes vistosos y un ómnibus escolar los recogía en la puerta de su casa por la mañana y por la tarde los dejaba de nuevo allí, aunque vivieran cerca de la escuela, como una vecina mía de La Víbora, que vivía a dos cuadras del Instituto Edison e iba y venía en el bus escolar. Mi prima Lydia Roca estudió en el Instituto Edison. Me parece estarla mirando, con su uniforme blanco, el monograma con las iniciales IE bordadas en carmelita y zapatos colegiales también carmelitas.

Hasta 4.º grado, di clases de música y dibujo y en 5.º y 6.º grado, clases de bordado, economía doméstica y educación física, que dos veces a la semana la dábamos en la azotea de la escuela, que colindaba con el local donde durante muchos años estuvo la COA (Cooperativa de Ómnibus Aliados), una de las organizaciones más fuertes de la capital. Esos dos días, íbamos a la escuela con el uniforme de educación física: blusa blanca, saya azul marino abierta al frente con botones y debajo, un short azul y tenis blancos. La marca más conocida era U.S. Keds.

Terminé el 6.º grado en 1954 y matriculé en la Escuela Superior. En la Superior cursabas dos grados, 7mo. y 8.º. Después de 1959 crearon la Secundaria, con tres grados (7.º, 8.º y 9.º). En la Superior usé el mismo uniforme de la primaria, pero con otro monograma. Esa Escuela Superior era una gran edificación escolar recientemente inaugurada, detrás de la Escuela Normal de Maestros de La Habana, en San Joaquín, entre Pedroso y Amenidad, Cerro. En una parte del moderno edificio, quedaba la Escuela Superior Anexa La Normal, que así se llamaba, y en la otra, más grande, una escuela primaria (cuando quitaron la Superior, dejaron la primaria y le pusieron Nguyen Van Troi).

Una asignatura nueva en la Superior eran las clases de cocina, en un salón con mesas, closets, un gran refrigerador y cuatro cocinas de gas, Made in USA (entonces, lo raro era que algo no fuera hecho en Estados Unidos, a Cuba llegaba lo último que se produjera en ese país: autos, electrodomésticos, ropa, calzado, películas). Fue algo novedoso para mí porque hasta 1959 en mi casa no tuvimos refrigerador, comprábamos una piedra de hielo cada día. Y hasta 1968, cuando por la llamada Ofensiva Revolucionaria, nacionalizaron las bodegas y pequeños comercios, entre ellos la carbonería del asturiano Fermín, en la esquina de Romay y Zequeira, mi madre cocinaba con carbón.

Uniformadas íbamos a la Semana del Niño. Visitábamos industrias de la zona (Canada Dry, Sabatés, La Estrella y La Española, fábrica de chocolate en Infanta y Estévez). Llevábamos una bolsita, para echar las chucherías que nos regalaban. A las excursiones fuera de la capital (Cuevas de Bellamar, Valle de Viñales) íbamos con camisa, pantalón y calzado apropiado. Llevábamos un cartucho con merienda y un sombrero por el sol.

La Habana de mi infancia apenas se parece a la del siglo XXI, a no ser por el Malecón, con el muro dañado y aceras destrozadas. El Capitolio, restaurado. El Parque Central, con menos árboles y ya sin su vieja vecina, la Manzana de Gómez, reconvertida en el hotel de lujo Manzana Kempinski. La estatua de Antonio Maceo (en nada se asemeja al Parque Maceo de mi niñez) y La Giraldilla, entre otros monumentos que no han sido derribados o vandalizados.

Teatros como el antiguo Nacional, después García Lorca, hoy Alicia Alonso; restaurantes y bares, como La Bodeguita del Medio y El Floridita. De los cines que han sobrevivido a la desidia del castrismo quedan Radiocentro (Yara), Rodi (Teatro Mella), Riviera y el Teatro América.

Siguen en pie la Universidad de La Habana, con su escalinata y su Alma Mater. La Biblioteca Nacional a la que iba a estudiar cuando fui alumna de la Escuela Profesional de Comercio de La Habana (1957-59). Las iglesias católicas, entre ellas la de los Padres Pasionistas en La Víbora y, por supuesto, La Catedral, en la Habana Vieja. Antiguas mansiones coloniales hoy son sedes de museos y embajadas. Hoteles como el Nacional, Inglaterra, Sevilla, Plaza, Havana Hilton (Habana Libre), Riviera, Comodoro, Capri, Deauville... Y afortunadamente, el emblema de la capital y del país, a la entrada de la bahía habanera: El Castillo de los Tres Reyes del Morro, con más de cuatro siglos siendo testigo de asedios de piratas, conquistadores ingleses, guerras de independencia, ciclones, revueltas populares y turbulencias sociales y políticas.

Para los cubanos que nacimos en la década de 1940, aunque sus padres o abuelos fueran auténticos, liberales, ortodoxos, comunistas o fueran apolíticos, a Estados Unidos no lo veíamos como una nación enemiga. Todo lo contrario. Desde pequeña, en los estanquillos vendían periódicos y revistas americanas, desde Life hasta National Geographic Magazine. En los cines, la mayoría de las películas eran de Hollywood o de México.

En la radio lo mismo escuchabas a Joseíto Fernández ,en aquel programa donde a ritmo de la Guantanamera narraba asesinatos y crímenes, que programas con Frank Sinatra, Nat King Cole, Elvis Presley... O dedicados a la música de Ernesto Lecuona. En las emisoras había espacios fijos con Vicentico Valdés, Blanca Rosa Gil, Panchito Riset, Barbarito Diez, Tejedor y su Grupo, Benny Moré... Otros dedicados a la música clásica, española, mexicana o argentina. Lo último de las orquestas cubanas de moda (Jorrín, América, Aragón, Riverside, Sonora Matancera, Roberto Faz) o de jazz bands estadounidenses de Benny Goodman y Glenn Miller.

Podías escuchar la música de tu preferencia, leer el libro del autor que más te gustara y ver filmes de México, Estados Unidos, Argentina, España (de Cuba no recuerdo haber visto ninguna). Distraerte con muñequitos (comics), impresos, en la tele o en la prensa nacional (mis preferidos, Trucutú y Benitín y Eneas). Seguir las aventuras, primero en la radio (Los Tres Villalobos, la más popular) y después en la televisión.

Las radionovelas se llevaban la palma, entre ellas El derecho de nacer, de Félix B. Caignet. Muy seguido era el programa Divorciadas, basado en hechos reales. Podías seguir al espiritista Clavelito, las décimas de Chanito Isidrón, espacios humorísticos y actuaciones musicales en vivo, en Radio Progreso y otras emisoras. Cada semana podías comprar las revistas Bohemia y Carteles, o de temas femeninos, como Romance y Vanidades, la más vendida, que costaba 20 centavos, salía una vez al mes y cada número traía una novelita de Corín Tellado.

Estábamos al tanto de lo que se usaba en Estados Unidos, que ya desde entonces era un país de referencia para el cubano de a pie, pero la gente rica prefería la moda y también los perfumes de París (con mi primer salario en agosto de 1959, en El Encanto me compré un frasco de agua de tocador Miss Dior que me costó 5 pesos). Si querías un vestido igual al que viste en el catálogo de Lana Lobell, ibas al Ten Cent, te comprabas un sobre que dentro traía los patrones o moldes y costaba 0.60 centavo. Si vivías en La Habana, ibas a Muralla, la calle donde se vendían más telas, encajes, botones, bieses, serpentinas, zippers e hilos de toda la isla. Y por tres o cuatro pesos, cuando mucho, comprabas dos o tres varas o yardas (antes no se decía metros) del tejido que el modelo requería. Nadie en mi escuela, en mi barrio y mi familia, sufría si no podía comprar lo que estaba de moda en USA.

Quienes tal vez sufrían un poco eran los apasionados de los autos, pero en las agencias que había en la capital, podían comprarlos a plazos, igual que los aires acondicionados, refrigeradores, cocinas, batidoras y otros electrodomésticos americanos. Entonces, cualquiera podía sacar un pasaje en avión a Cayo Hueso (Key West) o Miami, pasarse allí unas horas haciendo compras y regresar ese mismo día. Mejor aún si ibas en el Ferry, donde podías venir con autos, muebles y todo lo que necesitaras para tu casa o tu taller de mecánica, chapistería o carpintería.

Pero todo se acabó a partir de 1959. Fue cuando los cubanos empezamos a ir pa'tras, a estancarnos, viviendo con libreta de racionamiento desde 1962, cada vez con más escasez y penurias, sin democracia ni libertades. Sesenta y siete años después, Cuba es sinónimo de catástrofe humanitaria.

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