Me hice aficionado al fútbol, a jugarlo y a verlo, a seguirlo por la televisión y en los estadios, desde muy niño. Mi padre deploraba o menospreciaba el fútbol, le parecía un juego vulgar, plebeyo, para brutos o bellacos. Vivíamos en una gran casa de diez mil metros cuadrados en el campo, a una hora de la ciudad. No teníamos vecinos, los terrenos al lado de la casa eran extensiones baldías, llenas de piedras y tierra de las últimas riadas que habían descendido de unos cerros que un siglo atrás habían ocupado los invasores chilenos, según la leyenda. Aquella casa, con la que sueño a menudo, tenía un jardín enorme para jugar al fútbol, con dos arcos, al que llamábamos “jardín grande”. Apenas regresaba del colegio, mi padre todavía en el banco, pues él volvía ya de noche, mi madre en sus quehaceres domésticos o sus afanes religiosos que eran incesantes, bajaba en ropa deportiva al “jardín grande” con mi hermano Arturo y el jardinero Mario, el chino Mario, y nos poníamos a pelotear, a jugar tiros al arco, y eran, a no dudarlo, los momentos más felices del día. También jugábamos, a veces, con nuestros hermanos Óscar y José, que eran muy amigos, inseparables, pero ellos eran bastante menores que yo y la verdad es que no se divertían tanto como nosotros y me parece que yo abusaba de la impericia de ellos, que recién se asomaban el tráfico noble y querendón con una pelota de fútbol, una relación que en mi caso estaría siempre signada por el afecto, pues a la pelota no había que patearla, sino amansarla, domarla, acariciarla.

Mi hermano Arturo y especialmente el chino Mario eran mis grandes amigos, compinches y confidentes, y a ellos les contaba qué chica me gustaba, cómo pensaba declararme ante ella, qué sueños ardientes me consumían de noche cuando mi imaginación la evocaba a ella, a Tati, y la hacía reverberar como luces iridiscentes que yo debía penetrar para conocer, a un tiempo, la hombría y el éxtasis. Arturo era un hermano leal, entrañable, conversador, divertido, y le encantaba el fútbol y lo jugaba mejor que yo, mucho mejor que yo, y eso no ha cambiado hasta hoy, pues con los años se convirtió, además, en un atleta profesional, consumado, un gran corredor de maratones en las principales del mundo, una pasión que comparte con su encantadora esposa. El chino Mario, qué puedo decir del chino Mario que no haya contado ya en mis novelas, sobre todo en Yo amo a mi mami, era casi un padre suplente, o un padre tierno, alcohólico y disfuncional, o un tío de cariño que yo elegí, o un hermano mayor: me escuchaba, se reía de mis historias, sabía cómo me gustaban Tati Valle-Riestra y su hermana Pachi, aunque Arturo moría por Pachi y yo más por Tati, así pensábamos casarnos cuando fuésemos grandes, y el chino Mario me hacía reír, me contaba historias de su niñez, su juventud, su esposa y sus mujeres clandestinas, pues era un tremendo mujeriego y un hombre bueno, de gran corazón. Yo no sabía cómo declararme ante Tati y él me decía que simplemente tenía que besarla, besar sus pecas, pues Tati era muy pecosa, pero antes tenía que afeitarme el bozo incipiente, así me aconsejaba el chino Mario, quien, cuando jugábamos tiros al arco, tenía la paciencia de ir a tapar como arquero y recoger las pelotas desviadas, mal pateadas, que caían en el terreno desocupado detrás de la pared de piedras, cómo lo extraño al gran chino Mario, que murió joven, el hígado destruido.

Después de jugar fútbol en el “jardín grande”, me encerraba en mi cuarto y encendía la radio a pilas y no me perdía un programa de fútbol que dirigía un periodista obeso, risueño, memorioso, llamado Pocho, Pocho Rospigliosi. Eran horas en las que, al tiempo que escuchaba los comentarios y entrevistas de Pocho y su equipo, leía una revista argentina de fútbol, El Gráfico, que recientemente salió de circulación, una pena, y que llegaba todas las semanas a nuestra casa. Gracias a esa revista, me sabía de memoria, sin titubear, las alineaciones de todos los equipos de la primera división del fútbol argentino, no sólo de los grandes como Boca, River, Independiente, San Lorenzo y Racing, sino también las de Chacarita, Ferro, Huracán y todas los demás. Por supuesto me sabía también las del fútbol peruano, pero más me atraía el argentino. Eran otros tiempos, los años setentas, mediados de los setentas, y el Perú y la Argentina estaban gobernados por militares odiosos, y la televisión de nuestra casa era en blanco y negro, y los fines de semana venían a la casa grandes amigotes militares de mi padre, generales y coroneles de derecha, de extrema derecha, quienes planeaban un golpe, y, mientras ellos hablaban en tono acalorado de conspiraciones y alzamientos inminentes, yo me aferraba al placer seguro del fútbol, jugándolo, leyéndolo, escuchándolo en la radio y, muy ocasionalmente, viéndolo en la televisión. El problema con verlo en la televisión era que sólo había tres canales y los fines de semana pasaban un partido de la liga alemana, nada más. No sabía nada o casi nada de la liga española, italiana, inglesa, y apenas me asomaba a la alemana, de modo que toda mi atención estaba capturada por el campeonato argentino y el peruano. Mi sueño era conocer el estadio Nacional de Lima, y más adelante viajar a Buenos Aires y conocer la cancha de River, la cancha de Boca, pero mis padres no alentaban aquellas ilusiones y más bien trataban de disuadirlas, pues mi madre me quería pío, devoto y numerario del Opus Dei como ella, y mi padre, tiratiros y cazador de animales como él, y yo no me sentía llamado a ninguna de esas actividades.

Hasta que escapé de casa de mis padres, apenas cumplidos los trece años.

Robé joyas valiosas de mi madre, corrí como un atleta durante una hora bajando el cerro de grandes mansiones en el que vivíamos, subí a un bus del transporte público, me bajé dos horas más tarde en el centro de la ciudad, malvendí las joyas o una de ellas, me alojé en un hotel lóbrego de la parte vieja de la ciudad y esperé al fin de semana para ir a ver un gran partido en el estadio Nacional. Fueron días estupendos porque me sentí libre, aunque de noche, a solas en ese hotel decadente, me daba miedo de que me robaran o hicieran daño, era muy chico todavía. Era flaco, muy flaco, lector, muy lector, tímido, muy ensimismado, y cuando estaba en la habitación hablaba conmigo mismo y me repetía las cosas que haría: no volvería más a casa de mis padres, conocería al gran locutor deportivo Pocho Rospigliosi, trabajaría en su equipo radial, dejaría el colegio, viviría para ver el fútbol y comentarlo, viajaría a Buenos Aires, conocería las canchas de Boca y River, esa sería mi vida, una vida dedicada a mi pasión más ardiente, la del fútbol.

Hasta que llegó el fin de semana y fui a la cancha. Tenía plata, bastante plata, así que pude comprar un asiento en la tribuna occidente, la mejor, la más cómoda. Jugaban Cristal y Universitario, Sporting Cristal y la “U”. Yo me había hecho hincha de Cristal porque tenía un equipo de ensueño. Debí suponer que mi padre, que tenía amigos militares y policías, y que donaba dinero a esos amigotes uniformados, sospecharía que yo no me perdería ese partido. Llevaba años soñando con ir al estadio y el partido era de noche y cómo podía perdérmelo, por fin era libre y tenía el dinero. Fui al estadio, subí deprisa las escaleras que olían a ríos de orines humanos, era como subir al cielo, como ascender al nirvana, como estar muerto y revivir y llegar a la gloria celestial, y no olvidaré nunca el estremecimiento, el temblor, el escalofrío que me sacudieron al ver la cancha vacía, iluminada, y sentir el barullo rumoroso que provenía de las tribunas populares, y buscar en éxtasis mi asiento, mi lugar en ese estadio y en el mundo, y enseguida sentarme y encender la radio a pilas: fue el momento más feliz de mi vida, aunque lamentablemente no habría de durar mucho.

No duró mucho porque en algún momento del primer tiempo, ya Cristal habiendo metiendo un gol, un golazo, que grité como un lunático, un señor fornido, vestido de civil, me llamó por mi nombre, me tomó del brazo, me dijo al oído que era un policía contratado por mi padre y me llevó sin demasiada brusquedad, pero con una autoridad que no osé impugnar o contestar, porque yo era flacuchento y esmirriado, afuera del estadio, al auto de mi padre, quien me esperaba con una mirada resabida, socarrona, exenta de violencia o rencor, como diciéndome: ¿pensabas que era tan tonto que no vendría a buscarte acá, al estadio? Así terminó aquella corta noche de euforia interrumpida, porque mi padre me llevó al hotel en el centro a recoger mis cosas y no me atreví a pedirle que pusiera en la radio la transmisión del partido que por desdicha me perdí y que acabó ganando Cristal.

Unos años más tarde, apenas empecé a trabajar como reportero de un periódico en el centro de la ciudad, y luego como comentarista político de un canal de televisión, todo antes de cumplir la mayoría de edad, los dieciocho años, siendo ya famoso aunque todavía menor de edad, y habiendo ahorrado mis primeros dólares, hice lo que había soñado durante mi niñez y adolescencia: compré un billete aéreo para viajar a Buenos Aires, y por supuesto viajé solo, sin permiso de mis padres, y me dejaron salir del país porque ya era famosillo por la televisión y me veían futuro en la política, y no olvido, no olvidaré, las brasas que se encendieron, ardieron y refulgieron de puro placer trémulo en mi corazón cuando conocí el estadio de River y la cancha de Boca, y aprendí a amar a la Argentina no sólo desde el fútbol, pero también desde los cuentos de Borges, Cortázar y el negro Fontanarrosa, que me obligaban a visitar pronto la ciudad de Rosario. En aquella primera visita a Buenos Aires, decidí un puñado de cosas que mucho más tarde alcanzaría a cumplir: algún día viviría en esa ciudad, y amaría a alguien de esa ciudad, y hablaría casi como porteño, y me haría hincha de River o Boca, y sería periodista deportivo y tal vez también escritor, por qué no. Y una tarde, caminando a solas por el centro de la ciudad, vi a lo lejos a Borges con su bastón y a María Kodama fiel a su lado, y me acerqué a ellos y les pedí una entrevista, y Borges me dijo claro, cómo no, encantado, y entramos juntos a una confitería y charlamos una hora, pero esa es otra historia, o la misma historia: la historia de cómo el fútbol me llevó a Buenos Aires, y Buenos Aires a la literatura, y cómo, con los años, descubrí que mis dos grandes pasiones incurables eran el fútbol y la literatura, en ese orden, por supuesto.

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