Durante años se anunció, casi con tono apocalíptico, la muerte de la industria musical. Sin embargo, aquí estamos en 2026 y, aunque golpeada, transformada y profundamente desigual, la industria sigue en pie. Se ha reinventado, ha cambiado de piel y ha encontrado nuevas formas de generar dinero. Eso sí: no para todos. Como ha ocurrido históricamente, los mayores beneficios continúan concentrándose en manos de quienes están firmados por las grandes multinacionales. El resto —la inmensa mayoría— sobrevive entre la visibilidad digital y la precariedad económica.
En el ámbito de la música hispana, el fenómeno más determinante de las últimas décadas ha sido el dominio de la llamada música urbana. No se trata aquí de un juicio estético, sino de un hecho estructural. Este género no solo conquistó al público: desplazó a otros estilos que históricamente tenían espacios propios en los medios de comunicación, especialmente en la radio, que durante décadas fue una fuente inagotable de promoción. A medida que el reguetón se consolidaba como fenómeno global, muchas emisoras reconfiguraron su programación hacia un formato casi monocorde, dejando un vacío mediático para géneros como la salsa, el bolero, el jazz latino, la música tropical tradicional, el rock en español o la música académica contemporánea.
El resultado fue predecible: el público comenzó a prestar atención casi exclusiva a aquello que sonaba en todas partes. Lo demás quedó al borde de su desaparición “comercial”. No cultural, no artística, sino comercial. Estas músicas han sido preservadas, en gran medida, por creadores con una vocación profunda y un compromiso casi sanguíneo con sus raíces nacionales o regionales. Sin esa resistencia silenciosa, hoy hablaríamos de extinciones más que de desplazamientos.
1999: Napster y la grieta original
El punto de quiebre llegó en 1999 con el nacimiento de Napster. Por primera vez, el intercambio directo de música entre usuarios se volvió masivo, sencillo y gratuito. Comprar discos dejó de ser una necesidad: cualquiera con acceso a internet podía descargar música sin licencias ni pagos. Fue ilegal, sí, pero profundamente revelador. Napster enseñó una lección que la industria tardó años en aceptar: el consumidor prefiere acceso inmediato antes que posesión. Ese cambio de hábito fue irreversible.
2003: la descarga legal y la respuesta corporativa
La reacción legal llegó en 2003 con la descarga paga. Las grandes casas discográficas, tras años de resistencia, claudicaron ante la realidad digital. Apple logró algo impensable hasta entonces: unificar a las principales multinacionales del disco y convencerlas de vender canciones sueltas —no álbumes completos— a un precio estándar de 99 centavos. La iTunes Store no solo combatía la piratería: redefinía el valor unitario de la música y preparaba, sin saberlo, el terreno para algo aún más radical.
Ese nuevo ecosistema abrió una puerta inesperada: la música independiente. Al autorizar a distribuidores digitales a colocar contenidos en su plataforma, Apple estableció un marco legal, técnico y económico que permitió a sellos pequeños y artistas sin contratos multinacionales existir en la tienda. Distribuidoras como CD Baby, TuneCore o The Orchard facilitaron el acceso, gestionaron contratos, cobros y comisiones, y ofrecieron por primera vez una sensación de democratización del mercado. Publicar música ya no era un privilegio exclusivo.
Del archivo al flujo: el nacimiento del streaming
El streaming no apareció de la noche a la mañana. Fue el resultado de una evolución tecnológica, legal y cultural que se venía gestando desde los años noventa: la compresión del MP3, la expansión progresiva de la banda ancha, reproductores como Winamp y la pérdida definitiva de dependencia del soporte físico.
Los primeros experimentos serios llegaron con plataformas como Pandora y Last.fm, donde el usuario no elegía canciones específicas, sino que recibía una especie de radio personalizada por algoritmo, sostenida por publicidad. El concepto clave comenzaba a normalizarse: acceso sin posesión.
2008: el quiebre definitivo
En 2008 irrumpe Spotify con una propuesta disruptiva: escuchar cualquier canción, cuando quieras. Nace el modelo freemium: gratis con anuncios o pago sin interrupciones. La música deja de comprarse; simplemente se accede a ella. En la década siguiente llegan Apple Music, Deezer, Amazon Music y otras plataformas que consolidan el modelo de suscripción mensual. La descarga pierde protagonismo y el streaming se impone como estándar global.
¿Y los artistas y músicos?
Aquí es donde el relato se vuelve incómodo. A pesar del acceso, la visibilidad y la aparente democratización, vivir del streaming sigue siendo una quimera para la mayoría de los artistas y músicos independientes. Los pagos por reproducción son, en términos reales, irrisorios si se comparan con el modelo del disco físico. Se han dado pasos importantes en Estados Unidos —como el Music Modernization Act, los ajustes del Copyright Royalty Board o iniciativas como el Living Wage for Musicians Act—, pero el desfase entre consumo masivo y remuneración justa persiste.
Una advertencia final
Si eres joven y deseas adentrarte en el mundo de la música, adelante. El futuro, en muchos sentidos, promete. Pero no te engañes. Estudia tu profesión con rigor, fortalece tu lenguaje artístico y comprende el sistema en el que te mueves. Tu voz propia será tu mayor capital. Copiar tendencias puede darte visibilidad momentánea, pero no te sostendrá en el tiempo.
La industria musical en 2026 no está muerta. Está ruidosa, saturada y profundamente desigual. Sobrevive quien entiende el juego… o quien decide, conscientemente, jugar otro.
Por Yalil Guerra, Ph.D.