viernes 6  de  febrero 2026
RELATO

La lista, los presos y el petróleo

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

Cuando el reverendo Jessie Jackson llegó a Cuba en junio de 1984, a Fidel Castro no le importó que no fuera un mandatario en funciones y le montó un recibimiento de primer nivel.

El visitante viajaba con el aval de ser el segundo precandidato afroamericano a la presidencia de los Estados Unidos. Una aspiración que se desinflaría por el camino, ante el respaldo del Partido Demócrata al vicepresidente Mondel y al senador Hart.

Igual lo trataron a cuerpo de rey, el régimen cubano se ajustó al protocolo a pesar de que Jackson, en la primera oportunidad, le sacó a Fidel un sable que traía escondido: Una lista de prisioneros políticos que pedía fueran liberados. Una relación detallada, con la ubicación precisa de la prisión donde estaban, el tamaño de la sentencia a que habían sido condenados y el tiempo de cumplimiento que ya habían extinguido.

La sorpresa no contrarió al dictador, quien masculló algo como, “¡Ah, la lista!” y terminó entregándole al precandidato 26 de los condenados.

Las organizaciones ecuménicas locales sacaban pecho en un intento por presentarse como los autores de la relación de prisioneros, pero los analistas consiguieron rastrear la génesis: El listado había sido preparado y filtrado por la inteligencia cubana, una maniobra que limitaba el campo de acción del reverendo.

Un “hasta aquí vamos a llegar” disfrazado de reclamo independiente y acompañado de una centralista que Fidel pasaría a Jackson, “esto es lo que queremos a cambio”, versión tropical de intercambio de regalos.

Tampoco era una iniciativa nueva, reclamos parecidos ya habían llegado a la isla en manos de otros, no tan precisos, aunque con la misma intención y siempre inducidos por ellos.

Los presos políticos aparecieron por primera vez en la mesa de negociaciones cuando las conversaciones con la administración de Jimmy Carter, hasta ese momento el régimen los veía como basura, de repente eran oro oficial.

Y lejos de dejar al interlocutor elegir, el régimen prefirió preparar la selección, disfrazada de inventario opositor.

Desde entonces la lista actualizada de los presos políticos como ficha de cambio aparecía en manos de cuanto visitante llegara a la Habana, incluso el Papa Juan Pablo Segundo trajo su pliego de prisioneros, foliados y a tres copias.

El único que no se ajustó al plan cubano fue Francois Miterand: en 1982 el presidente francés envió al escritor Regis Debray con un reclamo para sus amigos.

El mensajero de Paris no traía la lista de marras, es más, la volvió a rechazar cuando alguna mano cómplice intentó entregársela en La Habana.

Para asombro de Fidel los socialistas franceses solo querían a Armando Valladares, que ni siquiera estaba empadronado y a quien ya habían dedicado toda una campaña de desprestigio por el riesgo que representaba.

Fidel luego se quejaría en público de cómo Debray llegó a decirle que Mitterrand perdería el poder si no accedía a liberar al escritor inválido.

El dictador terminaría cediendo y el poeta se convertiría en un azote internacional, llegando a fungir como embajador de Estados Unidos en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Ahora que el régimen cubano pide el petróleo por señas y que insiste desesperadamente en unas negociaciones, la administración Trump debe tener claro que en cualquier momento reaparece la lista, si no es que ya la han dejado sobre la mesa.

La Habana intentará controlar los daños y ceder lo mínimo, en un juego de entregar prisioneros a cambio de barcos petroleros y dilatar cualquier promesa mayor. Ganando tiempo para ver qué pasa con las elecciones de medio término, esperanzados en que Trump pierda pegada o que los demócratas le arrebaten alguna de las cámaras.

En este juego de dilación tienen mucha experiencia, navegaron con suerte ante Reagan y sus ocho años de constante acoso. Hasta consiguieron sobrevivir a los cierres de remesas y viajes que W. Bush le puso al cuello sin conseguir asfixiarlos.

El secretario de Estado Marco Rubio debería leer “La Alternativa del Diablo”, el libro de Frederick Forsyth que en 1979 revelaba los rejuegos de los servicios de inteligencia comunistas para conseguir que la inteligencia occidental trabajara para ellos, bajo la creencia inducida de que tenían un ruiseñor colado en el Kremlin.

Cuba no tiene ruiseñores, pero si una banda de gorriones dispuestos a asomar sus alas en cada ventana del Congreso, del Pentágono y puede que hasta de la Casablanca: agentes de todo tipo que empujan variables, disfrazando de concesiones las contramedidas preparadas por la dirección de inteligencia de Línea y A.

Esa es la dirección exacta de la cueva de los espías, el edificio de quince pisos en el corazón del Vedado donde se tejen todas las intrigas y donde hoy se lamen las heridas después del secuestro de Nicolás Maduro: una operación que los debilitó pero que no limitó su capacidad para lucubrar nuevos planes o repetir los que ya tienen concebidos.

Cuba sabe que llega al tablero de negociaciones en su peor momento, por eso vienen a encender, nuevamente, el tabaco con que Jorge Risquet incomodaba a la delegación sudafricana en las negociaciones de paz en Angola. La técnica del humo no les dio resultado en 1989, esperemos que ahora le coloquen el signo de no fumar en las afueras del salón, donde deben llegar solo para aceptar lo que les digan y no venderse como los únicos capaces de evitar el éxodo masivo de balseros hacia la Florida.

La lista de los presos es sencilla de contrarrestar, Washington únicamente tiene que exigir que los liberen a todos, de forma inmediata y no a cuentagotas. No equiparándolos con los barriles de petróleo que se les han vuelto tan esquivos.

El régimen de La Habana comenzará a forzar el tema humanitario, las víctimas de la falta de combustible, un panorama que va a empeorar con el paso de las horas y del que, como siempre, culparan al bloqueo y a la administración estadounidense de turno. Por eso se les debe mirar a los ojos, responsabilizarlos de todo y no mirar afuera, donde la opinión mundial puede ser manipulada por la banda de gorriones que reparten, a diestra y siniestra, el mensaje apestoso y gastado de los “segurosos” de 15 y A.

Nunca estuvo más cerca un posible cambio en Cuba, pero cuidado, no es una situación que les sorprende, más bien es un escenario previsto desde hace muchos años y para el que han ensayado, una y otra vez, las posibles salidas.

En esta oportunidad la cosa no es liberar presos solamente, la cosa es que se vayan todos, de una vez y para siempre.

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