Una de las tradiciones familiares siempre ha sido la pobreza, una costumbre obligada, aunque rica en sabiduría y supervivencia. Los niños, cuando somos pobres, correteamos al cemento hasta procurarlo en grietas, hasta crecer tallos por sus rendijas.
Narraciones que combinan vivencias y ficción con un claro propósito reflexivo
Una de las tradiciones familiares siempre ha sido la pobreza, una costumbre obligada, aunque rica en sabiduría y supervivencia. Los niños, cuando somos pobres, correteamos al cemento hasta procurarlo en grietas, hasta crecer tallos por sus rendijas.
En Málaga, España, hay lugares donde la miseria aún se vive al sol, entre arenas y riñeros, chabolas y asperón. La alegría, puro hábito, enfría cada losa para que al pisar descalzo no ardan nuestros pies. A pesar del turismo sobreviven resquicios de pobreza, amontonada en bloques y construida en línea con el mar. Cercano a los nuevos rascacielos habitan todavía las casuchas y el amianto, y la humedad empapa relojes y pulmones.
Las pasadas navidades volví a la uralita en lluvia. Aún bajo el yugo de viajeros con cráneos amarillos, la escasez resiste y continúa repartiendo hambre y resquebrajando paredes, agrietando penurias y fraguando cantes. Pero hubo tiempos donde la pobreza no era candelas en los patios ni cazos oxidados, tampoco polígonos ni bloques, sino fandangos, verdiales y cubismo. La ruina moraba en los montes, entre kilómetros de hambruna y piedra. Quien quisiera recordar la carpanta, la sed y los canastos, había de acudir a la abuela Maruja, una mujer con el futuro en forma de recuerdo, con el pasado aún tibio bajo su frente.
Fui a visitarla.
Me recibió una puerta con seis garabatos de hierro como pestañas retorcidas. Colé mi mano entre las rejas y golpeé el cristal. Se fueron descubriendo, poco a poco, las losas verdes, blancas y rojas, incrustadas en la tierra.
Maruja está haciendo un potaje, sentada en la silla de enea. Agarrándose a la hornilla asoma sus ojos sobre la cazuela. Sus dedos, torcidos por las costuras, envuelven una cuchara de palo y sonriéndome, remueve los garbanzos, las acelgas y las jibias. Me acerco, y ella recita aquellos besos, frágiles, como si irrumpiera la bondad en mi mejilla
—¡Qué canijo estás!
—Como siempre, abuela. ¡Yo por mucho que coma no engordo!
—¿Pero comes?
—Claro, abuela. ¡Me hincho a comer!
En sus tiempos la comida no era si quiera preocupación. A dieciocho kilómetros de la ciudad y en mitad del monte, sin colegios ni hospitales, el hambre era vecindad e inquilino. Pero en Andalucía compartir es sacramento, y Maruja andaba más allá del mal camino en busca de una familia de molineros con algo de pan o harina. De ese pan también comió un hombre, cojo y medio ciego por la guerra, que aprendía a los catetos a cambio de migas duras. Durante ocho meses, pululó montes y campanas enseñando a los analfabetos, entre las nieblas de sus ojos, a dibujar el abecedario.
Maruja golpeó el cucharón contra el cazo y escurrió los colores del potaje. Lavó sus manos y señaló hacia un montón de hojas. La primera de ellas, con caligrafía perfecta, casi expresiva, confiesa "La Carta Que Siempre Quise Escribir”

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