Ahora ya todo el mundo ha dejado por escrito lo que llevaba en el corazón sobre David Gistau. No hay otra manera de escribir sobre él. Desde que supimos de su muerte el pasado domingo, no se ha hablado de otra cosa en España, y aun nos parece poco para despedir a alguien a quien no queremos despedir, al periodista gigante o al gigante periodista en su temprana y dolorosísima partida. Dos meses con la esperanza y la vida pendiendo de un hilo, tan cerca de su mujer y sus cuatro hijos, de su familia, de sus amigos, han hecho que su muerte fuera aún más dolorosa, más despiadada. Nunca habrá la última para David Gistau, de modo que, de ser algo, esta será la penúltima. La penúltima columna en su memoria.

La bondad, la humildad, el carisma. Estos días lo que más impresiona es la unanimidad en el cariño, fruto de la sensación que todos tenemos de haber sido algo especial para él, por extensa o breve que haya sido nuestra relación. Esa es la seña de identidad de los grandes hombres: hacer sentir importantes a los demás. En todas las columnas in memoriam que he leído, el autor llora la muerte de su amigo, no sólo del periodista, y añora ya lo vivido. Casi podría decirse que había un David Gistau para cada uno de ellos, de nosotros, con toda su grandeza, su talento, su humor y su camaradería. Había David Gistau para todos. Tal era su tamaño interior, que podía inferirse de solo contemplar el exterior.

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Allá por el pasado marzo le escribí como siempre para anunciarle uno de mis libros y ahora el último correo que guardo de él es su felicitación, quedando colgada en la eternidad mi pregunta posterior de si lo había recibido en el periódico. Para mi desgracia, conmigo no le unía nada más –y nada menos– que un puñado de buenos amigos comunes, y tal vez por eso su trato cariñoso solía conmoverme tanto como su forma de escribir. Lloraba el domingo pensando que el pasado otoño, cuando terminé de leer su Gente que se fue, escribí un mail que quería enviarle para explicar lo mucho que lo había disfrutado, y lo guardé entre los borradores aún sin enviar, porque era también el anticipo de una columna que luego, el circo de vivir, tampoco pude terminar a tiempo. David Gistau se desplomó un 29 de noviembre tras un entrenamiento de boxeo y ya todo daba igual.

La enseñanza inmediata de su abrupta despedida, él la llevaba grabada a fuego. Que hay que abrazar más a los amigos, arrojar al mar con frecuencia las listas de enemigos, gozarnos a fondo en la buena literatura, ser muy del Real Madrid, y beber despacio el talento de la prensa actual; ese grupo joven que él deja en orfandad, con su plaza de jefe de la tribu vacante para siempre, y que sus lectores hoy debemos acoger y acompañar como homenaje póstumo. Hace años que Gistau había adquirido a conciencia ese poso de madurez, en una infrecuente decisión personal que aparta al columnista de la tentación de querer cambiar el mundo en cada columna. Por eso le leíamos con serena admiración, como quien navega un remanso de elegancia en la tormenta ordinaria de la prensa del día. Por su afilado tiento de ojeador, junto a las letras, hoy su mejor legado son sus protegidos, que desde ahora son también los nuestros, como sin duda habría deseado.

Qué tristeza, en fin, y qué orgullo al pensar en esos cuatro niños que lo han perdido ahora, pero que con los años podrán recorrer la vida, muy alta la cabeza, recordando que fue su inmenso padre, sí, el único periodista capaz de concitar el elogio unánime de todos los colegas, los medios, las instituciones y los partidos. Eso en España no es solo un mérito, sino un milagro. Un milagro, precisamente el hecho sobrenatural que no hubo para él en estos dos meses. Y eso que todos rezamos con tozudez para que saliera adelante. Pero no hubo manera. Es como si Dios tuviera también ansia por abrazarlo, conversar y leer sus columnas allá en lo alto. Y bien pensado, ¿qué podríamos reprocharle a Dios si a nosotros nos pasaba lo mismo cada mañana?

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