jueves 11  de  julio 2024
OPINIÓN

La primera patria es la familia

La libertad puede ser entendida por algunos como una cuestión espacial: alejarte del régimen que promueve la esclavitud y trucida la ley natural

Por Yoe Suárez

Cada 23 de agosto, recordando aquel de 2022, es para mi familia y para mí una suerte de Día de la Libertad. Algo así como el 4 de julio para la nación estadounidense. No tiene las mismas implicaciones, lo sé, que un país firme su Declaración de Independencia del Imperio Británico, a que un matrimonio y su hijo desembarquen en un vuelo Habana-Miami para solicitar asilo político. Pero después de casi una década haciendo periodismo al margen del Estado totalitario cubano, detenciones, amenazas de cárcel y muerte, sentía un aire fresco en el rostro, como Washington en el cruce del río Delaware.

A mis 32 años, cubano que había vivido su vida entera bajo el castrismo, tenía algo claro. La primera patria es la Familia. En la ética cristiana, es el primer ministerio. Para el que vive en un país diluido por el Socialismo, constituye el refugio inmediato. Edificar una familia fuerte, con compasión y valores, es una buena manera de hacer mejores la comunidad y la nación. Y allí donde estuviera la familia, estaba la patria de los expatriados.

Vivir en los Estados Unidos acarreó cambios. El fútbol es soccer, los kilómetros millas, Celsius es Fahrenheit.

El tiempo, o más bien la valoración del tiempo, cambió. En libertad, como hay esperanza, el tiempo es oro. ¿Cuánto cuesta tu tiempo?: tantos dólares la hora. Acá valen tus horas, las mismas que en la centralizada economía socialista alguien podía perder en colas y actividades improductivas y contraproductivas como actos de reafirmación revolucionaria o trabajos voluntarios. En libertad el tiempo pasa rápido, lento donde no hay esperanza.

La libertad puede ser entendida por algunos como una cuestión espacial: alejarte del régimen que promueve la esclavitud y trucida la ley natural. Por otro lado, mi compatriota José Martí afirmó, gnósticamente, que “ser culto es el único modo de ser libre”. Yo creo que la libertad está en la suma de ambos escenarios, el espacial y el interior, porque somos carne y espíritu a la vez, no pueden separarse el alma y el cuerpo.

Si el fatum del emigrante es recomenzar, el del cubano es renacer. Aprender a manejar entre claxons y avenidas monstruosas, tramitar la vida digital y eficientemente, reacomodar tus posibilidades en un mercado laboral y país que abre los brazos, pero al que aún no has contribuido en tu vida con un minuto o dólar.

Me recuerda las historias de exministros de la República que, llegados en los 1960 a Florida, acababan de ascensoristas; doctores de jardineros; empresarios limpiando pisos. A mucha honra todo, con la cultura del esfuerzo que hizo grande a Cuba, y con la libertad estadounidense que les permitió reedificar sus vidas hasta salir adelante o poner sus hombros para que hijos y nietos alcanzaran el éxito en la nueva sociedad.

La mía es una historia más en ese creciente coral del exilio cubano, un cuerpo muerto que dejará apenas anécdotas, pero edificará un recodo para las próximas generaciones de exiliados.

Llegado a Miami trabajé en lo que apareciera. Nada me debe este país y todo lo debo a mi familia. Conocí el más variado abanico de gentes cortando hierba y oyendo las historias de gigantes pitones birmanas en una finca de las Red Lands, apilando frutas, haciendo mudadas, cargando ventanas de alto impacto (que antes de resistir huracanes fatigan las fuerzas de los hombres más dispuestos), poniendo alfombras en almacenes, rollos gigantes que pesaban lo que dos hombres, con un guatemalteco, su hija adolescente y una venezolana cuarentona.

La jovencita llegaba a Estados Unidos con beca de estudios, pero no ponía reparos en ayudar a su padre, fortalecido por los años de recta y dura faena. Mucho empeño, cero Instagram o Tik Tok. Gente así inspira.

La venezolana hablaba largamente sobre el desastre chavista mientras desmenuzaba el pollo a la hora del almuerzo. El aprendizaje y la amistad compensaron los dolores de rodilla que el trabajo impone a los novatos. La gente decente es buena compañía.

Renacer a la libertad fue también para mí entender el sistema de créditos, con sus tarjetas y el puntaje crediticio, los préstamos bancarios, el seguro médico, la tramitación de impuestos que en el Socialismo sencillamente te arrebataban ¿Qué es todo eso? Ajustar el nuevo calendario que la familia en Miami enseñará con todo amor y el hábito de las decoraciones: Halloween, Thanksgiving, Navidad, Saint Patrick. Recibir correo postal (¡vaya sorpresa!), no hacer filas de diez horas frente a una tienda sin comida o medicinas, con la esperanza de que algo se venda.

Miami, amén de su conversión en una megaurbe que se expande por día, con su caos y sus males, es también un símbolo donde siguen hallando futuro millones.

Los cubanos hicieron un refugio para ellos acá, pero con la vista al sur, más allá de Cayo Largo, donde acaba la carretera que ensarta los islotes como conchas de collar. Cuba es su anhelo, pero en la espera le obsequiaron al mundo la gran metrópoli de los exiliados. Los lagos en todas partes, domados en formas suaves, recuerdan que hombres provistos de iniciativa y en un clima de libertad puede hacer del pantano maravilla.

En Miami hay una sobrevida de la cultura cubana. Del pastelito de guayaba, el tamal, el congrís, la materva, las marcas de la nostalgia, hasta escritores defenestrados por el Socialismo, festivales del país arrebatado, monumentos a sus héroes de antaño y a los patriotas modernos.

Si para algunos hacer la ciudad ha sido su ofrenda a la libertad, para mí lo ha sido el cuidar de mi familia.

La contradicción de fundar y dejar ir, amar lo fundado más que a uno mismo y velar por su altura con esperanza y temblor describe al agitado remanso de la familia.

Antes de amarnos mi esposa y yo no existía nuestro hijo. Al amarnos afloró ese apacible volcán que trastocó nuestras vidas. El tallo nuevo reverdeció el árbol todo, desde la flor en su frente hasta las raíces abrazadas de dos mundos distintos.

La dicha del hijo es ahora cardinal. No esencial o primordial, sino cardinal: que guía y da certeza para guiar y formar. La felicidad nuestra, en gran medida, está más encauzada a que él disfrute del mar, que a pasear por la orilla de manos tomadas; a que él corra, salte y cante, que a bailar e ir al cine.

Él es otro puente que acopla nuestras manos a través de las suyas. No desmiembra nuestra unión, la fortalece; no empobrece la felicidad que hemos atesorado, la expande a un área nueva que antes de él no estaba, que nació cuando supimos que era un destello de vida dentro de otra vida.

Esa frágil conexión entre vértice y vértice produce en la familia fortaleza a prueba de todo: la del sacrificio. Sabemos que es frágil el que se ama, humano en caer y acertar, levantarse y errar y, la vida propia también frágil, debe anteponerse para guardar la del otro. Vida por vida. Se ha hecho, y así padres, hermanos y abuelos lo harán hasta el fin de los días.

*A partir de un texto aparecido en el perfil de Facebook del autor en junio de 2022, convertido en un breve comentario para la publicación Palabra Viva en diciembre de ese año.

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