sábado 27  de  junio 2026
OPINIÓN

La tierra tembló, pero Venezuela ya estaba rota

Una crónica de duelo, rabia y memoria para un país que ya conocía demasiadas formas de derrumbe antes de que la tierra decidiera abrirse

Diario las Américas | ZOÉ VALDÉS
Por ZOÉ VALDÉS

Sucedió de golpe, como otro mazazo inaudito e innombrable. Venezuela amaneció otra vez con la boca llena de polvo. No debido a la harina -que sigue faltando-, ni tampoco era el humo de los ataques a manifestantes, ni la calima triste que a veces baja del Ávila como un pañuelo viejo sobre Caracas. Era polvo de casas partidas, de escaleras sin destino, de cunas aplastadas, de retratos familiares convertidos en una lluvia gris. La tierra, esa madre antigua que suele sostenernos incluso cuando los gobiernos nos sueltan, se sacudió con una furia doble: dos terremotos, uno detrás del otro, como si el subsuelo hubiera aprendido también el idioma de la repetición venezolana, esa condena de recibir golpe tras golpe sin tiempo para respirar. La poeta Sonia Chocrón -mi hermana de versos- lo describió así: “Tengo un abismo por pecho”.

Las cifras todavía cambian, se contradicen, suben con cada hora y con cada bloque levantado. Se habla de cientos de muertos, de miles de heridos, de decenas de miles de desaparecidos según estimaciones humanitarias no confirmadas del todo, de familias enteras que siguen llamando nombres frente a montañas de concreto. Pero en Venezuela las cifras siempre llegan tarde al dolor. Antes que el número está la voz: “¡Mamá, estoy aquí!”, “¡Mi hijo quedó adentro!”, “¡Silencio, silencio, oímos algo!”. Y luego, como un animal cansado, vuelve el ruido de la máquina, cuando hay máquina; o el de las manos, cuando sólo quedan manos.

La Guaira, tan acostumbrada a mirar el Caribe como quien mira una promesa, aparece ahora herida de costa a costa. Catia La Mar, Caraballeda, Maiquetía: nombres que antes olían a sal, a malecón, a arepa de madrugada, a regreso de emigrantes, a los que partieron exiliados, hoy huelen a cemento roto, a hospital rebasado, a agua que no llega, a electricidad que se va justo cuando más se necesita una luz para encontrar vida. En Caracas, la ciudad que aprendió a vivir entre pendientes, antenas y sobresaltos, hay edificios abiertos como frutas podridas, balcones colgando en el aire, vecinos durmiendo en plazas por miedo a que otra réplica termine lo que empezó la primera sacudida.

Y sin embargo, lo más terrible no es sólo el terremoto. Lo más terrible es que el desastre encontró al país ya exhausto. Encontró hospitales castigados por años de precariedad socialcomunista, ambulancias insuficientes, barrios construidos sobre la urgencia y no sobre la seguridad, familias que no tenían reserva de agua, ni botiquín, ni techo alternativo, ni dinero para huir a ninguna parte. El sismo no inventó la vulnerabilidad: la reveló, la puso en relieve. La sacó del fondo de los expedientes, de los discursos oficiales, de los diagnósticos ignorados, y la puso ahí, bajo el sol, con nombre y apellido, con una abuela sentada sobre una maleta polvorienta, con un niño preguntando por su perro, con un hombre removiendo piedras hasta sangrarse las uñas; un recién nacido salvado, un niño con una pierna rota sin su madre “dormida”, otra bebé que describe que vivía en el piso ocho, y que sus padres y sus abuelos ahora “duermen”. Hace rato no lloraba tanto.

Venezuela duele porque no se cae por primera vez. Venezuela lleva años cayéndose de a poco: una cornisa de derechos aquí, una pared de instituciones allá, una escalera de futuro que se vino abajo cuando millones tuvieron que irse con la patria doblada y empacada en corazones. Pero ahora el derrumbe es literal, obsceno, visible. Ya no se puede maquillar con cadenas de televisión ni con palabras de yeso. La ruina está en las calles. La ruina tiene polvo en el cabello. La ruina grita debajo de una losa.

Desde fuera, los venezolanos de la diáspora miran las pantallas con esa culpa que no se cura: la culpa de estar a salvo mientras la casa madre tiembla; la culpa de tener señal, cama, comida caliente, mientras alguien en La Guaira marca un número que nadie contesta. En Madrid, Miami, Bogotá, Lima, Buenos Aires, Santiago, hay teléfonos encendidos toda la noche. Hay mensajes que empiezan con “¿sabes algo de…?” y terminan en silencio. Hay grupos familiares donde cada visto sin respuesta se vuelve una pequeña tumba. El exilio, que ya era una forma de duelo, se convierte de pronto en sala de espera de un hospital a oscuras.

Pero también está la otra Venezuela, la que no cabe en los partes oficiales: la que sale con una linterna prestada, la que comparte una botella de agua, la que carga viejos, la que improvisa camillas con puertas, la que cocina para desconocidos, la que reza sin preguntar por partido, la que grita “¡vamos, mi amor, aguanta!” a alguien que nunca ha visto. Esa Venezuela de barrio y de playa, de altar con estampitas y café colado, de manos mestizas y terquedad luminosa, vuelve a demostrar que el país no sobrevive gracias al poder, sino a pesar de él.

La ayuda internacional empieza a llegar, y debe llegar más. Gracias, presidente Bukele, por ser de los primeros. Rescatistas, perros, hospitales de campaña, medicinas, agua potable, equipos de búsqueda: todo hace falta. Pero la solidaridad no puede ser una fotografía para la diplomacia ni una limosna administrada por la opacidad. La ayuda debe entrar, distribuirse, auditarse, alcanzar a los que están debajo, a los que quedaron sin casa, a los que no salen en la televisión, a los pueblos donde el camino se partió y la señal murió. En una tragedia así, cada retraso es una sentencia. Cada bloqueo, una crueldad. Cada mentira oficial, una segunda réplica.

Porque hay que decirlo: llorar no basta. Hace falta exigir. Exigir transparencia en las cifras, coordinación real, prioridad para la vida y no para la propaganda. Exigir que se escuche a los expertos que durante años advirtieron sobre la fragilidad de ciertas zonas, sobre construcciones vulnerables, sobre ciudades levantadas con fe pero sin prevención. Exigir que los muertos no sean usados como decorado de ninguna bandera. Exigir que los desaparecidos tengan búsqueda, nombre, rostro, expediente, memoria.

Venezuela, ese país de mango y petróleo, de santos populares y madres invencibles, está hoy arrodillada entre escombros, pero no derrotada. La tierra tembló; el corazón también. Se partieron edificios, avenidas, rutinas, certezas. Pero no se ha partido esa obstinación venezolana de llamar vida a lo que otros llamarían final. Bajo el cemento todavía puede haber un golpe, un suspiro, una señal. Sobre el cemento ya hay miles de manos cavando.

Que nadie aparte la mirada. Que nadie convierta esta tragedia en una noticia de paso. Venezuela no necesita lástima: necesita auxilio, verdad, justicia y memoria. Necesita que el mundo entienda que, cuando un país cae dos veces -digo tres, si contamos a los comunistas- en menos de un minuto (recuerden el poema de Cavafis: “Doce y media. Cómo ha pasado la hora/Doce y media. Cómo han pasado los años”), no sólo se mide la magnitud de la tierra: se mide también la magnitud de nuestra humanidad.

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Deja tu comentario

Te puede interesar