Muchos deberíamos leer la carta que Alejandro Conejero, secretario político juvenil de Primero Justicia, escribió a partir de la remoción del estercolero de un sector –entiéndase el énfasis en la palabra sector– de parlamentarios que han hecho vida en la oposición en la Asamblea Nacional y que han sido bautizados como “fracción Clap”, al verse inmersos en favores hacia empresarios corruptos. Esos personajes despreciables, deberán responder luego de que se investiguen y confirmen las responsabilidades.

Este affaire ha activado una complejidad de situaciones.

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“En estos días la nación ha atravesado momentos muy oscuros. La corrupción es la noticia. Desmadres van y vienen y los jóvenes que amamos la política, en el medio, desorientados, vemos cómo se nos viene el cielo encima (…) me siento indefenso ante la mirada increpante de la gente que juzga a los partidos políticos, a mi partido al que tanto quiero”, escribe Alejandro, quien se involucró en política a los 17 años.

Esta carta es una luz en medio de la opacidad porque si bien revela dolor y vergüenza, también es un gesto de dignidad que se planta frente a aquellos que bajo una moralidad impostada pretenden arrasar con los partidos y con la Asamblea Nacional –única institución que aún resiste en pie–.

En esta penosa situación han destacado voces que piden cabezas –nunca faltan los Torquemada– que amenazan a Juan Guaidó a quien reclaman no haber solicitado una invasión, ni logrado el cese de la usurpación. Los gritadores exigen su despido al mismo estilo de Chávez cuando pateó a los trabajadores de PDVSA.

Chávez disfrutaría esta guerra, donde la ira es la ley y todo es válido bajo el signo del odio que a nadie respeta, donde, por lo tanto, la piedad se olvidó. Donde se generaliza e ignora la justicia. Porque la verdad es que no todos son corruptos.

Nadie confía en el otro. Y sin embargo paradójicamente, una mayoría se hace eco de mentiras que repite sencillamente porque en su imaginario quisiera que esa versión fuese cierta, o porque coincide con su posición política o con su narrativa de los hechos en la que los villanos son construidos por su antipatía personal. Sin consideración ni respeto.

Estamos en un momento de desconfianza generalizada. Es un pésimo escenario porque sin confianza nada es seguro, la convivencia se dificulta y la paz se aleja. En desconfianza los argumentos se diluyen, los valores desaparecen. La imposición de este sentimiento, lejos de activar movilizaciones, se ha estacionado en los corazones que rumian rencor.

La actitud es la de desechar al otro con extraordinaria facilidad. Las relaciones son inestables, caprichosas, cambian en el mismo momento en que algo nos desagrada. Obviamente bajo esta situación, nada es sólido. Nada en el mundo político, pero tampoco en el mundo de la cultura, ni en el mundo social. Tampoco en las relaciones personales. Y algo peor: el sentido de las lealtades no existe. Muchos son culpables de que no se cumplan sus deseos. Son culpables los del régimen y son culpables los jefes de la oposición. Es culpable el periodismo, y las empresas. El vecino y el cura de la iglesia. ¿Qué ha sucedido?

“Cuando me involucré en política a mis 17 años, lo hice lleno de sueños de esperanza y buena voluntad. El chavismo es una bestia. Despedaza familias, amistades, corazones. Te arranca los sueños y los pulveriza y a los que hacen política hasta pueden aventarlos de un edificio. Siento que el chavismo se comió a mucha gente por dentro (…)”, reflexiona Alejandro en su misiva.

Me comenta Alejandro, después de debates generados luego de hecha pública su carta, que valora a aquellos que no solo hacen política desde la práctica, sino también desde la cabeza. Destaca entre las fallas del liderazgo haber permitido que prácticas chavistas los permearan, como la corrupción y el populismo. Opina que urge retomar la formación, la preparación, que comienza a ser escasa. Piensa, a pesar del sombrío presente, que es posible corregir el rumbo y redefinir la estrategia. Asegura que con estos planteamientos coinciden sus compañeros de Primero Justicia, Voluntad Popular y Vente Venezuela. Y agrega: “Nadie entra a la política para ser malo, corrupto o hampón. Siempre se hace con la intención de servir al otro. Y cuando ocurren cosas como las de esta semana, duele el alma y golpea la vocación”.

“Hoy en medio del dolor y la decepción quiero buscar esperanza y la encuentro a mi lado, al ver a otros que, como yo, hacemos política para servir a nuestro país. Porque nuestra mayor ambición es ver a Venezuela en democracia y desarrollo, próspera, bonita, como ella es. Y libre de villanos que la prostituyen para llenarse los bolsillos. Ver a mis amigos volver y emprender. Vernos a todos responsables de hacer que nuestro país crezca y no esperar que otro lo haga por nosotros”.

Sí, hay esperanza.

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