Hemos visto la más horrenda imagen: un policía en servicio estrangula a un hombre negro en streaming. Y lo que es peor, estaba rodeado de colegas. ¡Qué escándalo, qué atropello, qué brutalidad, qué deshumanización, qué crimen!

Cuando estudiaba periodismo, recuerdo que un profesor de ética nos preguntó qué hacer si estás cubriendo una noticia y ves que va suceder un crimen: ¿lo impides o lo cubres?

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En aquella escena había una persona filmando el asesinato de un hombre a manos de la policía. ¡Qué horror!

La respuesta ha sido millones de manifestantes en todas las ciudades importantes de EEUU, quemas de autos policiales, quema de centros comerciales…, la masa enfurecida ha salido a las calles a decir: “Basta, no soportamos más atropellos”. Y con razón.

Pero esa rabia no se originó en el momento del estrangulamiento en público. Esa es una rabia contenida que erupciona cada vez que puede y tiene una justificación para mostrarse.

Estados Unidos está enjaulado en la gran trampa de la raza. Una trampa tendida desde hace siglos, que lo único que ha hecho es modernizarse con el paso del tiempo. Es una trampa al servicio de los poderosos, los agitadores, los racistas, los políticos. De esta trampa comen todos. Las organizaciones sociales, las organizaciones religiosas, los deportistas de élites, los grupos de presión, los lobistas, los empresarios, los sindicatos, los medios, los sociólogos. Todos le sacan rédito mientras que la sociedad se destruye.

Han asesinado a George Floyd, un ciudadano afroamericano. Y los líderes de la comunidad negra se movilizan y agitan las calles en contra del horrendo crimen. Cumplen con su rol. ¿Dónde están los llamados líderes, los oficiales electos por el pueblo que no encabezan estas manifestaciones? ¿Por qué los líderes políticos, los congresistas, los representantes no enarbolan la bandera de Martin Luther King? No están, no les toca si no son negros. No saben salirse del guion.

Los estadounidenses están en una trampa, separados por colores y últimamente por sexos. No hace falta que ocurra un acto tan horrendo para entender que existe racismo. Basta con ir a un cine o a un McDonalds y observar quienes sirven, o ver quién conduce los camiones de la basura o los taxis, quienes reparten las cartas o quienes viven en los barrios marginales, y quienes mayoritariamente pueblan las cárceles. Basta con rellenar una solicitud de trabajo, o una planilla de escuela, o inscribirse en una maratón, siempre habrá una indicación: “Marque el color de su piel”. Oficialmente el color de la piel no significa nada, pero es importante que esté en ese documento. Y sin embargo, si usted llama negro a un afrodescendiente, puede ser sancionado, lo consideran una ofensa.

El color no significa nada, pero se insiste en él todo el tiempo. Constantemente remarcamos “el primer presidente afroamericano”, “la primera jueza afroamericana”… O, ¿cuántos afrodescendientes han muerto de coronavirus?, se pregunta la prensa con ¿preocupación?

Estamos atrapados por algo que aparentemente no tiene importancia, pero nos separa. Construimos una sociedad de espacios estancos, todos de acuerdo en no mezclarnos. Sobre los valores cívicos y ciudadanos, preferimos la tribu, lo básico, los colores. La brutalidad policial se ensaña más con los negros, porque socialmente está aceptado que el color está ahí para ser utilizado.

Hace un año hubo un caso de violencia policial que yo tuve la oportunidad de cubrir por trabajo. En una estación de Policía, un hombre con las manos esposadas a la espalda fue lanzado contra una pared y se rompió el rostro. La víctima era blanca, un mendigo. Hubo una investigación y el policía blanco fue sancionado. Al menos eso dijo la fiscal, que no voy a nombrar. La imagen estuvo en todos los noticieros. ¡Qué horror! ¿Por qué no se sancionó a todos los policías que presenciaron esa escena? Entre ellos, un policía afrodescendiente que observó aquello como algo cotidiano. ¿Por qué un policía observa a uno de sus compañeros cometer un crimen y se queda impávido? ¿Por qué no salió uno solo de los afroamericanos que ahora protestan a las calles a manifestarse contra esa injusticia? La respuesta es sencilla: no tocaba. La víctima era del otro bando. Vivimos en la trampa de los emojis de colores. El poder elegir las manitas negras, blancas y amarillas, en Facebook, en iPhone.

Y al final, ¿qué obtenemos? Una justicia negra, al lado de una justicia blanca. Una realidad negra, paralela a una realidad blanca. Con la desdicha de que siempre, los más débiles llevarán la peor parte en este mundo de varias dimensiones. Estamos de espaldas. No nos conocemos y, en cuanto podemos, nos hacemos daño. Los creadores de conciencia quieren que seamos aceite y agua en el mismo recipiente. Un ghetto social, un apartheid mental, donde todos nos sintamos cómodos de no traspasar la linea. Porque, al final, lo importante siempre será el color. ¿Really?

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