El venezolano está desinformado de lo que sucede en el país. No se trata solo de recibir noticias por Twitter (“X”) u otras plataformas, sino de poder expresar y debatir ideas públicamente a través de los medios de comunicación (prensa, TV y radio). Sin libertad de expresión y de opinión no hay democracia, ya que ésta condiciona el ejercicio de los demás derechos. En Venezuela, todos los medios públicos son instrumentos de propaganda de la dictadura que, bajo el tutelaje cubano, implantó Chávez y continúa ejerciendo el régimen de los hermanos Rodríguez-Cabello-Padrino, cuyo objetivo es el de estrangular la libertad de pensar, reflexionar y de expresarse, pues en Venezuela, las palabras pueden significar prisión, tortura y muerte. La única voz en los medios es el lenguaje reduccionista, altanero, vulgar y onomatopéyico del régimen. Es un lenguaje pervertido que conduce a la sociedad a espacios pre-políticos, pre-sociales, por no decir salvajes. El lenguaje político fue demolido, por eso, la democracia y su sistema de libertades y derechos, de progreso individual y colectivo se extinguieron junto con éste. Sucede entonces la muerte por asfixia del lenguaje, el fracaso de la palabra y su sentido. Por su propia supervivencia espiritual, moral y cultural en el ejercicio de su libertad, el pueblo venezolano necesita con urgencia el restablecimiento de medios de comunicación privados y públicos libres, objetivos, imparciales, capaces de hacer de contrapeso al régimen en esta etapa de transición. Es una urgencia impostergable.
En Venezuela, no quedan medios independientes que mantengan un manejo plural de las ideas y de la información. El régimen ha logrado monopolizar todas las comunicaciones, controlando, cerrando o comprando a los medios privados, estableciendo una hegemonía comunicacional. Ha neutralizado todos los medios críticos, no sólo con mecanismos jurídicos y financieros, sino mediante amenazas, ataques, encarcelamiento y persecución de periodistas, cierre de medios privados y la estatización casi total de las telecomunicaciones. Los medios del Estado no permiten ninguna expresión de descontento popular o críticas a la gestión gubernamental, censurando las noticias que puedan vulnerarlo. Esto ha venido desarrollándose desde el 2003, cuando el presidente Chávez consideró a los medios de comunicación privados como “enemigos del proceso revolucionario” (Chávez dixit), concretándose sus amenazas en el 2007, con el cierre de RCTV, seguido de decenas de emisoras de radio privadas. A los que no cerró, los amenazó con retirarle la concesión. Al periodista crítico se le ha tratado de enemigo y traidor a la patria o se le acusa de terrorista.
Recordemos a lo que Josef Goebbels aspiraba: "No queremos convencer a la gente de nuestras ideas, queremos reducir el vocabulario para que solo pueda expresar nuestras ideas”. En Venezuela desde hace 26 años predomina un lenguaje reduccionista y excluyente, típico de los totalitarismos de todo cuño. Un lenguaje de odio que divide y fractura en vez de unir. Un régimen conformado por una minoría armada, inepta y corrupta ha impuesto los estrechos límites de su visión del mundo a toda una sociedad, asfixiando las palabras de sus adversarios políticos, hostigándolos, encarcelándolos, asesinándolos. Pero lo más perverso ha sido la demolición del lenguaje político; con su desaparición se extinguieron la democracia y su sistema institucional de libertades, de progreso individual y colectivo en medio de un despropósito pervertido, desatinado y nihilista. El lenguaje político es la herramienta fundamental para lograr un pacto social, que es el resultado de la dinámica democrática expresada en acuerdos sobre estrategias y soluciones colectivas, que aglutinan las individualidades en una causa común, en un destino común de nación. El lenguaje político es la expresión de una conciencia de Estado para enrumbar la nación, independientemente de las ideologías y tendencias que convivan en su interior. Por el contrario, la violencia, el avasallamiento y la indignidad conforman la sintaxis de un lenguaje coagulado por los resentimientos, adornado con dogmas anacrónicos y conjeturas confusas, de eslóganes y especialmente de mentiras, arremetiendo contra la construcción de la verdad social que debe ser el producto del conjunto de subjetividades que la conforman. Un lenguaje de improperios para deshumanizar al adversario político que ha incitado a los ejecutores de la represión, torturas, asesinatos y masacres a invertir el sentido del crimen como un acto de profilaxis. Un lenguaje propio de la psicopatía política del comunismo, del fascismo y de los totalitarismos de todo cuño, que utilizan la retórica del odio como una política de Estado. Según Jean Pierre Faye (Langages totalitaires, Hermann, París, 1972), el lenguaje totalitario es de por sí limitado debido a la exclusión que hace del resto de la sociedad que no piensa como su emisor. Es un lenguaje pervertido y destructivo debido a la ilegitimidad y deshumanización del individuo que trata de imponerlo, pues para lograrlo debe recurrir a la violencia contra la voluntad de los otros, despreciando su dignidad, conduciendo al colectivo a espacios pre-políticos, pre-sociales, primitivos.
Asfixia de la libertad de expresión en Venezuela
Esta situación no es reciente. En el 2015, las agencias de noticias recogieron en sus titulares la dramática exposición de Asdrúbal Aguiar, al presentar a la SIP su informe sobre la libertad de expresión en Venezuela: denunciando la “asfixia casi total de la libertad de expresión en Venezuela”, para luego agregar, “la hegemonía comunicacional de Estado es un hecho consumado”. Según Aguiar, “la tarea periodística, eje fundamental de la vida democrática, se torna en empresa de alto riesgo. La información se considera secreto de Estado y se reduce a lo que declaran a su arbitrio, sin interpelación, verificación o contrastación, los distintos funcionarios. La censura previa toma cuerpo y doblega las líneas editoriales. Es criminalizada y judicializada toda forma de expresión e información disidente. La propaganda oficial ideológica y proselitista hace presa de la opinión, copa los horarios estelares de la programación radial y de televisión y recrea, a través de sus repetidas cadenas oficiales o presidenciales, un efectivo black out informativo”.
En 2024, la ONG Espacio Público documentó que más de 400 medios de comunicación han cerrado en Venezuela desde 2007, cuando Hugo Chávez ordenó el cese de la señal del canal de televisión RCTV. Esta aberrante situación no ha cambiado en 2026.
Ese orden hegemónico comunicacional con los que el régimen proyecta una “verdad oficial” o una “visión única” de la realidad del país, lo observamos a diario con la exclusión de actores políticos críticos de los medios públicos. A esto se suman las leyes que controlan y limitan la libertad de expresión y la negación y ocultamiento de información sobre la gestión pública. El manejo de mecanismos de censura y autocensura es implementado a través de la intimidación judicial, amenazas, agresión a medios y encarcelamiento de periodistas. Bajo la excusa de amenazas terroristas, seguridad nacional o de secreto de Estado utilizan sistema de vigilancia y espionaje para neutralizar al periodismo, se expone al odio público a periodistas críticos y opositores a través de los medios de comunicación del Estado, haciendo públicas grabaciones obtenidas de manera ilegal. Con razón, Reporteros sin Fronteras (RSF) en su Informe mundial sobre Libertad de Prensa 2025, ubica a Venezuela en el puesto número 160 de 180. A partir del puesto 150 se enciende la alerta roja de los DDHH en los países allí reseñados.
El lenguaje político plural actúa como denominador común de la identidad, es decir, es el instrumento indispensable para construir una visión del mundo y orientar el devenir de una nación. Pero, desde hace tres décadas el régimen, sin excepciones, utiliza un discurso envilecido, desde aquellos interminables monólogos cargados de improperios en los programas de telerrealidad de Chávez, los mazazos de Diosdado o los desatinos mentirosos de Maduro y ahora de Jorge y Delcy Rodríguez, sostenido por la ignorancia de su apparátchik, una comunicación que solo expresa las limitaciones y pobreza mental de sus emisores.
Una nación es una permanente dinámica de construcción humana, es la suma del aporte de las narrativas individuales, de las convicciones, fidelidades y solidaridades de cada uno de sus ciudadanos (Ernest Gellner, Naciones y nacionalismo, Alianza Editorial, 1983). Para la supervivencia como nación se hace necesario suplantar la estrechez y las mentiras del discurso del régimen por un discurso que incluya las aspiraciones, necesidades y sentimientos del pueblo, en especial de aquellos que han sido exiliados, encarcelados y torturados por ansiar la democracia. Los medios deberán proyectar un discurso unificador expresado por líderes que transmitan conceptos, ideas, estrategias y convicciones. Cada día que pasa se hace más urgente retomar el discurso político plural a través de medios de comunicación libres. De acuerdo con George Steiner “no nos quedan más comienzos”.
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