El desiderátum es de relativamente fácil formulación y compleja solución: La resistencia democrática venezolana no le puede dejar el terreno electoral al usurpador, y tampoco puede participar de cualquier manera en unas elecciones sin garantías mínimas y supervisión internacional, sobre todo si el ciudadano común no está convencido de hacerlo.

Dos son las condiciones, que no formales ni legales y casi imposibles de garantizar, que inducirían a la resistencia a participar en las elecciones de diciembre aún con un CNE inconstitucional, y enfrentando un conjunto masivo de medidas contra los partidos políticos. Una, la participación masiva de la gente, que presumiblemente destruiría en la calle cualquier maniobra del régimen e inclusive un fraude post-electoral, y la otra la presencia de la resistencia en las mesas electorales para garantizar la defensa del voto. Ambas exigirían un liderazgo unitario que inspirara confianza y credibilidad a la población, lo cual dista mucho de ser el caso. Los análisis de intención de voto revelan un magro porcentaje de voluntad de participación y confianza en el liderazgo de la resistencia, tanto la que se identifica con el gobierno de Juan Guaidó cómo con fracciones más o menos radicales, que se ha visto sustancialmente reducida.

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Del lado del régimen, la artera conducta del oficialismo contra grupos participantes en la así llamada Mesa de Diálogo, evidenciada que las decisiones del TSJ contra los principales partidos políticos han abierto un boquete en la línea de flotación de la posición política de ir a las elecciones a todo evento. A ello se une la decisión de la comunidad internacional de no reconocer los resultados de las elecciones. A este cuadro de pronóstico reservado, hay que añadirle la brutal circunstancia de la pandemia, que amenaza con entrar en una etapa crítica en Venezuela.

La enorme dificultad que encara el régimen en organizar una elección creíble en medio de la pandemia abre una ventana de oportunidad para que la resistencia organice algún tipo de consulta electoral que le permita apartarse de un llamado estéril a la abstención. Una operación de este tipo se podría articular sin que la resistencia haya resuelto su propio calvario de no disponer de una estrategia unitaria y bien definida para el desalojo de la usurpación del poder.

Son dos las modalidades de consulta popular electoral hacia las cuales se han encaminado las discusiones en el seno de la resistencia. Una auscultaría la intención de la gente de participar en la elección parlamentaria de diciembre. La otra es una indagación de la voluntad popular sobre la usurpación, la conformación de un gobierno de transición y la eventual convocatoria de un proceso electoral con garantías mínimas y supervisión internacional. Ambas implican organización, recursos y participación de los actores políticos y de la sociedad civil, tanto en Venezuela como en la diáspora. Esta última juega un papel determinante en cualquier operación consultiva, porque los seis millones de venezolanos que han emigrado del país pueden inducir el apoyo de los pueblos y gobiernos democráticos del mundo a la gesta de recuperación de la libertad y la democracia en Venezuela.

Las dos consultas electorales bajo consideración son contradictorias en sus propósitos y en las características de los liderazgos que las promueven. La una se basa en la idea de que es indispensable participar en las elecciones pero que hay que reunir fuerzas y sondear la voluntad de la gente, la otra se fundamenta en la posición de no abandonar una política de no reconocimiento a la usurpación y en la evaluación del riesgo extremo que supone el arriesgarse a una derrota anunciada, donde además de perderse la AN se pierda el apoyo de la comunidad internacional y la continuidad de una política.

La buena noticia es que parece haber un acuerdo implícito importante en realizar una consulta popular, algo que es indispensable discutir, entre los ciudadanos. La mala nueva es que el acuerdo todavía carece de vocación unitaria y de una estrategia política que incluya a actores muy variados. Tiempos de que quienes tengan algo que decir, para unificar y darle dinamismo político a la vocación democrática y de acción de los venezolanos en Venezuela y en la diáspora, más allá de la abstención lo digan. La necesidad de un acuerdo unitario de la resistencia democrática y su liderazgo va mucho más allá de una expresión de buena voluntad, es una verdadera y crítica exigencia ciudadana.

Ambos autores son directivos de VenAmérica

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