El enfrentamiento con un gobierno, cuya actuación es injusta y cuyo derrotero se desea cambiar, tiene, aunque cueste creerlo, sus reglas. No importa que se trate de una democracia como Estados Unidos, de un poder colonial como Gran Bretaña, de un gobierno autoritario o de una dictadura. Ejemplos como los de Gandhi o Martin Luther King han permitido, gracias a la experiencia, codificar ese tipo de enfrentamientos y saber con notable grado de anticipación y certeza si van a fracasar o si tienen posibilidades de éxito. En otras palabras, todo – o casi todo – está ya escrito y se sabe sobradamente lo que da y lo que no da resultado.

Precisamente por ello causa profunda sorpresa que alguien pensara – ¡más de medio siglo para darse cuenta del error! – que el embargo comercial podría derribar a la dictadura castrista en Cuba o que ahora alguien crea que el hambre y la miseria pueden acabar con el régimen chavista en Venezuela. No existe un solo caso en la Historia – ni uno solo – en que la penuria se haya traducido en el final de un régimen. A lo sumo, ha podido servir para deteriorar su imagen, sumar opositores o impulsar algunas medidas, pero nada más.

De hecho, el hambre suele tener un efecto disuasorio sobre los opositores porque no es muy fácil dedicarse a la actividad política cuando no se tiene con qué llenar el estómago y los niños lloran pidiendo pan. Y si alguien recuerda las manifestaciones en el Chile de Allende provocadas por la necesidad, debería también tener en cuenta que sin un golpe de las fuerzas armadas, el gobierno de Unidad Popular no habría caído.

Precisamente por todo lo mencionado resulta tan dolorosa la contemplación de la oposición venezolana frente al chavismo. Que hay gente digna en su seno, no se discute. Que muchos se juegan la vida, no tiene vuelta de hoja. Que aman a su país, no vamos a cuestionarlo. Sin embargo, si yo fuera Maduro no perdería un solo minuto de sueño por las noches a causa de la oposición.

De entrada, está desunida, por no decir lamentablemente fragmentada. De continuación y más allá de actos puntuales, no parece contar con algo que se parezca remotamente a un plan articulado de resistencia. Finalmente, pasa por alto reglas elementales en el trato con un poder autoritario como, por ejemplo, que jamás se pueden llevar a cabo conversaciones secretas precisamente porque la publicidad es una regla elemental en este tipo de situaciones o que no tiene ningún sentido arriesgarse a ir a prisión si no existe un poder judicial independiente que pueda revertir esa situación o que la política de medios es esencial. Añádase a ello, por más que pueda doler a los exiliados, que ni un golpe militar ni la intervención de ninguna nación, incluida Estados Unidos, cambiará el panorama.

De entrada, no hay militar en el mundo que se arriesgue a una acción de fuerza que puede acabar, aunque triunfe, con un final de su existencia semejante al de Pinochet o Videla. De salida, ninguna potencia – insisto en ello: incluido Estados Unidos - va a arreglar lo que no consigan arreglar los nacionales por sí mismos.

Si no se tienen en cuenta cuestiones tan elementales nos encontraremos ineludiblemente en la situación de la mosca que pica al elefante. El insecto puede molestar un rato al paquidermo e incluso provocar un airado movimiento de trompa, pero no tiene la menor posibilidad de vencerlo. Lamentablemente, en esas estamos y no sólo en Venezuela.

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