El mundial es la expresión sublimada de la pasión futbolística. Al desaparecer los últimos vestigios del partido Francia-Croacia, nos sumiremos en un momentáneo vacío existencial. Es un estadío que me rememora el pasaje de “Los tontos mueren”, novela favorita de Mario Puzo, cuando su protagonista, John Merlyn, nos describe el suicidio de su gran amigo, Jordan Hamley, tras una espectacular racha ganadora apostando en un casino de Las Vegas.

Pero el fútbol tiene la capacidad de reacomodar nuestra mente, preparándonos para que lidiemos con las decepciones. Vivimos millones de cambios en la vida. Se puede cambiar de novia, de esposa, de estudios, de trabajo, pero los amantes del fútbol no pueden cambiar de equipo: no se cambia de pasión. Por eso los argentinos volverán a soñar con su amada albiceleste en la Copa América, devolviendo a Messi al altar futbolístico mundial. Los alemanes soñarán con otra Eurocopa, pues están convencidos de que ni franceses, ni portugueses, frenarán el empuje teutón, mientras Rusia y Japón ya se consideran potencias mundiales.

Durante un mes Rusia ha sido la capital mundial de la alegría. Franceses y croatas sufren una euforia patológica. Ha sido testigo de cuadros de stress, debió soportar gritos, insultos y hasta algún que otro golpe de un hincha desbordando la pasión contenida. Muchos recurrieron a cábalas para ahuyentan a la mala suerte, y atribuyeron poderes mágicos a objetos cotidianos, como al chaleco del técnico inglés Gareth Southgate.

El fútbol es portador de una rara mezcla amor-dolor. Pensemos en el partido Inglaterra-Bélgica de este sábado. Nadie se pregunta si ganaran los ingleses o los belgas, pues se verán las caras el dolor con el dolor. No hay grandes debates sobre las alineaciones, sobre la causa por la que no jugarán Eden Hazard o Kevin De Bruyne. Siento compasión por los dos gigantes que deberán cumplir con el protocolo futbolístico.

Inglaterra y Bélgica jugarán sin estar en el mundial. Queda la expectativa de si brindarán un buen espectáculo, migaja futbolística para quienes compraron entradas, pero el partido no es un referente para dirimir cuál equipo es mejor. Nadie avizora a la estrella de la Copa del Mundo en esas selecciones. No será Harry Kane, Romelu Lukakus, Eden Hazard o Kevin De Bruyne; las miradas se centrarán en Antoine Griezman, Kylian Mbappé y Luka Modric.

Si analizamos los anales del fútbol, el partido por el tercer y cuarto lugares no aporta nada. Se habla de la clasificación en la fase de grupos, en octavos de final, cuartos, semifinales, de llegar a la final, o de la obtención del título de campeón del mundo.

Por eso siempre defendí que no debe jugarse. No existe necesidad de abocar al suplicio a las selecciones derrotadas en semifinal, al dolor de salir a la cancha a jugar, cuando solo reafirma el fracaso. Debiera ser como en el boxeo, donde no existen pruritos para que dos púgiles queden empatados en el tercer lugar.

A veces se me antoja una especie de morbo futbolístico de la FIFA, que lanza al coliseo a dos equipos para disputar un duelo de derrotados. Ni aún después de ser eliminados, tienen la posibilidad de sumirse en su dolor. Súmese, que en los casos de Inglaterra y Bélgica, no necesitan borrar en sus hinchas la menor sombra de decepción.

El tercer lugar recibe 22 millones de dólares y el cuarto 20, pero podría equipararse y entregar 21 por equipo. No obstante, millones de personas estarán pendientes de su televisor este sábado o asistirán al estadio, pues el fútbol siempre genera una enigmática atracción.

Pero el Estadio Luzhniki, de Moscú, aguardará por Francia y Croacia; mientras, Inglaterra y Bélgica saldrán a la cancha, orgullosos de su actuación, pero con la deuda histórica de levantar la Copa del Mundo. Puede que el olor del terreno o el toque del balón, les arranque un suspiro de dolor o alguna que otra lágrima, importándole poco, a estas alturas, al estadio moscovita, pues a horas de la final, Moscú no cree en lágrimas.

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