La jerarquía de la Iglesia que controla la Conferencia Episcopal venezolana hizo público un mensaje de Navidad perfectamente atribuible al régimen.
El plan del régimen ha sido evidente: apropiarse de la legitimidad histórica de las religiones, principalmente la católica, a la que pretenden desmantelar colocando en puestos claves a los suyos
La jerarquía de la Iglesia que controla la Conferencia Episcopal venezolana hizo público un mensaje de Navidad perfectamente atribuible al régimen.
La marca sibilina del texto ha dejado evidencia, entre otras cosas, del éxito de las gestiones sociales y financieras de Nicolás Maduro Guerra, encargado político de controlar cultos y religiones, lo que no es cualquier cosa, ya que más allá de los privilegios de ser diputado e hijo del dictador, Nicolasito trajina lo necesario para cooptar liderazgos religiosos, neutralizar la influencia crítica de la Iglesia católica y presentar una narrativa de espiritualidad revolucionaria.
Así, en el mensaje navideño de los obispos de Venezuela quedó expuesta cuan cerca están de la traición aun cuando se colocaron piel de oveja presentándose como pastores del pueblo de Dios.
Aplicando la misma técnica del régimen, el relato del documento intenta edulcorar la tragedia presente del venezolano destacando las parrandas y los cantos decembrinos, felicidad solo ensombrecida para ellos, por la operación militar en el Mar Caribe. Nada que ver con los muertos, los presos torturados, los perseguidos, o los que agonizan víctimas de la dictadura. No. Para los obispos lo que trasciende es fruto de especulación. Les faltó poco para decir: “Lo del Cartel de los Soles y el Tren de Aragua es pura ficción”.
El plan del régimen ha sido evidente: apropiarse de la legitimidad histórica de las religiones, principalmente la católica, a la que pretenden desmantelar colocando en puestos claves a los suyos y penetrando la capilaridad de los barrios pobres.
El plan también, con señales de haber avanzado dramáticamente, es bajarle el volumen a la poderosa voz de la denuncia que la Iglesia católica en Venezuela ha asumido con coraje. Un ejemplo termina siendo devastador: el cambio drástico de la vocería que ahora en el arzobispado de Caracas cuenta con Raúl Biord, amable acompañante tertuliano del hijo del dictador y de muchos enchufados.
El documento de la CEV es muy revelador, no tanto por lo que expresa; lo más importante es lo que no dice, lo que calla, lo que evade deliberadamente una voz taimada, bellaca, que desvía el foco que apunta a la dictadura que se mantiene aferrada al poder a pesar de haber sido derrotada en las elecciones y que ha lanzado contra el pueblo su maquinaria represiva y sanguinaria, constituida por militares, policías, fiscales, jueces y sus trenes de malandros.
El mensaje de esa élite de la iglesia católica optó por hacer énfasis en la palabra paz, citándola 19 veces, y dejando plasmado a la vez, un memorable ejercicio de cinismo.
La memoria de los obispos se truncó hasta para su propia gente. Para esa élite no existieron los maltratos contra el cardenal Baltazar Porras a quien le impidieron trasladarse a Isnotú para celebrar la misa luego de la canonización de nuestro santo José Gregorio Hernández y que no conforme con ese atropello, recientemente le impidieron salir de Venezuela para un evento oficial de la Iglesia arrebatándole en ese proceso ilegal su pasaporte diplomático. Habría que hacer énfasis en que se trata de un príncipe de la Iglesia de nuestro país.
Es evidente en el documento episcopal navideño, la intención de minimizar, y también de frivolizar, los problemas de los venezolanos. La pobreza es referida casi como una anécdota mientras en paralelo Nicolás Maduro agitando su costosísimo Rolex con el que comerían durante meses muchas familias, se confesó pobre diciendo: “solo tengo una cuentica de ahorro donde me depositan mi sueldito de presidente al que no le veo la cara porque yo gano dos petros y Cilia los gasta en comprar unas cositas”.
La pretensión de la dictadura es sustituir por enemigos a quienes hoy ocupan actualmente el púlpito. Y lo que duele más es que la cúpula de la Iglesia participe en eso.
Sin embargo, ese plan no les resultará fácil de ejecutar. Los curas de las parroquias, los pastores verdaderos del catolicismo, la inmensa mayoría de los sacerdotes que sufren junto a los venezolanos, desprecian lo que esa jerarquía pretende imponer en desmedro del pueblo.
En algunos casos la presión ha funcionado, como cuando el arzobispo Biord pretendía convertir el acto luego de la canonización de José Gregorio en un regalo de masas para Nicolás Maduro previsto a realizarse en el estadio Monumental, y entonces los mismos curas protestaron decididos a no mover un dedo para la ejecución de esa despreciable maniobra, y se negaron a arrastrar a fieles engañados por su fe a asistir a un acto político en favor del dictador.
Y ahora no quiero despedirme sin desearle a todos los venezolanos en nuestro territorio y fuera de él, un feliz 2026. Los abrazo.

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