-Algo raro está pasando -le dice a Barclays su esposa Silvia, apenas despierta, pasado el mediodía-. Me han escrito dos amigos tuyos, diciéndome que tienen urgencia de hablar contigo.

Sorprendido porque se jacta de no tener amigos, de haberlos perdido todos debido a sus novelas y sus relatos vampirizándolos, desfigurándolos en la ficción, Barclays pregunta:

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-¿Qué amigos míos te escriben?

Silvia le muestra la pantalla de su celular.

-Alfredo Balmaceda -dice-. Y Gonzalo Zevallos.

-Ninguno es mi amigo -aclara Barclays.

Luego ella lee los mensajes que le ha escrito Balmaceda:

-Silvia, dile a Barclays que me llame urgente, cuanto antes, es sumamente importante. Estoy en una isla griega, en Spetses, son siete horas más que Miami. Que me llame apenas se despierte, es muy urgente.

Luego Silvia se queja ante su esposo:

-No me dice gracias, te mando un abrazo, los extraño. No se despide. Me trata como si fuera su secretaria. Qué morro tiene este tipo.

-Es Balmaceda -dice Barclays-. No esperes cortesías ni delicadezas de él.

Alfredo Balmaceda tiene setenta años y ha dedicado su vida a la política. Se presentó a una alcaldía y perdió. Se postuló a una banca en el congreso y perdió. Se presentó a la presidencia de la nación y perdió. Más que un político profesional, es un diletante de la política, un diletante de la literatura, un diletante del periodismo. De joven, la prensa le decía “El Príncipe”. Alto, guapo, vanidoso como un torero, amigo de los toreros y los poetas, pomposo orador de funerales, Balmaceda suele decir que nació en el país equivocado:

-Debí nacer en España. Sería presidente del gobierno.

En rigor, Balmaceda no ha trabajado nunca. Se ha dedicado a las intrigas, las conspiraciones, las angurrias y las mezquindades de la política, tratando de ocupar cargos públicos que le han sido esquivos, debido al pesado lastre de su vanidad. Ha sido astuto en conseguir donaciones, aportes y subvenciones a sus proyectos: fundar una revista, dirigir una casa de estudios, escribir libros de ensayos: proyectos todos de corta vida.

Barclays se apresura en escribirle un correo electrónico a Balmaceda:

-Querido Alfredo: No hablo por teléfono. Me hace daño. Soy bipolar. Padezco de trastornos sensoriales. No puedo llamarte. Por favor dime por acá cómo puedo ayudarte.

Minutos después, Balmaceda responde ese correo:

-No puedo contarte por esta vía de qué se trata. Mis correos están intervenidos por agentes de la dictadura. Llámame. Es muy urgente que hablemos.

Barclays piensa entonces:

-Qué pesado este Balmaceda, qué majadero.

Por supuesto, Barclays no lo llama, no piensa llamarlo en ningún caso, aunque se pregunta, curioso, cuál será el asunto tan urgente que excita el espíritu conspirativo de Balmaceda. La última vez que intercambiaron correos, Barclays quedó perplejo por la desmesurada vanidad del político.

-Si no has podido ser presidente, deberías aspirar a ser embajador en España -se atrevió a sugerirle, dado que Balmaceda ahora vivía en Madrid.

-¡No! -respondió Balmaceda, al parecer agraviado-. ¡La Presidencia o nada!

Y escribió “Presidencia” así, con P mayúscula, cuando los cargos públicos de su país, el Perú, eran todos minúsculos, ocupados por personajillos minúsculos.

Luego Silvia le enseña a su esposo los mensajes apremiantes, perentorios, flamígeros, de un tal Gonzalo Zevallos, que acudía a ella, sin conocerla, conminándola a despertar a Barclays y ponerlo al teléfono con él:

-Es un asunto gravísimo que tiene que ver con la salud moral de nuestra Patria -le decía Zevallos a Silvia, sin advertir que, para ella, el Perú, país en que nació, probablemente ya no era su patria, o su única patria, pues ella se sentía más a gusto viviendo en los Estados Unidos, su patria de adopción, la patria que había elegido para ella y para su hija.

-¿Quién es Gonzalo Zevallos? -pregunta Silvia, desconcertada-. ¿Es tu amigo?

Barclays ríe con cinismo.

-No es mi amigo, claro que no -responde-. No lo conozco. Si lo veo caminando en un aeropuerto, no sabría quién es.

-¿Y entonces por qué te escribe? -pregunta Silvia-. ¿Y quién le dio mi teléfono? ¿Y quién le dio a Balmaceda mi celular?

-Mi madre -responde Barclays-. Todos los caminos conducen a mi madre. Ella está conspirando con Balmaceda y Zevallos. Ella, estoy seguro, les ha dado tu teléfono.

-Pero ¿qué quieren? -pregunta Silvia.

-No lo sé -responde Barclays.

Enseguida le escribe a Zevallos:

-Querido Gonzalo: No hablo por teléfono. Me hace daño. Soy bipolar. Padezco de trastornos sensoriales. No puedo llamarte. Por favor dime por acá cómo puedo ayudarte.

Poco después, Zevallos le escribe a Barclays:

-Debes llamarme con suma urgencia. Invoco tu sentido de la Patria. Es la Patria la que está en juego.

Barclays y Silvia leen “Invoco tu sentido de la Patria” y sueltan una carcajada. Pero ¿quién es Gonzalo Zevallos, que ahora le exige a Barclays que use el teléfono por razones patrióticas, inconfesables en un correo electrónico? Es un prominente abogado, de familia rica, influyente, que fue juez del tribunal constitucional. Barclays no recuerda haberlo conocido en persona ni haberlo entrevistado nunca, sólo sabe quién es por la lectura de los periódicos de su país, un hábito pernicioso en el que persiste con vocación autodestructiva.

Por supuesto, Barclays no llama, no piensa llamar en ningún caso, a Gonzalo Zevallos, el hombre que le escribe en nombre de la Patria.

¿Qué carajos está pasando? -se pregunta.

Como no quiere enredarse en una larga conversación telefónica con su madre Dorita, que está en Lima, conspirando para derribar al gobierno de extrema izquierda, Barclays le escribe un breve mensaje a su hermano John, contándole que Balmaceda y Zevallos lo acosan con extraños mensajes patrióticos, preguntándole si sabe por dónde vienen los tiros.

Sin perder tiempo, John le manda a Barclays un mensaje de audio:

-Estos dos pendejos de Balmaceda y Zevallos están picando a nuestra madre. La han convencido de que, si les da plata, ellos se encargarán de derrocar al presidente. Le han dicho que necesitan trescientos cincuenta mil dólares. Nuestra madre tiene que darles ese dinero. Ellos le han prometido que, con esa plata, contrarían a agentes de la Mossad, que conseguirían las pruebas del fraude electoral. Luego tú mostrarías las pruebas en tu programa. Y entonces el Congreso, demostrado el fraude, se vería obligado a destituir al presidente. Ese es el plan de Balmaceda y Zevallos. Ese es el plan que le han vendido a nuestra madre.

De inmediato, Barclays le escribe dos líneas a su hermano menor:

-¿Y por qué carajo quieren hablar conmigo, si ya convencieron a nuestra madre de que les dé dinero?

John responde vía mensaje de audio al celular de Silvia, la esposa de Barclays:

-Ya te has olvidado. Porque tú eres el director del fideicomiso de la familia. Nuestra madre no puede darle trescientos cincuenta mil dólares a nadie, a menos que tú expresamente la autorices.

Recién entonces Barclays ve cómo se va armando solo el rompecabezas.

-¿La vas a autorizar? -le pregunta su hermano John.

-¡De ninguna manera! -responde Barclays, indignado-. No autorizo que les dé nada, ni tres dólares con cincuenta centavos. Este par de pendejos pedigüeños se van a quedar con la plata de mamá. O le van a dar cincuenta mil dólares a un detective retirado de la Mossad, que debe de ser un mitómano charlatán, y se van a quedar con el resto. ¡Sobre mi cadáver van a asaltar la buena fe de nuestra madre!

Furioso, Barclays escribe un breve correo a Balmaceda y otro a Zevallos, diciéndoles:

-Lamento decirte que, como director del fideicomiso familiar, no apruebo que mi madre te dé dinero ahora ni nunca. Si necesitas dinero para tus operaciones políticas, te ruego que tengas la delicadeza de usar tu propio dinero y no asaltar la buena fe de mi madre, una señora octogenaria.

Balmaceda no responde, guarda silencio, se agazapa en las cuevas de la isla griega.

Zevallos insiste, terco como una mula:

-Es un malentendido, querido amigo Barclays. Es imperativo que hablemos. Tu madre se ofreció a financiarnos. Nosotros no le hemos pedido nada. Ella nos ofreció ese dinero.

Barclays le responde lacónicamente:

-Pues yo no apruebo esa donación, Gonzalo.

Entonces Zevallos vuelve a jugar la trillada carta de la Patria:

-Si nuestros amigos de la Mossad no reciben el dinero que les hemos prometido, no podremos probar el fraude electoral que hemos denunciado y nuestro querido país caerá en las garras del comunismo: esa es tu responsabilidad histórica, querido amigo Barclays.

Estos pedigüeños son de terror, piensa Barclays, y le responde:

-Usa tu propio dinero, Gonzalo. Deja en paz a mi madre. Y si quieres destituir al presidente por la vía legal, consigue los votos en el congreso. Son ochenta y siete.

Más tarde, Silvia recibe una seguidilla de mensajes de audio de su suegra, Dorita, la madre de Barclays, quien le suplica que Barclays la llame por teléfono.

A pesar de que detesta hablar por teléfono, Barclays, por pena, llama a su madre, mientras maneja rumbo al canal de televisión.

-¡No es justo que me prohíbas gastar mi plata como yo quiero gastarla! -se queja Dorita, a gritos.

-Comprendo, mamá -responde Barclays-. Pero tú y mis hermanos me pidieron que yo fuera el director del fideicomiso familiar. Yo me opuse. Ustedes me nombraron.

-Y está muy bien que seas el director -prosigue Dorita-. Pero si yo, tu madre, tu madre queridísima, te pido que apruebes esa transferencia a las cuentas de Alfredo Balmaceda y Gonzalo Zevallos, entonces tú, como mi hijo obediente y leal, tienes que aprobarla.

-No, mamá. Lo siento. No la apruebo. No voy a aprobarla.

-¿Por qué, hijo? ¿Por qué? ¿Ya no quieres a tu Patria? ¿No te importa que nos gobiernen los comunistas y los terroristas?

-No les creo a Balmaceda y Zevallos, mamá. Se van a robar tu plata, se la van a tirar. Son dos grandes pendejos pedigüeños. No les creo el cuento del espía de la Mossad.

-¡No es un cuento! ¡Es real! ¡Yo he conocido al espía de la Mossad, vino a tomar el té a mi casa, es un señor muy guapo, bien plantado! Creo que se quedó un poco enamorado de mí, ¿sabes? Me dijo que me invitará a comer uno de estos días. ¡No sabes la ilusión que tengo, hijito!

-Estupendo, mamá. Pero no le des plata, por favor. Y menos a Balmaceda y a Zevallos, par de pícaros. ¡Que usen ellos su plata, que pobretones no son!

-¡Qué pena, Jimmy! Me das mucha pena. Cómo se nota que no tienes tus valores morales bien puestos. Cómo se nota que, por alejarte de Dios, te has alejado también de tu Patria querida. ¡Te importa un bledo que tu Patria caiga en el comunismo!

-Mejor nos vamos despidiendo, mamá.

-Voy a destituirte como director -amenaza Dorita-. Los voy a destituir a los dos: al presidente por comunista y a ti, por ser un dictador que no deja a su madre gastar su plata como a ella le da su regalada gana.

-Para destituirme, necesitas los votos de mis hermanos, y no creo que consigas la mayoría -le recuerda Barclays.

Dorita no se deja arredrar, no tiene miedo a nada:

-Voy a conseguir los votos en el Congreso y en la familia para despedirlos a los dos: ¡al presidente comunista y a ti!

Esa noche, Barclays recibe un correo de Gonzalo Zevallos:

-Te ruego que guardes absoluta, máxima discreción sobre los asuntos que hubiera querido explicarte por teléfono y que, entiendo, has podido conversar con tu Señora Madre.

Ahora los pedigüeños tienen miedo de que lo cuente todo en una columna, piensa Barclays.

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