Mi querido Ricardo Moreno, que recibe cada semana con una generosa sonrisa mis columnas en la redacción del periódico, pensará que me he muerto, que me ha engullido un cocodrilo, o que Kim Jong-un se ha hartado de que escriba cada semana que se corta el pelo con un cortapuros. Pero antes de que comiencen mis festejos fúnebres en España, de que mis enemigos escriban que el cadáver fue “un hombre de su tiempo” –que es lo que más podría ofenderme–, de que mis deudores digan que fui “amigo de mis amigos”, y de que mis últimos libros se conviertan en bestseller para regocijo de mis herederos, tengo que matizar, como presunto finado, que estoy razonablemente vivo. O al menos, estoy igual de muerto que todos los jueves anteriores. Me he quedado dormido sobre el teclado. Eso es todo.

Veinte años entregando artículos con puntualidad centroeuropea y ahora me he quedado dormido como una maldita marmota viendo una película de autor. Y no un poco. Ha sido un sueño largo y profundo. A juzgar por la cristalería rota, he debido roncar como en las grandes ocasiones. Y tengo desde el F1 hasta el botón SUPR tatuado en la frente. Toda la hilera. Que ya no sé si soy yo o un mensaje en clave de la Primera Guerra Mundial.

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Lo sé. Podría inventar alguna excusa ingeniosa para justificar por qué entrego tan tarde mi columna, pero mentiría con tal ahínco que es posible que hasta Word me lo subrayara en rojo, y que el repelente clip de ayuda de mi Windows prehistórico decidiera afearme mi conducta moviendo sus estúpidas cejas, que alguien debería explicarle a Bill Gates que los clips no tienen cejas y, de paso, que Miguel Bosé le ha enviado un mensaje de voz al móvil.

Durante un instante he sopesado también entregar como artículo de este jueves la larga colección de caracteres sin sentido que ha cubierto mi pantalla después de media hora cabeceando y golpeando teclas aleatoriamente con la punta de la nariz. Pero temía que nadie notara la diferencia con mis artículos de cualquier otra semana. Al fin, lo peor que le puede ocurrir a un escritor, después de pillarse los dedos con la tapa del portátil, es provocar en el lector una suerte de hastío, un vientecillo de indiferencia, una mueca de tedio. El escritor debe espolear la conciencia del lector, moverle al llanto o a la risa y, si puede, arrancarle los higadillos y venderlos rápido en algún mercado ilegal –en Wuhan son un éxito–. Pero es difícil espolear nada mientras roncas, más allá de los tímpanos de los vecinos.

Por otra parte, tampoco creo en esos articulistas que dicen que para ser un buen escritor de columnas debes enfadar siempre a alguien, sobre todo porque teclear que no son más que una panda de imbéciles, tarados y misántropos con plumilla, aunque se ajusta bastante a la verdad, tampoco estoy seguro de que me convierta en un gran literato. A ellos no les ha funcionado.

Al final, siempre he creído que la columna invencible es aquella en la que el autor se muestra tal y como es, sin cortapisas: un imbécil dormilón, un zoquete roncador, un adoquín amuermado. La mayoría de los soberbios columnistas de mi generación se tienen en tan alta estima que no podrían confesar que un inoportuno y lamentable sueño ha dinamitado su instante creativo, y ha dado al traste con su valiosísima columna sobre la correlación, en democracia, entre golpearse los testículos con un martillo y subir los impuestos a las clases medias. Supongo que se morirían antes de confesar algo tan deleznable. Pero no es mi caso. Yo lo admito sin traumas porque a mí en humildad no me gana nadie.

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