No hay duda de que la mejor noticia que puede traer un conflicto armado es cuando se anuncia su fin, y es que el presidente, Donald Trump, se ha mostrado últimamente entusiasmado en torno a la idea de que la guerra contra Irán se ganará, más pronto que tarde.
“Nos estamos acercando mucho a cumplir nuestros objetivos, a medida que consideramos poner fin a nuestros grandes esfuerzos militares en Oriente Medio contra el régimen terrorista de Irán”, escribió Trump en Truth Social.
Ese optimismo surgió en un momento en el cual muchos aliados, tanto en Oriente Medio como en Europa, han expresado preocupación por la extensión del conflicto con efectos nefastos y duraderos sobre la economía mundial.
“La tercera semana del enfrentamiento se caracterizó por una escalada significativa en los ataques contra la infraestructura energética, lo que ha desplazado la narrativa económica, de una interrupción a corto plazo a un daño estructural a largo plazo” según, Mohamed El-Arian, columnista de Bloomberg y editor colaborador del Financial Times.
Esos temores se exacerbaron cuando Israel lanzó un ataque contra el mayor yacimiento de gas natural de Irán, acción que fue seguida rápidamente por ataques de represalia con misiles de Irán contra instalaciones petroleras de los estados del Golfo.
Incluso Trump expresó sorpresa y descontento ante el bombardeo israelí contra la instalación de South Pars.
Pareció, en efecto, insólito, especialmente después del ataque aéreo estadounidense contra la isla iraní de Kharg, sede de terminales petroleras, oleoductos y tanques de almacenamiento de crudo, que se llevó a cabo por órdenes de la Casa Blanca contra emplazamientos militares, como los sistemas de defensa aérea, mas no dirigidos a las instalaciones energéticas.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, fue advertido por Trump de que no repitiera tales ataques.
Este intercambio dio lugar a múltiples informes en los medios de comunicación que sugerían que Trump y Netanyahu estaban librando guerras distintas, aunque el mandatario aseguró lo contrario.
Si Israel y Estados Unidos no atacan las instalaciones energéticas de Irán, parte de los temores ante una escalada bélica deberían disiparse, calmando tanto a los mercados como al precio del petróleo.
Pero el pasado fin de semana, Trump amenazó con aniquilar las centrales eléctricas de Irán si Teherán no reabre el estrecho de Ormuz en un plazo de 48 horas, lo que hizo subir los precios del petróleo por encima de los 100 dólares.
La respuesta iraní en boca del presidente del Parlamento, Mohamad Baqer Qalibaf, fue que su país atacará y destruirá las infraestructuras vitales, energéticas y petroleras en toda la región si Estados Unidos cumple su amenaza de bombardear las centrales eléctricas iraníes por el cierre del estrecho de Ormuz.
Mientras Rusia ha hecho todo lo posible por atacar las instalaciones energéticas de Ucrania, sería un error que Estados Unidos e Israel hicieran lo mismo con Irán si el objetivo es brindar al pueblo iraní un futuro mejor, bajo un gobierno digno.
El problema radica en que Irán ha centrado deliberadamente sus ataques de represalia en los buques petroleros que transitan por las vías marítimas del Golfo y en las instalaciones petroleras de las naciones ribereñas, lo que convierte en una exigencia vital, tanto para Estados Unidos como para Israel, atacar cada lanzador de misiles y cada planta de producción.
Aunque gran parte de los emplazamientos de misiles se han destruido, Irán afirma que aún conserva suficientes para seguir atacando objetivos en Israel y en la región del Golfo.
Muchos analistas en Washington consideran que la guerra se prolongará durante muchas semanas más, si no meses, inclusive luego de que Trump anunciara conversaciones productivas en curso con lideres iranies, algo por cierto que Teherán negó.
Es cierto que, en una guerra, es difícil mantener límites estrictos respecto de los objetivos, especialmente cuando tanto la administración Trump como Israel desean la caída del régimen de Teherán.
Por otra parte, no hay que perder de vista que la guerra tiene la habilidad de distorsionar la realidad, manipulando los hechos.
Una guerra implica una campaña deliberada de propaganda y desinformación para crear narrativas sobre el frente de batalla. No en vano se dice que la primera víctima de una guerra es la verdad.
Solo cabe esperar que el optimismo de Trump continúe, sustentado en información de inteligencia sólida y que finalmente podamos poner fin a esta guerra, más temprano que tarde.