“La batalla se acabó en cuanto les pusieron la luz, imagínate, los grupitos dejaron de gritar y calabaza, calabaza, cada uno pa’ su casa”.
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
“La batalla se acabó en cuanto les pusieron la luz, imagínate, los grupitos dejaron de gritar y calabaza, calabaza, cada uno pa’ su casa”.
A través del teléfono Enio se esfuerza por desacreditar las protestas del pasado lunes. Se vende como un testigo excepcional de la sorpresiva noche que centenares de vecinos protagonizaron en varios municipios habaneros y pretende convencernos de que todo fue “puro humo”.
Al notar el silencio con que recibimos su mal chiste deja de forzar la carcajada y explica “había que decidir entre adelantar la comida de mañana o seguir golpeando las ollas, además con la electricidad no te podías esconder, ni tirar botellas, el guardia te veía la cara bajo la luz de las farolas”.
La llamada de Enio desentona con los otros mensajes que consiguen llegarnos desde la Isla: mientras el resto habla de saturación, desespero, espontaneidad y decisión, Enio asegura que hay miedo, oportunismo y un conformismo básico en cada reacción del cubano de a pie, “antes los tranquilizaban con cerveza de pipa, ahora basta con devolverles la luz por veinte minutos o prometerles que van a recoger el basurero de la esquina, en ese instante se recogen”.
Estoy molesto con su insistencia por ningunear a los manifestantes, por eso lo preciso para que defina su relación con el régimen, “¡los odio!… ¡qué pregunta!”, contesta de forma espaciada, “deberían desaparecer, pero… ¡no inflen compadre!... están presumiendo de unas cuantas chusmas gritando a escondidas desde las sombras del apagón”, sentencia.
“Ciberclaria” me susurra mi colega al oído mientras escuchamos el speaker del teléfono, me hace señas para que corte la comunicación mientras repite la palabra, “ciberclaria”.
Se trata del término con que identificamos a los falsos perfiles que el régimen de La Habana intenta colar en las redes sociales, el ejército de “prestados” que sirve para crear estados de opinión. Decenas de avatares, con capacidad de conexión y recargas garantizadas, que nos obligan a revisar con microscopios toda noticia que nos llega de la isla, buscando emboscadas o intentos de ridiculizarnos.
Pero las “ciberclarias” también nos sirven de termómetros, porque no tiene libertad de acción, funcionan por directrices. Y cuando nos atacan en grupo o nos insultan en equipo, sabemos que les dimos donde les duele, que hemos impactado en el centro del blanco, molestando a los sesudos de la dictadura, a los jefes, los que les dicen como actuar.
No corto la comunicación, yo no creo que Enio sea una “ciberclaria”, más bien es de los que justifican sus brazos caídos desacreditando todo lo que les pasa cerca. Enio es de los que “no hacen”.
O quizás es uno de esos que solo consideran efectivo lo que a ellos se les ocurre.
O de los que prefieren que les entreguen todo masticado para terminar tragando, con un mínimo esfuerzo.
Enio es sinónimo de la apatía que reina entre muchos cubanos, que prefieren no buscar soluciones y quedarse bajo la piedra, como el cuento del sapo que sobrevive a cualquier costo.
Ese desencanto, esas pocas ganas de empujar clasifican como otra de las consecuencias de tantos años de régimen comunista, fruto del asesinato de la esperanza.
Saltar la barrera de los Enios es uno de los grandes retos que deben superar las generaciones del futuro de la isla.
Enio se tapa los ojos para no ver que el desespero es también fulminante, el posible detonante de una explosión social en medio de la crisis.
Aunque parezca extraño hay también muchos Enios en el exilio, que tropiezan con los ojos cubiertos mientras se desplazan entre nosotros: Tipos que imponen la apatía como principio ante cualquier reporte de disidencia, oposición o critica que llegue desde Cuba.
Para ellos todo está preparado, nada tiene sentido. Te miran directo a los ojos y dicen, “tú sabes bien que esto no va para ningún lado”, o prefieren mirar al suelo mientras te aseguran “Cuba para mí no existe, ¡se acabó!, tengo cosas más importantes en que emplear mi tiempo”.
Son las otras víctimas de la represión del régimen, heridos por el bombardeo constante de la desidia institucional. Ellos igualmente necesitan ser curados.
Pero volvamos a Enio que seguía justificándose a través del teléfono: “aquí se ha perdido el sentido de la oposición, el camino de la lucha, la necesidad de un movimiento, de organizarse, todo es a lo loco, a empujones y sonando cazuelas vacías”.
Me atrevo a adelantarle que en muchos casos la lucha no tiene caminos preconcebidos y que la espontaneidad que él ve como desorden ha sido capaz de mantener vigente el espíritu de inconformidad de los cubanos, aunque pretenda clasificar el lunes como un resultado del desespero.
Enio tiene que asumir que el desespero no es una vergüenza, es también un reclamo legítimo al momento de defender tus derechos.
“Enio compadre, un consejo… deja de mirar los toros desde la barda, levanta los brazos de una vez y ponte a empujar el carro”.
Creo que no entendió el símil, siguió justificando, sosteniendo la misma verborrea en el infinito espacio de los seis minutos que le quedaban de recarga.

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