Al parecer fue a principios de la década de 1920 cuando la Casa Blanca sumó más importancia al promover el gasto federal con la Ley Presupuesto y Contabilidad de 1921.

Dicha ley otorgó al Presidente la responsabilidad de la planificación presupuestaria general, previa presentación de un presupuesto.

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El Congreso, en cambio, no tenía capacidad para establecer y hacer cumplir las prioridades presupuestarias o desarrollar información presupuestaria y económica independientemente del Poder Ejecutivo.

“El conflicto entre los poderes legislativo y ejecutivo alcanzó un punto álgido durante 1974, cuando legisladores objetaron las amenazas del presidente Richard Nixon de retener las asignaciones del Congreso para programas que fueran incompatibles con sus políticas. La disputa llevó a la promulgación de la Ley de Control de Presupuesto y Embargo del Congreso de 1974, que reafirmó el control constitucional del Congreso sobre el presupuesto”, según la Oficina presupuestaria del Congreso.

El tema de la aprobación del presupuesto de la agenda gubernamental sigue siendo un juego político por obtener mayor influencia, lo que inevitablemente crea tensiones.

El plan de gastos récord del presidente Joe Biden, cuyo éxito definirá su legado, parece estar comprometido por demandas políticas en competencia.

Uno de los problemas que enfrenta Biden es que sus programas de infraestructura, bienestar y cambio climático son objeto de luchas dentro de su mismo partido.

No es ya un tema entre demócratas y republicanos, sino que además involucra, en la pelea, a centristas contra liberales progresistas del Partido Demócrata.

Los liberales demócratas, encabezados por el senador Bernie Sanders, creen fervientemente que ha llegado el momento en la historia de Estados Unidos cuando el Presidente debe ser audaz en su programa de gastos, particularmente en lo referente al cambio climático.

Y aunque Biden ha indicado que comparte la misma convicción, la realidad política lo obliga a recortar, cortar y cambiar los costos de sus programas, a fin de ganar apoyo en la Cámara de Representantes y el Senado. Esto es una historia que conocemos.

El plan de inversión de 1 billón de dólares para mejorar la infraestructura, que Biden quería que se tratará por separado, ha sido vinculado por el ala demócrata liberal a un proyecto de ley de bienestar y clima aún más ambicioso, que asciende a $3.5 billones.

Para los republicanos, el monto de gasto es una fantasía irrealizable.

Biden ha dicho que está preparado para reducir el programa de $3.5 billones, conocido como el proyecto de ley de reconciliación, a $2 billones, insistiendo en que aún sería una inmensa inversión en el país, pero Sanders está convencido de que el destino del planeta depende de invertir un presupuesto mayor, poniendo en riesgo todo el programa.

“Sin un proyecto de ley de reconciliación sólido, no habrá ningún esfuerzo serio para reducir las emisiones de carbono y transformar nuestros sistemas de energía lejos de los combustibles fósiles", dijo Sanders.

Por lo pronto, líderes mundiales se reunirán durante la conferencia de Naciones Unidas sobre el cambio climático en la ciudad escocesa de Glasgow, del 31 de octubre al 12 de noviembre, y para Biden sería importante poder demostrar que su administración está lista para tomar una de las decisiones más significativas de los tiempos modernos.

Si Estados Unidos da el ejemplo, con suerte otros lo seguirán, pero si el Congreso no llega a un acuerdo, el estatus de la cumbre sobre el cambio climático se verá socavado.

Otros países como China, que todavía dependen en gran medida de las centrales eléctricas de carbón, se sentirán menos presionados para cumplir con la reducción de gases de efecto invernadero y la reunión estaría condenada al fracaso.

Durante la presidencia de Donald Trump, Estados Unidos se retiró del acuerdo climático internacional de París firmado en 2015, dando la impresión de que descarta la amenaza que representaba el calentamiento global y alentando, por motivos económicos, la continuación de la minería del carbón.

Si bien Biden devolvió a Estados Unidos al acuerdo de París, tiene la tarea histórica de poner a Estados Unidos en el camino correcto para adaptarse a los cambios climáticos que ya han comenzado a manifestarse, tomando en cuenta que todavía hay escépticos, no solo en el Partido Republicano sino también a nivel global, que están en línea con la posición de Trump.

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