Imágenes aéreas sobre el mar muestran una larga fila de buques esperando ser descargados en los principales puertos de los Estados Unidos. Del otro lado del océano, el desabastecimiento de productos genera tensión entre los consumidores, quienes se ven forzados a pagar más por lo mismo dado el creciente aumento de los precios.

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La cascada de efectos ocasionados por la grave situación de la cadena de suministros es un vivo reflejo de cuán dependientes somos de otros y de cuán preocupante es este problema, exacerbado por la pandemia de coronavirus, la carencia de piezas imprescindibles para el transporte de carga y la falta de empleados, principalmente.

La antesala del caos

Durante muchísimo tiempo, EEUU ha subcontratado la producción de diferentes productos a otros países, como China, por el mero hecho de que así nos sale más barato. Tradicionalmente, incluso, nuestro país ha acudido a varios contratistas extranjeros para la fabricación de un solo producto, empeorando más el problema.

Un informe del American University Auto Index, citado por Los Angeles Times, hace notar que “aproximadamente la mitad de cada camioneta Dodge Ram 1500 que salió de una planta automotriz estadounidense el año pasado provino de fuera de Estados Unidos”.

Ese es tan solo un ejemplo entre miles, que se agrava por el hecho de que “algunas empresas renuncian por completo a tener fábricas en EEUU y, [en su lugar], utilizan contratistas para ensamblar sus productos a partir de las piezas hechas por los subcontratistas”.

Tal como asevera el mismo reporte, está claro que “si una compañía depende de una cadena de suministros lejana, [lógicamente], va a requerir una combinación de aviones, barcos, camiones y depósitos para reunir sus productos y almacenar inventario”.

Justamente es en esa dependencia donde radica un peligro muy pero muy grande, y, para muestra, los cuellos de botella que se han formado con los barcos de marras anclados en los puertos de Los Ángeles y Long Beach por falta de todo.

No hay suficientes empleados para descargarlos, no hay suficiente espacio para almacenar las mercancías, no hay suficientes camioneros para trasladarlas… Y como el pez que se muerde la cola, debido al atraso en las mencionadas descargas, tampoco hay suficientes contenedores vacíos para la importación de más bienes e insumos.

Automóviles, equipos electrodomésticos, celulares, computadoras, ropa, calzado, textiles, medicinas, muebles y artículos de plástico, entre otros productos esenciales de las cadenas de suministros globales, han quedado así atrapados en un limbo de atrasos con los consiguientes faltantes en los comercios de EEUU.

Basta con que alguno de los eslabones de la cadena de abastecimiento falle para que sintamos la escasez de esos y otros importantes artículos. Un efecto que no nos debería tomar por sorpresa si tomamos en cuenta que nuestro país, muy a nuestro pesar, es el que más importaciones realiza a escala global.

Datos suministrados por el Observatorio de Complejidad Económica (OEC, por sus siglas en inglés), dan cuenta de que, solo en 2019, gastamos unos $2,38 billones de dólares en bienes y servicios procedentes de otras naciones. Lo peor del caso es que la mayor cantidad de ese monto, el 18%, fue a parar a la República Popular China, nuestro principal enemigo comercial.

La tormenta perfecta

A pesar de que los problemas de la cadena de suministros no son nada nuevos, el primer gran golpe a nuestra economía se produjo cuando muchas de las plantas chinas que fabrican piezas o ensamblan productos cerraron sus puertas debido a la aparición del coronavirus.

A partir de ese momento, “la pandemia provocó una mezcla tóxica de fuerzas que desencadenaron, y luego exacerbaron el estancamiento de los envíos. Interrupciones similares se extendieron por todo el mundo y afectaron tanto a fabricantes como a empresas de logística que envían, almacenan y entregan sus productos”, apunta Los Angeles Times en el mismo artículo.

Para Willy C. Shih, experto en comercio internacional de la Escuela de Negocios de Harvard, citado por The New York Times, estamos ante una especie de cadena de suministros fuera de control. Según él, “en una carrera por disminuir los costos al máximo, [es normal que] el riesgo [de desabastecimiento] se concentre. [Por lo tanto], estamos ante la conclusión lógica de todo eso”.

Ciertamente, el COVID-19 llegó para demostrar esto, así como para poner de manifiesto la fragilidad de nuestra industria logística. Tal como asevera Vox.com, se trata de dificultades en la fabricación de artículos, demoras en los envíos, acumulación de mercancías, falta de contenedores, caos en los centros de distribución y, por ende, un aumento en la demanda de los productos que no llegan.

Para la agencia EFE, el fuerte incremento de las compras en línea durante la pandemia, unido a la falta de transportistas y camiones, han provocado un desastre en las terminales de los puertos estadounidenses mencionados, que ahora buscan estrategias para resolver el colapso.

En su análisis sobre el tema, la fuente española resalta que este conjunto de situaciones, tanto a escala macro como micro, ha generado la tormenta perfecta para que nuestro país se enfrente a la primera gran crisis de abastecimiento en la era moderna.

Es decir, los actuales problemas en la cadena de suministros, causados por la escasez de inventarios, el aumento en la demanda de productos y los cierres de fábricas en el extranjero, como resultado de la pandemia y el subsiguiente caos en los mares, han derivado en la crítica situación a la que nos enfrentamos.

La pequeña empresa

Cuando hablamos de desabastecimiento, nos referimos a una crisis que afecta a toda la nación y particularmente a las pequeñas empresas, toda vez que muchas de ellas se han quedado sin suficientes suministros. Motores impulsores de la economía, todo sea dicho, los pequeños negocios estadounidenses están bregando ahora mismo por tratar de salir adelante.

Precisamente en torno a los desafíos que enfrentan en la actualidad, una encuesta realizada por la red Alignable entre más de 3.000 pequeños empresarios constató que el 35% de ellos han sufrido un impacto financiero significativo a raíz del coronavirus.

Difundida por BizJournals, la investigación también encontró que alrededor del 48% considera a la inflación como su principal preocupación, mientras que el 40% dijo que todavía está ganando solo el 50% (o menos) de sus ingresos mensuales anteriores a la pandemia.

Ahora que se acerca la Navidad, la etapa de mayores compras del año, los anaqueles de muchos de estos pequeños negocios están medio vacíos. Del otro lado, los comercios más grandes, como Home Depot y Walmart, le hacen una feroz competencia porque al menos ellos han podido fletar barcos de carga privados para abastecerse.

¿Qué decir de nosotros, los consumidores? Pues que, en el plano doméstico, estamos preocupados por la escasez de productos y el incremento de los precios en casi todo lo que consumimos (nótese en este punto el actual nivel de inflación del 6,2%, considerado el mayor en los últimos 30 años).

En el plano más general, pues igualmente. Estamos consternados al ver cómo EEUU sigue dependiendo a tal magnitud de otros. Ahora ha sido una pandemia la que ha tirado de nuestras orejas, evidenciando nuestras flaquezas en cuanto a abastecimiento. Mañana puede ser cualquier otro evento el que vuelva a castigarnos y mostrarnos que no hay nada mejor, ni más prioritario que lo hecho, orgullosamente, en casa.

El efecto dominó

A la terrible situación de la cadena de suministros, se ha añadido el desafío continuo de encontrar trabajadores localmente. Si bien es necesario aumentar el espacio en las instituciones de almacenamiento, igual de urgente es hallar fuerza de trabajo para que la actividad se mantenga 24 horas al día, siete días de la semana.

En aras de que eso suceda, cada uno de los almacenes repletos de mercancías debería contratar más empleados para cubrir un turno adicional completo, pero sucede que no hay fuerza laboral disponible como para resolver el problema rápidamente, enfatiza Vox.com en su reporte.

De acuerdo con ese informe, varias son las causas que subyacen bajo esta situación: los empleos son de carácter temporal, implican un alto nivel de rotación, demandan mucho trabajo manual, representan un peligro de lesiones y se enfrentan a la negativa de gente que no quiere trabajar.

En torno a los transportistas, CNN en español hace referencia a la posibilidad de que “los camioneros no tengan la capacidad suficiente para transportar todos los productos que necesitan ir de los puertos a los almacenes y a las tiendas”, hecho que evidencia la existencia de una crisis en la transportación de mercancías.

Simultáneamente, también ha habido falta de trabajadores por las excesivas ayudas gubernamentales otorgadas a los desempleados a causa del virus del Partido Comunista Chino. El efecto dominó de la pandemia, claro está, se ha hecho así presente dondequiera y, si bien se veía venir, ha tomado a muchos por sorpresa.

¡Qué duda cabe de que EEUU no estaba preparado para una interrupción en la cadena de suministros! Confiado en lo que siempre nos llega desde fuera, nuestro país no vislumbró lo que podía pasar, ni hizo lo que desde hace tiempo debió hacer: traer a casa, o producir aquí, todo (o casi todo) lo que necesitamos.

La resiliencia imperiosa

Siendo completamente honestos, sabemos que podemos hacerlo, contamos con los recursos necesarios y tenemos el talento imprescindible. ¿A qué esperamos entonces? Mientras damos pasos para salir del embotellamiento actual, que, según expertos, tomará al menos otro año, deberíamos ir concretando ya más acciones a favor del Made in USA que requerimos.

¡Qué quede claro que no se trata de abogar por una simple etiqueta! Tampoco se trata de volvernos autosuficientes en el sentido peyorativo del término: se trata de priorizarnos a nosotros, a la producción nacional, por encima de todo; se trata de construir o ampliar fábricas e instalaciones capaces de generar lo que necesitamos; se trata de crear nuevas infraestructuras.

Como no podía ser de otro modo, también se trata de aumentar nuestra capacidad productiva, nuestro nivel de inventario, nuestras materias primas e insumos básicos; se trata de incrementar nuestra ventaja competitiva y disminuir nuestra vulnerabilidad en tiempos de crisis; se trata de estar listos ante cualquier imprevisto y saber manejarlo para continuar funcionando. Se llama resiliencia de la cadena de suministros.

En esta lucha por volvernos más capaces, más proamericanos, también se trata de contar con puertos más eficientes y mayor capacidad de almacenaje; mejores sistemas de planeación, transportación y comunicaciones; mejores tecnologías para las transacciones y también, claro está, un mayor liderazgo en cuanto a innovaciones.

De igual modo se trata – ¡cómo no! – de crear más puestos de trabajo para nuestra gente, impulsar el desarrollo de nuestras comunidades, seguir construyendo el paradigma del todo se puede y continuar siendo la nación más poderosa del mundo, la soñada tierra de las oportunidades.

Finalmente, también se trata de poder decirle "bye bye forever" a China comunista, que tanto daño nos ha hecho en términos de propiedad intelectual, ataques cibernéticos, robos de secretos comerciales, falsificación de productos e infracciones de patentes, por solo citar algunas de sus fechorías.

A la nación asiática, fundamentalmente, hay que despedirla, por la puerta de atrás y sin referencias. No más ataduras con los comunistas chinos. No más dependencia, ni paños tibios. Lo acontecido y sufrido hasta hoy ya es más que suficiente. Si hay que trabajar en función de una cadena, que sea, inobjetablemente, por la nuestra.

Sobre el Dr. Rafael Marrero

Economista. Graduado de las universidades de Stanford y Cornell, es un reconocido experto en EE.UU. en contratación federal, emprendimiento para pequeñas y medianas empresas y gestión de proyectos. Autor del bestseller de Amazon La salsa secreta del Tío Sam.

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