Nicolás Maduro se vio obligado a cambiar su imagen pública dado el desastre económico, ético, político y social en el que “los hijos de Chávez” han llevado al país.

Pero no solamente su imagen personal y la de su compañera, “la primera comandante” Cilia, sino que ha requerido de un nuevo partido político, con renovado perfil para buscar el reencuentro con los electores perdidos desde que asumió la conducción del movimiento chavista, como heredero asignado.

En el contexto de una convocatoria electoral en la cual ha eliminado a los principales líderes opositores con inhabilitaciones y prisión, ilegalizado a los principales partidos opositores, cerca de 4 millones de venezolanos que se han emigrado y el repudio internacional, Maduro intentará reelegirse con los despojos que quedan del país.

Su nuevo partido, “Somos Venezuela”, nace como una necesidad de diluir la deteriorada imagen que ha creado a su alrededor el Gobierno y el PSUV, alimentado por la corrupción, pero en especial por la hiperinflación que está matando de hambre a los sectores populares y clase media, cuando ya el discurso de la guerra económica y las medidas internacionales han perdido eficacia.

Ese deslinde del pasado reciente no es un invento de Maduro sino la orientación que le han estado dando sus “nuevos” asesores internacionales, quienes desde hace más de un año vienen preparando a Maduro para la reelección presidencial.

Ocurre que no es un plan que ha aparecido de la noche a la mañana. En él se han decidido todas las artimañas que se han producido desde el Gobierno y desde la ANC que, además del incremento del clientelismo, la guerra sucia y la división de la oposición, igualmente distancia discretamente a Maduro del color “rojo rojito” y toman el color azul como bandera de amplitud.

En ese nuevo rostro, con un toque juvenil, en el que no caben los reiterados atuendos militares, ni las expresiones severas, la sonrisa de la pareja juega un rol fundamental. Los tonos azules o verdes claros de las camisas, cómodos y ligeros, con toque juvenil, buscan conectar a una nueva generación de clase baja que no ha emigrado, más pragmática, que quiere progreso y bien estar pero está abierta a recibir las dádivas del poder. En ello, la Chamba juvenil, los bonos sucesivos y el carnet de la Patria con su código QR juegan un rol fundamental para la nueva etapa.

Pero ese cambio ha tenido sus bajas colaterales. Llevar adelante su proyecto de supremacía ha implicado igualmente enfrentar la guerra interna que comenzó con las primeras bajas de importantes jefes del chavismo, entre las que se incluyó a la fiscal Luisa Ortega Díaz, militares como Clíver Alcalá, y Miguel Rodríguez Torres, y altos jefes políticos como Héctor Navarro y Ana Elisa Osorio, que alcanza su máxima expresión con el desmantelamiento de la fracción que encabeza Rafael Ramírez, con unas 90 personas detenidas, que incluyó a altos gerentes de la industria petrolera.

Siguiendo el ejemplo de José Stalin, quien a raíz de la muerte de Lenin se deshizo de todo el Comité Central que dirigió la Revolución Rusa enviándolos a Siberia, al destierro como el caso de León Trotsky, o asesinándolos, Maduro, guardando la estatura histórica de aquel personaje, intenta asumir el control total del movimiento chavista y es en estos últimos meses que se ha visto abiertamente su acción, apoyado en la cúpula militar.

Un desenlace de esa crisis interna está por verse mientras una oposición anda a la deriva sin una postura clara y unitaria frente al poder chavista en el que igualmente existe una corriente que no quiere hundirse en el desastre económico.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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