En el muestrario de violencia que padece Venezuela, la prensa ha traído la información del intento de “perricidio” o “canicidio” de “Shaggy”. Un cacri (callejero/criollo) que junto a su propietario participaba en una protesta pacífica contra la escasez de agua en La Guairita, Caracas.

Lo atestiguan las videograbaciones. El frustrado mataperros resultó ser funcionario de la policía política de la narcorrevolución (¡Y quién más?). En específico, uno de los 150 esbirros –quizás sean millares– que protegen a los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez. Los pobres. Tan amenazados, sin quebrar un plato. Quizás, temerosos, por un hipotético desembarco de los marines. O por la Guerra Económica de Rajoy y la Unión Europea. O por Álvaro Uribe. O por una paloma envenenada, en vuelo a pulmón, directo Tel Aviv-Caracas, emponzoñada por el Mosad.

“Shaggy” resultó mal herido pero se encuentra en plena recuperación. El año pasado, en peores circunstancias, asesinaron a “Cross”. Un Guardia Nacional –el “Deshonor” es su Divisa– del batallón que reprimía a los habitantes del conjunto residencial “Los Verdes”, Caracas, violó el hogar de su ama. El animalito le ladró por la intrusión y el esbirro ¡pero, qué oídos tan delicados! lo calló, para siempre, con su Kalashnikov. La Revolución Forajida es como es. Primero ha matado a los amos. Ahora arremete contra sus mascotas.

El perro, el milenario perro, pureza del universo. La inocencia que te muerde la mano dulcemente. La amistad, en las malas y en las peores. La lealtad que no decae. El afecto cristalino. En la narcorrevolución chavomadurista el perro es especie en vías de extinción Si no lo atrapa el sin nariz de la inanición generalizada –perros, gatos, caballos, la fauna y la flora, entera– lo agarra el “chingo” de la sevicia narcocomunista.

Para Mandela, las sociedades debían evaluarse según el trato dispensado a los más vulnerables, en particular los presos. Pero Bernard Shaw escribió que los pueblos pueden ser juzgados, según traten sus animales. El desprecio por todo ser viviente que conduce a abalear un perrito barriobajero, lo mismo que a otro con pedigree, es el mismo que atropella en las relaciones de pareja, en el trato a los niños, en la manera de considerar al adversario político. Pero las compañeras, los disidentes, los menorcitos y hasta los perros tienen sus propios puntos de vista, siempre respetables. La forma de ventilarlos no es a través de la estricnina. A balazos, tampoco. Hay procedimientos democráticos para todo. Incluso para las mascotas que prefieren hacer pis en la alfombra. El pluralismo incluye la racionalización de estos asuntos. Lo demás es fascismo perruno, sarnoso, hidrofóbico, intolerante, garrapatoso, como el del señor Maduro y sus mataperros.

Unas inofensivas mascotas tiroteadas por funcionarios públicos, supuestos a defender la ciudadanía, constituye una clarinada. Advierte que la represión carcome nuestros más recónditos resquicios. Sólo podremos aspirar al calificativo de civilizados cuando aprendamos a respetarnos y respetar, incluidos los animales.

Me hacía estas reflexiones mientras desenmarañaba un mechón de “Maala” –me decanto por las gatas– quien retoza alrededor del teclado de mi computador al escribir las presentes líneas. Mujer, al fin, el afecto prodigado me lo retribuirá con sus afiladas uñas. Aunque no sé si es gata, realmente, o una princesa salida de los relatos de las Mil y Una Noches.

@omarestacio

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