La política lo envuelve todo en la vida moderna, es como el agua que invade cualquier resquicio social sumergido en su elemento. La política como el inmenso mar tiene corrientes, olas, y vastas zonas de aguas profundas. En el mar y la política pueden ocurrir movimientos huracanados capaces de romper todo lo que se encuentra a su paso o manifestarse en forma de mansas olas que refrescan las cálidas arenas de una tropical playa.

Muchas veces los fuertes movimientos en el mar y la política comienzan como una inofensiva onda provocada como dijo alguien: “el inocente aletear de una mariposa que puede llegar a producir en la otra parte del mundo una gran tempestad”. A ese fenómeno los estudiosos de la Teoría del Caos le llaman el efecto mariposa.

Las sociedades no están exentas de sufrir el efecto mariposa. Un inofensivo movimiento, cargado de razón, justicia y reivindicación como el #metoo puede ser el detonante del tsunami de acusaciones que están poniendo en dudas el rol de las instituciones democráticas que rigen la sociedad.

El efecto de un movimiento cargado de razón, puede ser esta turbulencia que está poniendo patas arribas no solo las instituciones sino las relaciones entre las personas, cuando traza líneas muchas veces indescifrables entre las naturales relaciones sociales y los roles sexuales en el mundo actual.

El efecto de un movimiento cargado de dolor puede estar haciendo saltar por el aire uno de los basamentos jurídicos más importantes de la justicia de un país democrático: la presunción de inocencia, cuyo basamento radica en que una persona debe considerarse inocente hasta que se demuestre en un juicio justo y con todas las garantías su culpabilidad. Nadie debe juzgarse bajo los alaridos de las turbas enardecidas como se hizo durante mucho tiempo en los países comunistas sin garantías y siguiendo un plan trazado desde algún gabinete oscuro.

Bajo el pretexto de una reivindicación histórica del rol de la mujeres en nuestra sociedad moderna, se insiste en querer solucionar de forma expedita grandes problemas pendientes, muchos de ellos legales, sin esperar el pronunciamiento de los tribunales que nos hemos dado como sociedad para que sean ellos quienes juzguen cada hecho en arreglo a la ley.

Entre todos debemos evitar que una corriente de reivindicación social provocada por un movimiento justo como el #metoo tome un color político o ideológico que se interponga a su verdadero propósito: la dignificación de la mujer y darle voz a las víctimas de abusos sexuales.

En una sociedad enturbiada por una política más partidista que nunca, preñada de grandes dosis de revanchismo y víctima de las malas artes de sus representantes públicos, es responsabilidad de todos y en especial de las mujeres no prestar el nombre de su movimiento y de su condición para ser utilizado como instrumento para desbancar jueces, eliminar políticos, o arruinar empresarios.

Todo el empeño de este movimiento debería ser el de hacer justicia tanto a mujeres y a hombres víctimas de abusos sexuales para que reúnan el coraje y denuncien ante las instituciones los horrendos hechos que les quema por dentro.

Entre todos deberíamos evitar que el aletear benigno de un movimiento reivindicativo se convierta en el huracán que haga volar por los aires la credibilidad en las instituciones democráticas del país. Realmente no recuerdo muy bien si en la Teoría del Caos aplicada a la sociedad existe algún vencedor a no ser el odio, el miedo y la amoralidad.

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