martes 10  de  marzo 2026

Mi Estatua de la Libertad

“Renací cuando crucé el umbral de la Torre”, deja asentado uno de los primeros refugiados

El miércoles pasado hicimos la preinauguración de dos muestras esenciales en la emblemática Torre de la Libertad. Tan temprano como el próximo 19 de septiembre, el público general tendrá acceso libre a las mismas. Se trata de u201cLa experiencia del exilio: jornada a la libertad u201d y u201cCuba fuera de Cuba: A través de los lentes de Alexis Rodríguez-Duarte con la colaboración de Tico Torres u201d.

Para recorrer la majestuosa sala de la primera planta de la Torre, hay que u201ctragar en seco u201d, como decía mi madre cuando afrontaba algo emocionante. Las fotos y objetos desplegados ante nuestra vista duelen y nos regocijan, en una curiosa combinación de sentimientos contrapuestos.

Entristecen porque captan para siempre cuando la familia cubana debió tomar la temeraria decisión de escapar de la ignominia del totalitarismo y, de cierta manera, nos alientan porque nos da la posibilidad de testimoniar el comienzo de una comunidad exiliada exitosa como pocas que recuerda la historia.

En una foto, dos niñas sentadas sobre sus maletas, recién llegadas al Refugio, que era como llamábamos a la Torre de la Libertad. Ayer jugaban plácidamente en el patio de su casa de El Vedado o El Cerro y en la imagen de aquel presente incierto no saben qué les depara el futuro.

Entre los objetos desplegados, hay numerosos pasaportes con el siniestro sello de u201canulado u201d, que era como el régimen despedía para siempre a los llamados u201capátridas u201d. Y ciertamente llegábamos sin país, como apestados donde habíamos nacido, y pendientes de ser aceptados en la nueva nación que nos prodigaba la segunda oportunidad.

Hay un primer cheque de $14 dólares ganado por un cubano que luego conduciría los destinos de una de las firmas de cosméticos más grandes del mundo.

Está la foto adorable de un bebé que nació en pleno vuelo u201cde la libertad u201d en camino a Miami, como presagio y milagro de unos padres que se jugaban el todo por el todo.

u201cRenací cuando crucé el umbral de la Torre u201d, deja asentado uno de los primeros refugiados. Mientras otro afirma que el entrañable edificio del año 1926 era, entonces, u201cel centro del mundo u201d.

Dos niños, primorosamente peinados, nos miran desde el pasado con colchas y otras vituallas en sus brazos extendidos, sin saber a ciencia cierta dónde quedaron sus casas, sus juguetes y mascotas.

Me veo a mí mismo, como en un espejo, frente a la Torre, mi Estatua de la Libertad, mi Ellis Island, y me hace feliz saber que valió la pena, no obstante la tristeza, y que las futuras generaciones de compatriotas no permitirán que una tragedia de estas dimensiones se vuelva a repetir.

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