Era la una y media de la mañana. Nuestra hija dormía en su cuarto. El perrito estaba tendido en el piso, durmiendo en apariencia profundamente. Había elegido un lugar donde recibiese el soplo frío del aire acondicionado. Afuera seguía haciendo un calor infernal. Miami tiene dos estaciones todo el año: calor y mucho calor. Ahora mismo estamos en la segunda. Suele prolongarse hasta noviembre.

Mi esposa estaba echada a mi lado, mirando su celular. Generalmente mira videos graciosos en Youtube. Le gustan ciertas youtubers que graban mensajes en clave de humor. Se ríe con ellas. Las adora. Son sus amigas virtuales. Me cuenta que ganan fortunas haciendo reír a millones de personas con sus gracias, osadías y disparates. Es un mundo que me es ajeno, ancho y ajeno. A veces me hace ver a sus youtubers predilectas y reconozco enseguida su talento. No es fácil hacer lo que hacen. El éxito raramente es accidental o inmerecido. Si tienen millones de seguidores, algo estarán haciendo bien.

Me acerqué a mi esposa y la besé. Para mi fortuna, me correspondió, besándome como si me autorizara a continuar con la tentativa amorosa. Pero, al cabo de unos segundos besándonos, sentimos un intruso en la cama. El perrito, al escuchar a lo lejos el sonido comedido de nuestros besos, se había despertado, había corrido hacia nuestra cama, subido por las escaleras que hemos colocado para su comodidad e irrumpido, muy coqueto, en nuestro intercambio de afectos. No quería que nos besáramos, estando él tan lejos de la acción. Moviendo la colita, se instaló en medio de nosotros y me besó en la boca, en la lengua, apasionadamente, de un modo tan persistente y prolongado que no me dejaba casi respirar, pues me comía la boca entera. Curiosamente, no besó a mi esposa, me besó solo a mí. Mi esposa se deshacía en carcajadas, contemplando tan improbable espectáculo, diciendo que era la confirmación definitiva de que nuestro perrito era gay.

Una vez que recibió la dosis de besos y caricias que necesitaba, el perrito comprendió que debíamos bajarlo de la cama. Lo hice con delicadeza y ternura, besándolo en todo momento. Lo puse sobre la alfombra, le pedí que nos permitiera un momento de privacidad y alejé su escalerita de nuestra cama, de modo que no pudiese volver a interrumpirnos. Luego apagamos ciertas luces y quedamos casi a oscuras, en la penumbra, para despistarlo, para que pensara que nos íbamos a dormir. Lo vimos caminar, remolón, perezoso, buscar su lugar fresco frente al aire acondicionado, y tenderse en el piso, reanudando su sueño.

Muy sigilosamente, procurando no hacer ruido, volví a besar a mi esposa, mientras ella espiaba de soslayo los movimientos del perrito. Pensé que esta vez nos dejaría en paz. Supe que me había equivocado cuando vi que mi esposa se reía. Como las risas y el erotismo no saben cohabitar, no pude seguir besándola. Mi esposa señaló al perrito: estaba en dos patitas, tratando de subir a la cama, mirándonos, vigilándonos, controlándonos, celándonos. Miraba y lloriqueaba, como si nadie en el mundo lo quisiera. Nos reímos, qué más podíamos hacer. De inmediato, lo subí a la cama y él repitió la operación de control y posesión sobre nuestros sentimientos: se instaló en medio de nosotros, separándonos, me besó en los labios, me lamió las mejillas, hizo lo propio con mi esposa, y luego se arrellanó, tan cómodo, allí mismo, en el centro mismo de la cama, como diciéndonos de aquí no me mueve nadie, y si habrá un festín amoroso esta noche, yo quiero ser parte de él. Mi esposa, entretanto, no paraba de reírse. Decía que había tenido una perrita cuando era niña, pero esa mascota no era tan celosa y posesiva ni irrumpía en la cama de sus padres cuando ellos querían tener un momento de intimidad amorosa. Le parecía absurdo, desmesurado e hilarante que nuestro perrito no me dejase besarla.

Entonces ella bajó al perrito, le habló con ternura, lo llevó fuera del cuarto y cerró la puerta. Luego apagó todas las luces y me dijo que debíamos simular que dormíamos. Procedimos a besarnos sin prisa, tratando de no hacer ruido, como si fuésemos amantes furtivos, clandestinos, como si estuviésemos haciendo algo indebido, inapropiado, lo que, por cierto, hacía más divertida y hasta más placentera la sesión. Nos quitamos la ropa sin atropellarnos, nos acariciamos y, cuando lo mejor estaba por ocurrir, el perrito interrumpió los delicados placeres que estábamos procurándonos, como si estuviésemos engañando a alguien. Nunca lo habíamos oído llorar así. Empezó a aullar como un lobo, como si lo hubieran abandonado en el medio del desierto. No lloraba como solía llorar cuando quería más comida o más atención. Esta vez lo hacía de un modo desgarrado, profundo, visceral. Lloraba dando unos aullidos tremendos, el corazón roto, humillado, desolado. Aullaba como si nunca más fuese a vernos, como si fuesen a llevárselo a una perrera. Era una voz triste, terrible y condolida, que nos traspasó el corazón. Saltamos de la cama y lo encontramos así, sentado, aullando, mirando el techo como si quisiera mirar absorto la luna llena, lanzando unos gemidos prolongados como si fuera un cachorro de lobo recién alejado de su madre. Lo cargamos, lo abrazamos, lo llevamos a la cama, lo llenamos de besos. Nunca lo habíamos oído dar aullidos así, sufrir tanto. Pensé que se había sentido rechazado, despreciado, malquerido, o que era un actor extraordinario, como Uggie, el perrito de The Artist, esa gran película en blanco y negro que ganó el Óscar.

Le dije a mi esposa que mejor suspendiésemos los juegos del amor, porque no quería lastimar más los sentimientos del perrito. Ella estuvo en desacuerdo y dijo que el perrito, por mucho que lo quisiéramos, no podía estropear nuestra vida erótica. No se me ocurría qué podíamos hacer para resolver semejante embrollo. Por un lado, el perrito quería estar en la cama con nosotros, mirándolo todo, controlándolo todo. Pero era imposible hacer el amor con un mirón tan cercano, un fisgón tan celoso. Por otro lado, nos apetecía disfrutar de nuestros cuerpos y era una contrariedad no poder hacerlo solo porque el perrito se había encaprichado en sabotear nuestro amor, exigiendo toda la atención para él. Mi esposa lo cargó, lo llevó a la cama de nuestra hija, lo puso encima de la cama, una cama realmente alta, de la cual no se atrevería a saltar, y en la que no había escalerita, y cerró la puerta del cuarto de la niña. Llegó a nuestra cama y me dijo: Si llora, que llore. Si aúlla como un lobo, que aúlle. Pero tiene que aprender a darnos nuestro espacio.

Afortunadamente no lo escuchamos llorar ni dar aullidos ni quejarse en modo alguno. Hicimos lo que teníamos que hacer. Tal vez porque habíamos tenido que sortear tantos escollos, el encuentro nos colmó de unos placeres extraordinarios, que acaso superaron nuestras expectativas. Rendidos, exhaustos, nos preguntamos, riéndonos, qué sería del perrito. Mi esposa caminó desnuda al cuarto de nuestra hija, rescató al perrito y lo trajo a nuestra cama. El perrito olisqueó todo, husmeó todo, percibió que algo raro e intenso había ocurrido. Por supuesto, era inevitable, olfateó también nuestras partes privadas y nos miró con aire reprobatorio, de amonestación o censura. No parecía molestarle que hubiésemos hecho el amor, sino que prescindiéramos de él. Parecía estar disgustado de que lo hubiéramos sacado de la foto. Nos husmeó apenas en las partes privadas, muy confianzudo, bajó de la cama y se echó a dormir, derrotado.

Horas más tarde desperté y bajé a la cocina para tomar una limonada helada. Ardía de calor. Las últimas noches había sido víctima de unos calores absurdos, inéditos, completamente desusados, tanto que necesitaba abanicarme para respirar. Cuando regresé a nuestro cuarto, noté que el perrito había subido a la cama y, aprovechando que mi esposa dormía, estaba friccionándose, calenturiento, libidinoso, con una de sus piernas. Me reí, interrumpí su asalto o acoso sexual, lo bajé de la cama y lo llevé al cuarto donde estaban sus juguetes. Encontré su muñeca o perrita erótica con el orificio apropiado para complacerlo, que habíamos comprado por consejo del veterinario. Poco después estaba montándose a su muñeca erótica. Lo dejé a solas y me retiré a seguir durmiendo.

Al día siguiente vino una señora argentina a la casa para hablar con nosotros de un tema de negocios. La señora era guapa, llamativamente guapa. Mi esposa salió a buscar a nuestra hija del colegio. La señora quedó a solas conmigo. El perrito no vaciló en aprovechar su oportunidad: vino corriendo, lamió los pies descalzos de la señora, se trepó en una de sus piernas y comenzó a follarse la pierna como un demente. Tras las risas incómodas de rigor, procedí a calmar al perrito libidinoso. La señora se fue espantada, casi profanada. Me temo que no volverá.

Ciertas amigas de mi esposa le aconsejan que lo llevemos al veterinario y le extirpen los testículos. Me opongo rotundamente. Quiero que mi perrito sea tan pícaro, calentón y lujurioso como he sido yo. De ninguna manera quiero que sea un eunuco melancólico, un castrato bobo, apocado. Quiero que, como yo, no se prive de nada, y se monte todo lo que quiera montarse, perritas y perritos, si así lo desea. Por lo pronto, ya tiene una novia de su propia raza, en la casa de su cuidadora chilena. La novia es más grande que él, pero por suerte mi perrito no se deja arredrar y le busca el combate erótico, la refriega genital. Yo he nacido para fumar lo infumable, para preguntar lo incuestionable, para comer los chocolates que otros prefieren evitar con un mohín desdeñoso como si comer hortalizas los hiciera inmortales, para escribir lo que no debería escribirse ni contarse, para celebrar una vasta fiesta de los sentidos, una bacanal y cuchipanda que se prolongue todo cuanto se pueda, porque solo se vive una vez. Dicen que los perritos terminan pareciéndose a sus dueños: espero que así sea y que el mío tenga más amantes de los que yo me he permitido. Y si quiere follarse a un pingüino, una paloma o un hurón, lo apoyaré sin reservas. Además, y esto lo digo con orgullo, el perrito, mi hijo lujurioso, está muy bien dotado, y eso siempre impone un respeto.

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