sábado 24  de  febrero 2024
OPINIÓN

Mi pasión por la historia

Existe una sensibilidad histórica y el trabajo del historiador se aproxima mucho, en este sentido, al del artista

En mi libro Con velas, timón y brújula (2012) incluí un texto titulado “Nuestro pasado común”. En él afirmo: “El arte es mi pasión, aunque la política sea mi oficio”. Es un sentir que sigue siendo verdadero. Yo estudié ciencias políticas porque me ilusionaba conocer el pensamiento de Maquiavelo, Hobbes, Locke, Hume, Montesquieu, Bentham, Rousseau, Marx, Popper, etcétera.

Era indispensable familiarizarme con ellos a fin de prepararme mejor para el segmento histórico que anhelaba vivir años después. La academia, como profesor de la Universidad de Costa Rica y mi participación en la política nacional enriquecieron mi vida. Pero además de las ciencias políticas y el arte, tengo una tercera pasión, y la disfruto con igual devoción. Me refiero a la historia. He sido muy afortunado porque he podido leer historia en los textos de grandes historiadores.

Si queremos comprender nuestro presente, es necesario investigar y estudiar nuestro pasado. La importancia de la historia es incalculable: es la biografía de la especie humana, la gran narrativa de la aventura que nace con la aparición en la tierra del homo sapiens en el África oriental hace aproximadamente 315.000 años. ¿Qué somos? ¿Quiénes somos? Es imposible responder a estas preguntas sin reconstruir nuestra historia. De ello se desprende esta conclusión: sin ese banco de vivencias individuales y colectivas que llamamos “pasado”, nos quedaríamos sin identidad.

Somos nuestro pasado. Si desconocemos nuestro pasado no seríamos capaces de dar cuenta de nuestro origen, familia, nacionalidad o profesión. El pasado sería un inmenso lienzo en blanco, un vertiginoso vacío donde no hay terreno firme para arrojar el ancla de la identidad. Por ello, la primera función de la historia es ayudarnos a explicar nuestro presente. Los países sin historia son como colectividades amnésicas que no solo ignoran de dónde vienen, sino también, en consecuencia, hacia dónde van.

El historiador costarricense Dr. David Díaz, distinguido catedrático de Historia en la Universidad de Costa Rica, en elocuentes palabras nos dice: “La historia nos brinda la posibilidad de volver a vernos en el espejo del pasado, evaluarnos, abrir la cicatriz para observar la herida y, a partir de ahí, dar sentido al presente y a nuestras identidades. La historia permite honrar a quienes dieron su vida por un mejor presente, pero también da ejemplos sobre la complejidad de la humanidad y certifica que el presente no es un ajuste de cuentas con el ayer y que no hay un final histórico ya cerrado (como suponía F. Fukuyama), sino que siempre es posible combatir por sociedades más justas e inclusivas. Por si fuera poco, la historia nos da evidencia de que ningún logro social y político está a salvo de perderse, si no hay una activa lucha por sostenerlo”.

Justicia y gratitud

Hay otra poderosa razón para amar y honrar la historia. Es una cuestión de justicia y gratitud elementales, ya que todos los derechos y privilegios de que gozamos hoy fueron conquistados —a un altísimo precio de sangre— por nuestros antepasados. Les debemos todo cuanto de bueno hay en nuestra sociedad, aunque también son, en buena medida, responsables de algunos de los vicios, injusticias y aberraciones que hemos recogido en heredad. Pero eso era inevitable porque errare humanum est y por tanto debemos considerarlos con benevolencia y gratitud y, además, tenemos toda nuestra vida por delante para enmendar cualesquiera que hayan sido sus yerros.

La democracia, la libertad, la justicia social no brotaron por ensalmo dentro de una campana de vacío, no cayeron del firmamento cual cuerpos celestes sino que fueron fraguados a todo lo largo de la historia por seres humanos y pueblos lúcidos y valientes. No merecen nuestro olvido ya que sería la más infame de las ingratitudes. Cada vez que ejercemos alguno de estos derechos, conviene recordar que para consolidarlos tuvieron que morir millones de seres humanos anónimos para quienes no hay monumentos ni museos. Lo primero que debemos hacer es honrar su memoria y para esto es imperativo conocer la historia.

Esa difícil y laboriosa reconstrucción del pasado nos permite revisar nuestra gestión sobre el planeta, reinterpretarla, revisitarla, reeditarla. El pasado es maleable, elástico. Ciertamente, tiene una dimensión fáctica que no podemos cambiar: la Revolución francesa tuvo lugar en 1789 y no hay nada que podamos hacer para cambiar este hecho. Pero, en tanto que fenómeno social, este hito histórico está siempre sujeto a revisión, a reinterpretaciones, como de igual manera lo está, por ejemplo, cualquiera de las grandes novelas en la historia del mundo. El pasado es una dimensión abierta de la vida: no es un compartimento sellado e inmodificable. No es una lápida, sino el umbral hacia un sendero que podemos volver a atravesar retroactivamente. Esta es, ni más ni menos, la crucial y hermosa misión de la historia en nuestra cultura.

Para entender ese pasado en el cual germinó la semilla de nuestro presente es indispensable ejercer lo que el filósofo francés Henri Bergson llamaba la “empatía imaginativa”. La imaginación, esa capacidad que tenemos para generar imágenes o “fotos” mentales de lo que nos acontece a los seres humanos es una de las más valiosas herramientas de la inteligencia. Estas imágenes son las que nos permiten generar la empatía, “transmigrar” momentáneamente a la piel y la coyuntura histórica de nuestros antepasados y tratar de comprender el mundo tal cual ellos lo vivieron.

Empatía

Así como hay una sensibilidad artística, una sensibilidad religiosa y una sensibilidad social, existe también una sensibilidad histórica y el trabajo del historiador se aproxima mucho, en este punto, al del artista. La empatía es el nervio fundamental que posibilita la convivencia humana. Sin ella no serían siquiera concebibles la solidaridad, la misericordia, la benevolencia, la compasión y el perdón. Todo esto y muchas cosas más nos enseña la historia. Es un largo y maravilloso viaje hacia el epicentro de nuestro ser. Un auténtico “viaje al fondo de la tierra”, hubiera dicho Julio Verne. Un peregrinaje hacia nosotros mismos.

El ser humano es el único animal sobre la tierra capaz de tener autoconocimiento, de tener conciencia de sí mismo. Eso hace que el estudio y la revisión de la historia constituyan un deber ético para nosotros, algo que les debemos a los arquitectos de nuestro presente y a nosotros mismos. Es una cuestión de dignidad y de respeto por el ser humano. Toda forma de humanismo se basa en la historia. Sin ella seríamos entes vacíos, como nueces sin semilla o como esos cadáveres que, aún intactos al ser exhumados, se desintegran con la menor ráfaga de viento.

Ortega y Gasset sostenía que el ser humano no tenía naturaleza, sino historia. Jamás mejor dicho. El tigre no corre el peligro de destigrizarse, pero el ser humano está siempre expuesto al riesgo de deshumanizarse. Por ello, debemos atesorar, examinar y preservar nuestra historia: esa es justamente la función de la arqueología y la museografía. Nuestra naturaleza es la historia, la sociedad, la civilización, la cultura, ese es el líquido amniótico en el que todos flotamos y no podemos ni debemos escapar de él, es nuestro elemento, el oxígeno de nuestra conciencia, el manantial del que brota toda forma de conocimiento. La historia es la disciplina matriz, la madre de todas las ciencias humanas, es el relato de esa misteriosa y fascinante aventura que llamamos “vida”.

Quien no conoce su origen tampoco sabrá hacia dónde se dirige. La historia es, a un tiempo, “velas, timón y brújula”. Tiene una proyección hacia el futuro que nos permitirá avanzar con mayor preclaridad y orientación hacia las remotas comarcas del porvenir.

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