Salí de la trinchera al concluir el año, al advertir que me tropiezo con los otros mirando lo incidental y acaso causando disociaciones sin perspectiva. No es mi propósito recluirme en alguna caverna de ocasión desde donde sólo mire o me mire en mis sombras, proyectadas por luces ajenas. ¡Pero, cómo imaginar e imaginarnos que el 2020 nos paralizaría a todos, a todos nos obligaría tomar refugio para salvar nuestras vidas repensándolas!

En el reposo impuesto he vuelto sobre la obra iluminada del fallecido filósofo Zigmunt Bauman ya que hasta papa Francisco la asume en sus enseñanzas sin citarla y prefiriendo su fidelidad a Romano Guardini: “El único patrón para valorar con acierto una época es preguntar hasta qué punto se desarrolla en ella y alcanza una auténtica razón de ser la plenitud de la existencia humana”.

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Bauman dice sobre nuestro paso desde la modernidad de los sólidos hacia otra líquida; misma que esgrime con argumentos similares el Pontífice casi que anunciándole a la Curia Romana una “revolución cultural”: “Estamos en uno de esos momentos en que los cambios no son más lineales, sino de profunda transformación; constituyen elecciones que transforman velozmente el modo de vivir, de interactuar, de comunicar y elaborar el pensamiento, de relacionarse entre las generaciones humanas…”, leo en su discurso de diciembre.

El ideal de “dar un nuevo arraigo a lo desarraigado” en nada cambia la realidad hoy actuante, esgrime Bauman. No imaginaba – tampoco Francisco – que luego de su muerte se desataría una pandemia global, la del coronavirus. La realidad ha doblegado a la virtualidad en boga y sus movimientos infinitos. Nos ha devuelto al Medioevo, hecho de localidades caseras blindadas por alcabalas sanitarias y alimentadas de miedos milenarios.

“Nada puede cambiar el hecho – observa aún el filósofo polaco a quien dedico mis dos últimas entregas para Papel Literario (periódico El Nacional, 23 de febrero y 1° de marzo) – de que únicamente hay transitorias camas de hotel, bolsas de dormir y divanes de análisis, y que ahora en más las comunidades ya no serán las fuerzas que determinen y definan las identidades sino tan solo artefactos efímeros del continuo juego de la individualidad”.

¡Mas, hete aquí que algo que pudo ser un accidente – como la mutación de un virus letal en China que traspasa las fronteras – descubre situaciones de mayor caladura y preocupación que urge discernir! Le ha dado un portazo o frenazo al ecosistema en curso, obra de la inteligencia artificial, apenas útil para retroalimentar el pánico mundial.

Todos los habitantes de la Tierra nos encontramos encerrados dentro de espacios concretos definidos y sin libertades para movilizarnos como lo exige la cultura digital, y humana; refocilándonos con los nuestros, los inmediatos, los de nuestra tribu, viviendo todos como en cajas de ratones de laboratorio. Y en ese espacio físico el tiempo se nos detiene. Distante está la liquidez que nos hace prisioneros de la instantaneidad y la vida descarte sin memorias y de descarte de hasta hace pocos días.

“El espacio cristaliza los procesos” y “el tiempo, en cambio, proyecta hacia el futuro e impulsa a caminar con esperanza”, observa Francisco en Lumen Fidei antes de que el mismo año de 2013 y cinco meses más tarde, en Evangelium Gaudium, sostenga que “el tiempo es superior al espacio”. Es agonía actual, antes bien.

Salvando las distancias escribo hace poco que “la cuarta revolución industrial, la de la digitalización y la interconectividad, rompe la relación del espacio con el tiempo y los desdibuja con la inmediatez, la instantaneidad, la velocidad de vértigo en la práctica de las experiencias humanas” (Más allá de nuestra historia, IDEA 4/2020). Mas lo cierto es que el coronavirus y su falta de cura rápida ponen en entredicho esto y hasta el comodín ideológico de las izquierdas que predica la plurinacionalidad o el sincretismo intercultural, o que cuestiona al Leviatán prefiriéndonos como sociedades de retazos.

De tanto repetir que no somos ni hacemos todos partes de un mismo género y somos diferentes, pues allá están los afrodescendientes y acá las comunidades originarias, acullá los ambientalistas y en la otra plaza las tribus urbanas o los colectivos, o más lejos quienes no son parte del movimiento feminista o de LGBT, en esta hora nona unos y otros somos víctimas iguales y potenciales de un virus común que nos da identidad en la precariedad de lo que somos como especie.

“Hay en esta tierra tantos ídolos como oficios, no quiero decir hombres, porque cada uno adora lo que se le antoja. Empero…, todos en fin tienen por dioses principalísimos al sol y luna y tierra, creyendo ser esta la madre de todas las cosas, y el sol, juntamente con la luna, su mujer, criador de todo; y así, cuando juran, tocan la tierra y miran al sol”.

Los cronistas de Indias cuentan que el hombre primitivo se humaniza cuando mira hacia arriba (Francisco López de Gomara, Historiadores primitivos de las Indias occidentales, Madrid, 1749). No por ello deja de tocar el suelo con la mano, sin mirarlo. Sabe que Tales de Mileto cae en un pozo por mirar a las estrellas.

Todos esperamos por la cura del coronavirus y el hacer de la ciencia. En buena hora casi todos, como el Papa jubilado en Así habló Zaratustra, añoramos la existencia de Dios para que nos asista, incluso quienes de bocas hacia afuera o para sus ejercicios literarios o políticos lo hayan dado por muerto.

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