Un nuevo culto a la muerte 25 años repetidos no logra poner a buen recaudo a los malhechores que mataron a mi familia, a los ideólogos y asesinos que enlutaron a mi isla con el hundimiento del remolcador 13 de Marzo, aquella madrugada del miércoles 13 de julio de 1994.

Y el Cristo de La Habana sigue ahí irredento, con su mano izquierda en el corazón y dos dedos de la diestra alzada a lo alto como si le advirtiera al régimen que tiene una cuenta pendiente por este genocidio cometido a sus espaldas.

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Y mis palabras se agrietan como mi piel por tantos decibeles gastados durante años sin conseguir una brecha de justicia que condene a los culpables; que nos dé un poco de consuelo a los que sobrevivieron esa noche de horror; a las madres que perdieron sus hijos y nunca les devolvieron los cadáveres.

El tiempo fija derroteros y pienso en una nueva brújula que nos ayude a cambiar de ruta. Por lo pronto en vez de engavetar condenas en los archivos de las Instituciones actuales es preferible poner tras los barrotes a los criminales para que no sigan propagando sus fechorías. Frente a un régimen que atenta contra el desarrollo sostenible, que no respeta los derechos humanos ni la vida de sus naturales, no se pueden tomar acciones tibias.

Cuando se consiga nublar de pánico a los convictos frente a un dictamen justiciero, entonces el sosiego habrá recuperado su lugar. De lo contrario hay que apelar a las armas para que las guerras asuman el encargo de devolvernos la paz. Si las condenas protocolares de Naciones Unidas o la Organización de Estados Americanos “no cambian de traje” nos espera un frágil porvenir. Ni los embargos, ni los cotos financieros, ni los diálogos de paz le devolverán la libertad a Cuba, Venezuela y Nicaragua. Y seguirán los muertos inundando de sangre las calles de estos pueblos mientras no se haga presente la mano dura de los aliados.

Es triste, penoso y bochornoso decirlo, pero en el transcurso de 25 años el crimen del remolcador 13 de Marzo no ha tenido los avances esperados en materia de justicia. Lo más loable a mi alcance es la impunidad que gozan sus autores. Nadie, al menos, por el momento ha podido sentar en el banquillo de los acusados a los culpables de este crimen; un Crimen de Lesa Humanidad.

Mis esperanzas aguardan por el día en que los líderes mundiales instrumenten un mecanismo de Justicia adecuado a los nuevos protocolos, como ayer lo hizo, el Tribunal Militar Internacional en Nuremberg cuando imputó de cargos a los acusados por crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

Para todas las víctimas de este crimen, una flor y mi agradecimiento sincero.

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