miércoles 29  de  julio 2026

Mujer imperfecta

No hay grandes secretos en mí, no hay grandes planes de nada. Con el tiempo he aceptado mi pequeñez (en más de un sentido) y a ser feliz así

Afuera llueve. Estoy sentada en la computadora. Me miro los pechos que sobresalen más de lo normal, pero es porque me he puesto un sostén más ajustado. Nada más. Mi hija duerme en el cuarto de al lado. Acaba de quedarse dormida. Acabo de contarle siete cuentos. Acabo de decirle que estoy muy orgullosa de ella, que ha sido un gran día, que me ha gustado que hiciera pis en el baño, que nos haya obedecido a su papá y a mí cuando salimos a tomar el té (en realidad solo vamos por jugos y un dulce si ella lo pide), que se haya sentado en la mesa con nosotros y haya comido toda su comida. Le digo todo eso una vez y luego se lo digo de nuevo, por si no me había estado tomando atención. A veces, cuando voy por ella al colegio y llegamos a la camioneta y ella está sentada en su car seat, le digo lo que me parece que puede mejorar, le explico todo, le cuento todo. Pero sé que debo ser breve, que solo me escucha los primeros treinta segundos, mirándome a los ojos, luego dice u201cokay u201d y mira a otro lado y si yo le sigo hablando me dice u201cokay, okay u201d, o u201csí u201d, de una manera que me hace sentir que es momento de callarme la boca. Decir las cosas bien en poco tiempo es algo en lo que ella me está entrenando.
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Le he contado siete cuentos y han podido ser diez. En realidad no tenía apuro con que se durmiera. En la tarde se fue al parque con la nana María, lo que me permitió escribir un par de líneas de mi nueva novela, lo cual es bueno, porque la he retomado después de tiempo y la verdad no tengo mucha idea de cómo va a seguir y mucho menos cómo va a terminar. Es una novela escrita desde el forro. Cada escena me ha salido del forro mismo, ninguna frase es planeada, cada palabra me la dicta alguien que no veo ni conozco. Nunca había escrito una novela así. Mis novelas anteriores tenían, digamos, una hoja de ruta, al menos tenía una idea de lo que quería escribir, los personajes estaban inspirados en personas que había conocido. En esta novela me ocurre que conozco a los personajes, pero de las páginas que ya están escritas, no de otro lugar. Una pena. Pero si algo tiene esa novela es intensidad sexual, corazones rotos y mucho alcohol. Nada más. Como dijo algún conocido escritor peruano: no tengo nada que aportar a la literatura peruana. Y es verdad. No podría estar más de acuerdo con él. Solo escribo para sobrevivir, porque no sé hacer otra cosa. Puedo leer cuentos, puedo cambiar pañales, puedo tomar vino sin perder la cabeza, pero no puedo escribir una gran novela como la que escribió ese escritor que no parece estar contento, o como las que escribió mi chico, el niño terrible.
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Es una pena que llueva, porque si llueve, no puedo salir a correr y me tengo que sentar a escribir, una vez más, lo que me sale del forro. Pero no me molesta. Incluso diría que me gusta. Es como si tocara el piano. Mis dedos se mueven y yo solo busco la música. Aunque no tenga realmente nada que decir. Solo sé que cuando escribo no debo mentir. Debo contar lo que hice en el día o lo que me gustaría hacer con mi día. Y si hoy escribí mi novela y conté muchos cuentos, entonces toca escribir de la novela que escribí y los cuentos que conté. n

No hay grandes secretos en mí, no hay grandes planes de nada. Con el tiempo he aceptado mi pequeñez (en más de un sentido) y a ser feliz así. Cada vez que me miro al espejo y me encuentro defectos aquí y allá, en vez de imaginar una máquina succionadora de grasa invisible que no deja huella ni dolor, o en tener el pelo de esta otra forma o las caderas como esta otra chica que me parece tan bonita, o que me gustaría estar levemente bronceada, me digo, relájate, todo (tu cuerpo) podría ser peor, mucho peor. Sigue comiendo sano y sigue saliendo a correr (cuando no llueve, claro). Pero sobre todo, antes de pensar en una dieta, piensa en quererte. Y eso hago. O al menos eso me digo cuando me miro al espejo y veo una mujer imperfecta.
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Afuera sigue lloviendo. He amarrado mi pelo en un moño alto. Cada tanto miro mis pechos. Mis manos huelen a vainilla. Tengo las uñas largas. Todo esto es muy inusual en mí. Escucho el agua golpear la ventana que está frente a mí. No veo nada. Afuera todo está oscuro. Pero yo estoy contenta. Desde hace un tiempo soy feliz. No soy más esa mujer torturada que caminaba sola largas distancias con una libreta y un lapicero en su mochila. No soy más esa mujer llorosa que se perdía en librerías y leía cualquier cosa, todo el tiempo. Desde hace un tiempo tengo algunas buenas razones para sonreír (incluso cuando mi cuerpo me dice, por favor, necesito estar triste), y todo esto es nuevo para mí, me deja en sonrisas y sin palabras, sin nada que contar, sin nada que decir. Y lo prefiero así. Prefiero estar contenta. Tal vez eso explique por qué nunca seré una gran escritora.

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