Un año más hemos llegado a la Navidad. No en la mejor situación si se tiene en cuenta que las dictaduras hispanoamericanas se mantienen sin que existan visos de su final o si se observa que Rusia – no una democracia precisamente – es la única potencia que combate a ISIS hasta el punto de haberle arrebatado el 98 por ciento del territorio que controlaba en Siria o si echamos un vistazo a una Europa en la que siguen entrado centenares de miles de musulmanes mientras se suman los atentados.

Con todo, con eso y con muchas cosas más, nuestra visión de la Navidad no debería verse afectada porque su razón de ser es, por tópico que parezca, recordar el nacimiento de Jesús y, ciertamente, la Historia de la Humanidad sería totalmente distinta si Jesús no hubiera venido al mundo.

No se trata sólo de que la sabiduría moralmente elevada de Israel seguiría confinada a un grupo pequeño de personas, que sería visto por los demás con acentuado antisemitismo por su manía de descansar un día a la semana o de mantener una dieta específica, sino que nuestra sociedad padecería los males típicos de la, por otros conceptos magnífica, cultura clásica.

La esclavitud, por ejemplo, seguiría siendo algo normal e incluso obligada porque, como señaló Aristóteles, algunos hombres nacen para ser esclavos. Las mujeres continuarían casándose a los doce años – el límite de edad establecido en la ley de las Doce tablas – en matrimonios concertados y sufrirían una tasa de mortalidad superior a las de las naciones más atrasadas del actual tercer mundo. Los niños podrían ser abandonados por sus padres en el mismo momento de nacer, si así convenía a la economía doméstica – casi siempre le convenía cuando se trataba de la segunda niña – los enfermos serían abandonados en las cunetas por los propios parientes para facilitar su muerte rápida y evitar el contagio, y los ancianos… ah, los ancianos no pocas veces recibirían alguna forma de eutanasia.

Se podrá decir que a todo eso nos están empujando no pocos poderes sociales y puede que sea cierto, pero de momento no han logrado acabar con veinte siglos de cultura. Entendámonos, sin haber nacido Jesús, seguiríamos teniendo elecciones y se construirían calzadas, pero en medio de la tristeza típica de los clásicos que sólo cambió porque nació Jesús.

Y todo en el supuesto de que Roma hubiera resistido a los bárbaros, porque si, al final, godos o hunos hubieran prevalecido arrasando el imperio, nada nos habría llegado de la cultura clásica salvada por el cristianismo.

Tampoco habríamos conocido la fundación de la universidad en la Edad Media o todos los aportes de la Reforma protestante del siglo XVI como la revolución científica, la doctrina contemporánea de los Derechos Humanos o la democracia moderna. Nada de eso tendríamos si Jesús no hubiera nacido y, por encima de todo, millones de personas no habrían sabido lo que es la paz de corazón ni la esperanza en medio de las dificultades, ni la confianza serena en la vida tras la muerte. Todo eso – y más - se halla a disposición de aquellos que abren sus corazones a Jesús a pesar de otras circunstancias desoladoras. Alegrémonos, pues, aunque no parezca que hay motivos. Los hay sobrados, siquiera porque en 2016 podemos darle gracias a Dios porque hace más de dos mil años nació Jesús.

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