La comunidad internacional anhela pruebas que le devuelvan la esperanza en medio del descalabro global generado por el coronavirus. Noticias como la recuperación de una anciana de 103 años en China, la puesta a disposición del fabricante de ventiladores mecánicos Ventec Life de las plantas de General Motors, Ford y Tesla para multiplicar su producción o la autorización del uso de los tests creados por la compañía californiana Cepheid –reducen de 24 horas a 45 minutos el diagnóstico de la enfermedad– contrastan con el récord de 793 víctimas en Italia, el pasado sábado, superando las 6.800 muertes este martes.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dio un vuelco a su discurso la pasada semana. Al referirse al coronavirus aseguró: “Siempre supe que era real, esto es una pandemia. Presentí que sería una pandemia mucho antes de que se le catalogara como pandemia", y agregó: “Soy un presidente en período de guerra”. Sus palabras contrastaron con las opiniones que habia expresado desde la Cumbre Económica de Davos, Suiza, donde minimizaba el riesgo y, según el director del Centro de Políticas Mundiales para la Salud, Steve Morrison, a la postre suscitó desconfianza, una de las mayores problemáticas en momentos de catástrofe.

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Enfrentamos el más grande de los retos después del fin de la Segunda Guerra Mundial, aun cuando el enemigo es un ente invisible. Me adscribo al grupo de los que piensan que no es momento para críticas que caoticen la situación, y que debe imponerse un posterior análisis que no obvie temas tan polémicos como el desarrollo de inminentes cambios en el sistema de Salud e incluya la revisión de la estrategia nacional para el Control y Prevención de Enfermedades.

Si me pidieran resumir en tres dimensiones mis espectativas sobre el enfrentamiento del coronavirus, me circunscribiría a señalar:

  • La ejecución de una estrategia que minimice la pérdida de vidas humanas.
  • Reafirmar a los sistemas democráticos como superiores a las estructuras autoritarias para gestionar la sociedad.
  • Implementar medidas que condicionen que el sistema/mundo capitalista no se sume en una crisis económica post-coronavirus parangonable a la de 1929.

Existen economistas que sitúan a la pandemia como un momento de giro en la historia de la humanidad. Sin embargo, me atrevería a calificar de imposible que Estados Unidos pierda ahora el liderazgo de la arquitectura financiera internacional, siendo determinantes las acciones de la Reserva Federal (FED) para el posterior curso de la economía global.

Una excelente noticia es que Donald Trump y el presidente de la FED, Jerome Powell, parecen haber dejado a un lado sus diferendos. Las acciones propuestas por la FED durante los últimos días denotan coherencia y contrastan con el Banco Central Europeo (BCE). Este lunes 23 de marzo la FED advirtió de “perturbaciones severas” en la economía por el coronavirus y anunció la inyección de 300.000 millones de dólares para “apoyar el flujo de crédito a empleadores, consumidores y empresas”.

Es inevitable sufrir un shock de oferta y demanda. El primero ya es palpable con la acentuación de la caída del precio de commodities como el petróleo, reforzada tras un primer cisma generado por los conflictos entre Arabia Saudita y Rusia. Súmese, la generación de una cadena de impagos que puede hacerse tan viral como el coronavirus.

El Congreso vetó este lunes un plan de rescate que puede elevarse hasta los dos billones de dólares –un paquete sin precedentes– defendido por los republicanos. La presidenta de la Cámara de Representates, Nancy Pelosi, ripostó, asegurando, que los demócratas presentarían un proyecto de ley que, esperaba, resultase compatible con el del Senado. Sin embargo, Wall Street amaneció este martes con tendencia al alza como certeza de que el acuerdo se consumará en breve.

Las aerolíneas estadounidenses, fabricantes como Boeing y las pequeñas y medianas empresas (Pymes) demandan una ingente inyección financiera. El paquete debe incluir ayuda para los ciudadanos que son víctima de los embates económicos del coronavirus, superando con creces la cifra de 281.000 que presentaron reclamos para beneficio de desempleo en el Departamento de Trabajo hasta el pasado jueves. Solo acotar que para economistas como Greg Mankiw, profesor de Harvard y asesor durante la presidencia de George W. Bush, la entrega financiera debe percibirse como un “seguro social” y no como un estímulo destinado a impulsar la demanda.

Donald Trump anunció un paquete de medidas la pasada semana que evidencian agresividad en el enfrentamiento al coronavirus:

  • La aplicación de la Ley de Producción para la Defensa. Fue aprobada en 1950 durante la Guerra de Corea, siendo presidente Harry Truman, y permitió al poder Ejecutivo imponer controles de precios y salarios y también ordenar a las empresas privadas que produzcan los bienes que reclama el Estado.
  • El buque de la marina USNS Comfort de la Armada de Estados Unidos, dotado de 1.000 habitaciones y 12 quirófanos, fue designado al estado de Nueva York.
  • El buque Mercy será enviado a la Costa Oeste pues en la zona de la Bahía de San Francisco 7 millones de personas están abocadas a un régimen de confinamiento.

Nueva York es el epicentro del coronavirus en el país. Este martes poseía, según datos tomados de John Hopkins University, 25.665 casos, una cifra que representa el 6.5% de los casos del mundo.

Urge crear todas las condiciones allí, pues según opinión del gobernador Andrew Cuomo en el pico de la crisis se podrían necesitar 3000 camas en las Unidades de Cuidado Intensivo (UCI) y 53.000 en el resto de las salas de los hospitales: cifra alejada de las disponibilidades actuales. Cuomo llamó a apelar a la Ley de Producción para la Defensa pues en los próximos diez días el Sistema de Salud pudiera colapsar por el déficit de camas, máscaras y ventiladores.

Los estados de California y Washington, en la costa oeste, se perfilan, junto a Nueva York, como puntos álgidos del coronavirus en el país por sus niveles de transmisión sostenida (Fase 4). Nueve estados del país ya reabrieron sus mercados de salud con el objetivo de insertar a los 28 millones de estadounidenses que no poseen seguro, aun cuando las leyes protegen a cualquier individuo que demande atención en una sala de emergencia hospitalaria.

Países como Italia, España e Irán sufren el más descarnado de los impactos de la pandemia. Lograr que la tasa de contacto en Estados Unidos tienda a cero es, por ahora, la vía más eficaz para derrotar al coronavirus; por eso se impone activar el control fronterizo desde los espacios nacionales, interestatales, hasta individuales. Vivimos momentos donde la certeza cartesiana se tambalea, siendo el tiempo, una vez más, nuestra principal variable, pero unido a respuestas coordinadas con márgenes de error tendentes a cero.

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