El surgimiento de Estados Unidos marca un hito en la historia. Su proceso de formación democrática puede diseccionarse desde el papel meridiano de los padres fundadores hasta la irrupción en el escenario político de Andrew Jackson -artífice de la democracia como práctica social-, aun cuando fue el pueblo quien constituyó para crear esta gran nación.

Thomas Jefferson sentó las bases axiomáticas del republicanismo actual, siendo el padre fundador de mayor raigambre democrática. Legó obras transgresoras como la Declaración de Independencia (1776), y fue considerado el pionero del liberalismo económico en este país. Junto a James Madison, Alexander Hamilton y George Washington, gestó la Constitución de Estados Unidos (1787), primera en la historia de la humanidad, articuladora del proceso de formación nacional. En ese contexto, emana una avalancha de textos trascendentes como la Carta de Derechos (1791), y los Papeles Federalistas (1788) -85 ensayos escritos por Alexander Hamilton, John Jay y James Madison-, medulares, junto a las obras del francés Alexis de Tocqueville, para el pensamiento político contemporáneo.

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Tocqueville, al evaluar la democracia estadounidense, aseguró: “Está fundada en un criterio de igualdad, mucho más revolucionario que el criterio de igualdad francés, más avanzado y profundo que el criterio de igualdad de Rosseau”. Hay tres elementos que la hacen excepcional: el ardor religioso, el espíritu republicano y la simbiosis entre genio religioso y libertad: visibles en frases como In God We Trust o God Bless América.

La posición del pueblo como actor político, deviene génesis del sentido de identidad y orgullo nacional. John Adams -voz de la revolución estadounidense-, estaba convencido de que las ideas de ella impactarían en el mundo. James Madison pensaba que la posteridad estaría en deuda con los padres fundadores por su hazaña política y los sólidos principios de gobierno legados en la Constitución.

Pero al convertirse Andrew Jackson en el séptimo presidente de Estados Unidos, el miércoles 4 de marzo de 1829, la cultura cívica y política comienzan a imbricarse como un todo. Fue el responsable de elevar hasta un paroxismo de confianza la percepción de los ciudadanos de la grandeza de su gobierno. En casi dos siglos nada ha podido establecer una ruptura, ni los devaneos sufridos durante la Guerra de Viet Nam, las protestas sociales de los negros en los años 60, del movimiento hippie, la irrupción de Black Power, el caso Watergate (1974) o los desmanes que llevaron a Jimmy Carter a pronunciar su Discurso del Malestar (1979).

La presidencia de Jackson fraguó la práctica democrática en Estados Unidos. Su mandato fue definido como “La era del hombre común”. Eliminó la necesidad de presentar dotes personales para poder acceder al voto -aun cuando los afroamericanos, los nativos y las mujeres debieron esperar para su ejercicio-. Las condenas a prisión por deudas fueron suprimidas y en su mandato se crearon las escuelas públicas.

En las elecciones presidenciales de 1828 Jackson se enfrentó, por segunda vez, a John Quincy Adams -Adams lo había derrotado cuatro años antes-. Siendo objeto de devastadoras infamias, al ser tildado de ignorante y pendenciero*, cuando era un hombre de probadas luces intelectuales. Se aseguró que Rachel, su esposa, contrajo nupcias con él estando casada. Le imputaron además, a ella y a Elizabeth, madre de Andrew, haberse visto enroladas en escándalos sexuales. Al conocer las difamaciones, el hombre bautizado por su dimensión física y moral como “El viejo nogal”, irrumpió en sollozos.

No menos vilipendiado fue Quincy Adams. Fue acusado de alcohólico; de haber utilizado fondos del gobierno para la compra de muebles, cuando fue una mesa de villar obtenida con sus propios ingresos. Es pintoresco que pasara inadvertida, cuando estaba probada, su afición a nadar desnudo en el río Potomac.

Jackson fue elegido presidente por el voto popular. A su toma de posesión asistieron alrededor de 10.000 personas, recorriendo, muchos de ellos, distancias que frisaban las 500 millas para ser testigos del suceso nacional. Los hoteles de Washington D.C. colapsaron, y se rumoró que los visitantes compartían las camas. Margaret Bayard Smith, una de las más trascendentes cronistas de Washington D.C., al referirse a la concentración durante el camino a la Casa Blanca, señala: “Las mujeres se desmayaban, había hombres con la nariz sangrando, y una escena de tanta confusión que era imposible describirla”.

Durante su presidencia, Jackson llegó a transgredir los cánones de toma de decisiones con sus habituales “Gabinetes de cocina”. En ellos, consultaba con todos; aun cuando impusiera, por momentos, estilos de dirección cercanos a los aprendidos durante su vida militar. Una figura como Amos Kendall, su consejero más cercano, fue calificado como “la máquina de mentiras del presidente”.

La historiografía atesora momentos de su mandato de brillantez suprema:

▪ Desarrolló una guerra contra el Banco de los Estados Unidos. En ese momento, el gobierno Federal era dueño parcial del banco al poseer el monopolio de los depósitos federales. Jackson ordenó, en 1833, al Secretario del Tesoro, que los retirara para destruir a la institución financiera, considerándolo una gran victoria para la democracia económica del país.

▪ Durante su mandato se desarrolló el conflicto de aranceles. Fue suscitado al aprobar el Congreso una ley que los aumentaba, enfatizando en el algodón y el vidrio. Su objetivo era fomentar el desarrollo de las manufacturas. Los ciudadanos de Carolina del Sur llegaron a amenazar con separarse de Estados Unidos. El diferendo se solucionó, pero anticipó las tensiones entre norteños y sureños: una de las causas de la Guerra Civil (1861-1865).

Figura entre las páginas grises de su mandato el desplazamiento de los nativos americanos de sus tierras. El Congreso aprobó en 1830 la “Ley de desalojo de los indios”, confiriéndole al presidente potestad para hacer tratados garantizando su traslado hacia los nuevos territorios en las Grandes Llanuras. Sin embargo, en la praxis fueron víctimas del uso de la fuerza despojándolos de sus tierras. Jackson subrayó, que puso fin al problema indígena en Estados Unidos, pero solo trasladó el conflicto al oeste del río Mississsippi.

Figuras como Jefferson, Washington, Hamilton y Madison -Padres Fundadores-, sentaron las bases del modelo democrático estadounidense, haciendo imposible su consumación sin la presencia activa de una sociedad civil imbuida de cultura política. Pero, sin lugar a dudas, a partir de la presidencia de Andrew Jackson, Estados Unidos puede considerarse una verdadera democracia.

*Andrew Jackson fue un hombre de armas tomar. El vendedor de esclavos Charles Dickinson lo calificó públicamente como “un canalla inútil” e insultó a su esposa Rachel. Enfurecido, Jackson retó a Dickinson a un duelo con pistolas: lícito en esa época. Se asegura que Dickinson disparó primero, siendo uno de los mejores tiradores de la zona, impactó en el pecho de Jackson, pero este desde el suelo ripostó, causándole una herida mortal.

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