Recientemente se conmemoraron los 36 años de la invasión del ejército estadounidense a Panamá. Una operación destinada a desarticular por completo a las Fuerzas de Defensa como brazo operativo de la entonces dictadura.
La pregunta es la misma para ambas naciones, separadas solo por el tiempo histórico: ¿qué ocurre cuando la dictadura cae y los verdugos permanecen?
Recientemente se conmemoraron los 36 años de la invasión del ejército estadounidense a Panamá. Una operación destinada a desarticular por completo a las Fuerzas de Defensa como brazo operativo de la entonces dictadura.
La forma en la que se ejecutó la operación no fue la más quirúrgica ni precisa. Muchas vidas, culpables e inocentes, se perdieron ese día; el comercio nacional fue devastado; y el trauma colectivo no ha tenido precedentes. Todo para extirpar a un solo hombre. En vez de una endodoncia para tratar la pieza enferma, se optó por amputar con un serrucho la gangrena, llevándose también un pedazo sano de la sociedad. Nos recuperamos, sí; pero la sombra de esos tiempos no debe jamás ser olvidada.
En aquel entonces convivíamos en medio de una sociedad enferma, en la que se coexistía con elementos psicópatas que se habían institucionalizado en un cuerpo militar y policivo. Verdaderos torturadores, colectivamente malos y socialmente despiadados, formaron parte cotidiana de la vida de los panameños. Los antimotines portaban gruesas y pesadas mangueras con las que reprimían a los manifestantes, con el objetivo de dañar sin dejar marca; disparaban escopetas con cartuchos de caza de palomas, los famosos perdigones, que dejaban los cuerpos como coladores; retenían a los manifestantes en mazmorras malolientes y, allí, en la nefasta cárcel Modelo, implementaban toda clase de torturas contra los llamados sediciosos.
Hay recuentos dolorosos de personas obligadas a tomar agua del mar en lugar de agua potable; otros, como castigo, eran sumergidos hasta el cuello en tanques sépticos de la prisión. La maldad era obediencia ciega y la obediencia ciega era maldad entre esos supuestos soldados, entrenados como perros para hacer el mal contra civiles.
Nada de esto pertenece únicamente al pasado panameño. Hoy, a cientos de kilómetros al este, otro país vive, en tiempo presente, una versión prolongada y sistemática de esa misma oscuridad. Venezuela atraviesa lo que Panamá ya conoció: el momento en que la violencia deja de ser un exceso y se convierte en método; cuando la represión deja de ser reacción y pasa a ser doctrina.
Allí también hay ciudadanos que, por convicción, miedo u oportunismo, se han convertido en ejecutores del abuso contra sus propios compatriotas. Han atacado manifestaciones pacíficas que exigen democracia; han encarcelado, torturado y destruido vidas en nombre de una obediencia que se disfraza de lealtad. Hay opositores que no salieron vivos de los centros de detención; hay familias que aún esperan restos, explicaciones o silencios definitivos. El mecanismo es el mismo: deshumanizar primero, castigar después, borrar finalmente.
Panamá conoció el rostro de esos hombres cuando aún eran autoridad. Venezuela los conoce hoy, activos, uniformados, protegidos por el poder que ejercen. Pero la pregunta es la misma para ambas naciones, separadas solo por el tiempo histórico: ¿qué ocurre cuando la dictadura cae y los verdugos permanecen?
La vida y la muerte nivelan las cosas. Aquellos torturadores panameños, que lo fueron por miles, hoy rondan los 65 años o más. Caminan entre nosotros, inocentes solo en apariencia, doblegados por los años y las canas. Muchos cargarán, espero, con el golpe de conciencia del dedo acusador que se cierne sobre ellos cada noche. Los que no sienten remordimiento alguno deberán, en los pocos años que les restan, hacer su paz con ese nivelador final que no distingue rangos ni excusas.
Venezuela aún no ha llegado a ese punto. Allí, la historia no ha cerrado el capítulo. Los responsables todavía mandan, todavía castigan, todavía creen que la impunidad es perpetua. Pero el día llegará. Siempre llega. Y cuando llegue, Venezuela enfrentará el mismo dilema moral que Panamá resolvió con el tiempo y el silencio: ¿cómo reintegrar a quienes hicieron del dolor ajeno una profesión? ¿Quién es capaz de redención? ¿Quién puede abandonar la oscuridad y quién solo espera una nueva oportunidad para ejercerla?
Es importante entender que el daño causado no desaparece con el paso de los años ni con el cambio de régimen. Queda grabado para siempre en los cuadernos de la historia. A muchos de esos hombres no se les recuerda ya por nombre, sino por función. Han sido olvidados más que perdonados. Y quizás esa sea la forma más severa de juicio.
Muchas familias optan por borrar de su genealogía a aquellos ancestros que no destacaron en nada distinto al crimen, la violencia o el vicio. Algunos cubren los rostros de los cuadros familiares que no se enorgullecen de exhibir. Mark Twain, obsesionado con conocer su linaje, gastó una fortuna en descubrirlo y otra mayor en intentar borrar lo que encontró. Pero las naciones, como las personas, no avanzan negando su pasado, sino comprendiéndolo.
Reconocer esas páginas deplorables no es un ejercicio de autoflagelación, sino una advertencia. Panamá aprendió, a un costo altísimo, hasta dónde puede llegar el ser humano cuando se le entrega poder sin límites. Venezuela lo está aprendiendo ahora, en tiempo real, con sangre fresca y dolor abierto.
Hoy, en Panamá, aquellos actores de la maldad colectiva ya no son autoridad. Son sombras, piezas de museo, armas oxidadas exhibidas en un escaparate histórico. Fueron instrumentos del mal un día. Venezuela aún convive con los suyos en activo. Pero también allí, más temprano que tarde, pasarán de verdugos a recuerdos incómodos.
La historia no absuelve. Solo espera. Y cuando llega el momento, exige cuentas, aunque sea en silencio. Un humilde y viejo campesino me dijo algo muy sabio alguna vez: “El fruto que es maduro cae”.
Arnulfo Arias Olivares, colaborador. Abogado, empresario y Diputado Suplente de Panamá.
Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos conservador y no partidista que se especializa en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com
