Rosa María guarda con recelo la foto donde ella, sonriente junto a su esposo, posan con la gigante llave de cartón cromado frente a la casita que compraron con sacrificio de años en 2003. La misma casa que vio crecer a su hija, y cuyas paredes parecen hablarle cada noche, mientras hilvana los recuerdos. Rosa María vive en el oeste de Hialeah, en mi distrito 12, trabaja en una cadena de comida rápida. Ernesto, su esposo es mecánico y recién vuelve a recuperar clientes luego del impacto de la pandemia del COVID-19 donde a medida que se aumentaban las restricciones disminuyó sobremanera aquellos que necesitaban arreglar o darle mantenimiento a su auto. Carla, hoy de 18, ingresó a la universidad para comenzar a fraguar su futuro. Hasta ahí nada inusual, una clásica familia trabajadora de la clase media baja, que sobrevive, prácticamente con salarios mínimos pero que aun así supieron plantearse metas e ir, poco a poco empujando por verlas materializadas.

Sin embargo, Rosa María se siente agobiada por las matemáticas: primero los altos precios derivados de la inflación (la más alta en las últimas cuatro décadas) y que afectan a todos los productos fundamentales que integran el diapasón de la vida diaria. Segundo la responsabilidad de ayudar a sus padres que viven en Cuba (remesas, recargas, combos de alimentos). Tercero, las facturas que suelen tener la tendencia de dispararse sin que se disparen los salarios.

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La electricidad aumenta, el servicio de cable, los seguros. En este tema se detiene, encoge los hombros sentada en mi oficina y deja ver su impotencia. Ese miércoles en la tarde donde suelo dedicar horas a recibir a la comunidad y escuchar sus problemas e inquietudes.

  • Me tocaba la renovación para el auto, nunca he tenido un accidente o reclamo gracias a Dios y me premiaron con un aumento de 185 dólares por el término de seis meses – me dice – pero el que más me molesta es el de mi casa. Cuando mi esposo y yo pedimos el préstamo al banco sacamos cuentas entre los dos y nos administramos. Pero en al principio pagábamos 1.250 al año. Ahora 5.200. Es una locura.

Rosa María me comenta que, incluso, valoraron no pagar ninguna póliza, pero como aun le restan 9 años de hipoteca es un requisito del banco por lo que eso no es una opción. ¿Entonces?

De cierta manera se ha permitido que las aseguradoras aumenten los precios hasta un diez por ciento anual, pero ese llega a duplicar y más el costo original de la cotización. En este sentido existe una especie de indefensión por parte del contribuyente. Vivimos en medio de una crisis y hay que tomar medidas al respecto.

En medio del caos: el gobernador de la Florida Ron DeSantis pidió a la legislatura cambios enfocados a frenar esta barbarie. Urgen reformas. Sí.

Está pactada para el 23 de mayo, una sesión especial en Tallahassee. Los legisladores deberán enfocarse en iniciativas viables y encaminadas al bien común: del contribuyente y del empresario. Porque siempre es necesario mirar las dos aristas de una misma problemática. Según el propio gobernador DeSantis, en un documento, la industria, en los pasados 24 meses registró pérdidas por encima de los mil millones de dólares. (algunas han quebrado).

De igual manera, se debe trabajar en programas para despertar la conciencia ante el fenómeno del fraude que tampoco podemos “tapar el sol con un dedo” y negar que existe.

Rosa María, confía en una solución pronta. Volver a las matemáticas, ahorrar y cumplir con sus compromisos personales. Otorgarle un rayo de esperanza a personas como ellas y contribuir a la estabilidad familiar de los residentes en cada uno de los condados debiera ser premisa y sostén de las agendas de cada una de las personas electas a un cargo público.

No podemos quedar de brazos cruzados. ¡Tenemos que trabajar por Rosa María, Ernesto, Carla, por ti, por mí, ¡por todos!

Sophia Lacayo*
*Aspirante a comisionada por el distrito condal #12

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