El discreto encanto de la burguesía (1972), la emblemática película de Luis Buñuel, gira en torno a un grupo de personas de la alta sociedad que intenta, de forma frustrada y absurda, reunirse para cenar.
El presidente Javier Milei calificó a la ONU como "organización inútil" y criticó su deriva ideológica, marcando un punto de inflexión en el debate sobre su rol.
El discreto encanto de la burguesía (1972), la emblemática película de Luis Buñuel, gira en torno a un grupo de personas de la alta sociedad que intenta, de forma frustrada y absurda, reunirse para cenar.
La falta de acción de los personajes es precisamente el motor central de la trama. El mundo a su alrededor se derrumba y problemas como el narcotráfico, la corrupción institucional y la persistencia de movimientos guerrilleros antisistemas configuran un escenario complejo de seguridad en el mundo. Pero los protagonistas viven ajenos en una burbuja de hipocresía donde las convenciones sociales importan más que cualquier crisis humanitaria.
Algo semejante, a nivel político, sucede con los funcionarios de la Organización de las Naciones Unidas que cada año se reúnen bajo el relumbrón del protocolo internacional, pero casi siempre sus buenas intenciones terminan frustradas por la burocracia y los intereses geopolíticos internacionales.
En las últimas décadas, el organismo se ha convertido en una vidriera de discursos vacíos que no conducen a ninguna parte. En este solemne escenario, algunos líderes mundiales -convertidos en deidades supremas- dictan cátedra y usan el estrado para mejorar la imagen exterior de su gobierno sobre tópicos como los derechos humanos, el cambio climático y la justicia social, sin reflejar un compromiso real con la implementación de estas políticas.
Sin embargo, la 81ª Asamblea General de la ONU, celebrada en septiembre pasado, marcó un giro definitivo hacia un orden internacional más realista, plural y desideologizado.
En un duro discurso, el presidente argentino Javier Milei definió a la Organización de Naciones Unidas como una “organización inútil” que sirve principalmente para “alimentar a una casta de parásitos fatalmente arrogantes disfrazados de burócratas bien intencionados”.
Ya en 2024, Milei había advertido sobre la mutación ideológica padecida por este organismo que pasó de ser un escudo para proteger la paz a convertirse en un modelo de gobierno supranacional que impone una agenda socialista a sus miembros y que atenta contra los derechos individuales a la vida, la libertad y la propiedad.
Esta vez, sus dardos fueron más directos cuando señaló que el organismo se ha alejado de sus objetivos fundacionales, vinculados con la defensa del derecho internacional, la soberanía y la resolución pacífica de los conflictos. “Hoy, lamentablemente, es momento de reconocer que ese pacto sagrado en los hechos se rompió”.
La reciente cumbre de la ONU pone en evidencia la mínima capacidad de respuesta de la izquierda frente al desafío de renovación de la institución. Y aunque el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, coincidiera en calificar como inservible el diseño actual del Consejo de Seguridad afirmando que “somos todos rehenes del inmovilismo de un Consejo de Seguridad que no cumple su papel”, su orfandad dentro de la izquierda autoritaria del bloque bolivariano y su descolocación en el nuevo progresismo latinoamericano, lo retrata como el tipo de gobernante empeñado en defender una gobernanza global abstracta y fuertemente ideologizada.
La primera ministra de Japón, Sanae Takaichi ha denunciado muy bien la persistencia de un mundo cada vez más polarizado y con una enorme debilidad de las instituciones globales. En su opinión, la configuración actual del Consejo sigue anclada en un equilibrio de poder diseñado para superar las secuelas de la Segunda Guerra Mundial (1945). “Necesitamos transformarlo sin demora en una estructura que refleje verdaderamente las realidades actuales de la comunidad internacional”.
En las últimas décadas, la postura antiimperialista y el realismo político han chocado de forma recurrente en el seno de la Organización de las Naciones Unidas al abordar la cooperación en materia de seguridad y narcotráfico. Este conflicto refleja la tensión estructural entre la retórica ideológica de la soberanía -amparada por sectores liberales- y la necesidad pragmática de un orden mundial basado en la seguridad y la estabilidad global.
El presidente de Kenia, el conservador William Ruto, denunció que mientras la organización predica la igualdad soberana de los votos de todas las naciones, en las cuestiones cruciales de guerra y paz solo cinco naciones acaparan un poder permanente e incuestionable que excluye a las otras. Hacia ese objetivo deberían dirigirse los esfuerzos diplomáticos de todos los gobiernos del continente africano.
Dentro de la tendencia actual de fuertes cuestionamientos a la legitimidad de la ONU -escrutinio identificable con especial fuerza a partir de 2024-, el presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, reclamó una Organización de Naciones Unidas más enfocada en resultados concretos y con menos en burocracia.
El discurso del mandatario colombiano, que fue enviado por escrito y leído por el vicepresidente José Manuel Restrepo, se centró en hacer un llamado a la comunidad internacional para unificar criterios frente al terrorismo y solicitar una mayor cooperación internacional para combatir de manera coordinada el narcotráfico y el crimen transnacional.
Uno de los errores ideológicos del neoprogresismo institucional, particularmente en la ONU, es su sesgo sistemático contra el Estado de Israel, que se materializa en repetidas resoluciones acordadas en foros como el Consejo de Derechos Humanos y que instrumentalizan el lenguaje del derecho internacional para encubrir prejuicios de carácter antisemita. Este severo escrutinio contrasta drásticamente con la laxitud y la ambigüedad con la que estas mismas instituciones abordan las acciones terroristas perpetradas por Hamas.
En tono firme hacia la posición que ha venido asumiendo este organismo en el conflicto del Medio Oriente, el primer ministro Benjamín Netanyahu calificó los señalamientos de genocidio en Gaza emitidos por funcionarios al servicio de la ONU como “la mayor mentira del siglo”, asegurando que las operaciones militares israelíes buscan la supervivencia nacional frente a múltiples frentes terroristas respaldados por Irán.
Casi siempre que las izquierdas llegan al poder intentan monopolizar el control y la orientación ideológica de las instituciones. El pobre desempeño de la ONU y otros organismos internacionales, en las últimas crisis mundiales, le debe mucho a este fenómeno político.
Los hechos no mienten. No pocas iniciativas globales -como la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible o el reciente Pacto del Futuro- encubren la agenda centralista del globalismo con el orden democrático y el multilateralismo. Mediante esta asociación falaz, los ideólogos de la izquierda intentan evitar que la opinión pública relacione a las instituciones globales con la planificación central y la ideología marxista-leninista. Y, a su vez, pretenden desligar el vínculo evidente que existe entre el comunismo, el islamismo radical y el terrorismo urbano en Occidente.
En su regreso al foro de la ONU, el presidente estadounidense Donald Trump reitero sus críticas contra el multilateralismo y la inacción del organismo, afirmando que las Naciones Unidas tiene un gran potencial, “pero debe dejar de imponer la agenda de la extrema izquierda de globalistas que nadie eligió”.
El debate contemporáneo sobre el rol de la Organización de las Naciones Unidas y el orden internacional fundado tras la Segunda Guerra Mundial divide a los analistas políticos entre quienes defienden su vigencia institucional y quienes critican la capacidad del organismo para responder de forma ágil y vinculante ante desafíos modernos como las guerras híbridas, el cambio climático y la gobernanza de la inteligencia artificial.
Ya sea por la debilidad institucional frente a los regímenes autoritarios o porque el principio de no injerencia conduce a un “relativismo moral” que valida abusos sistemáticos contra la democracia, la ONU necesita una autoridad firme que condicione la participación de las naciones soberanas y la legitimidad internacional al cumplimiento estricto de los valores democráticos universales.
Mientras continúen las tensiones globales -cada vez más complejas e imprevisibles-, la paz y la seguridad deberán ser sus principales preocupaciones y el más importante estímulo para su transformación. De lo contrario, el mundo podría buscar amparo y alternativas en otros organismos que satisfagan sus necesidades frente a los vacíos institucionales.
Quien lo hubiera pensado. La misma institución que nació en 1945 con la firme determinación de proteger a las generaciones venideras de los flagelos de la guerra, que ha ayudado a erradicar enfermedades y ha ofrecido asistencia a decenas de millones de desplazados, víctimas de guerras y desastres naturales, se ve hoy seriamente sacudida por escándalos de corrupción y cuestionada por priorizar agendas ideológicas por encima de sus misiones fundamentales de paz y seguridad mundial.
Los próximos meses serán decisivos para que la Organización de Naciones Unidas se reforme radicalmente o continue su declive hacia la intrascendencia. Y para ello se necesita un cambio esencial en su cultura institucional y en el ejercicio de un liderazgo firme, independiente y capaz de mediar de manera efectiva en los conflictos geopolíticos actuales.
(*) Periodista y consultor
