Lo que acontezca en la próxima Cumbre de las Américas en relación a Cuba, será un indicador de cómo se ha desarrollado el escenario político en torno a la Isla desde el año 2015 al presente.

El conflicto cubano está marcado por la relación con los Estados Unidos, no solo para el régimen sino también para todo el pueblo cubano. La inmensa diáspora, la pobreza en la Isla, el control y la impunidad del régimen, el poder de Norteamérica y su cercanía, marcan pauta en nuestro futuro.

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Unos meses después del anuncio del 17 de diciembre de 2014, Raúl Castro asistía con bombos y platillos a la cumbre de Panamá, en pleno proceso de restablecimiento de las relaciones con los EEUU. Los políticos y la prensa, seguían con ansiedad la reunión que tendría lugar entre Barack Obama y Castro.

El régimen desembarcó con un amplio grupo de acólitos como supuestos representantes de la sociedad civil. La misión era enfrentar, con actos de repudio incluidos, al nutrido grupo de la sociedad civil, la oposición y representantes del exilio.

El tema Cuba fue centro del evento, y si bien los afines a la línea de Obama fueron quienes tuvieron más espacio y protagonismo, quienes se oponían pudieron realizar sus eventos. En mi caso no puede asistir. Debido a mi rechazo al llamado deshielo, el régimen me había prohibido viajar desde el mes enero, impidiendo mi participación en varios foros y presentaciones.

En el transcurso de la administración Trump, con la política hacia Cuba de la mano de los legisladores Marco Rubio y Mario Díaz-Balart, las sanciones se hicieron más efectivas, pero el desamparo de la oposición interna fue escandaloso. El foco se dirigió al exterior, en particular al proyecto Cuba Decide. Y en el caso de la Isla o a los seguidores de la agenda globalista, estos últimos respaldados por diversas ONG’s.

En la cumbre de 2018 la situación fue algo distinta. El presidente Trump no asistió. Tampoco Raúl Castro. El régimen envió otro grupo de choque, menos nutrido, mientras las filas de la sociedad civil y la oposición interna estuvieron notablemente diezmadas.

Los que logramos llegar a la cumbre encontramos que no existía agenda de encuentros con políticos, ni con medios de prensa, a pesar de tener una declaración de un amplio grupo de organizaciones al interior de la Isla, en la que especialmente abogábamos por la libertad de los presos políticos.

En el evento y en referencia a Cuba, toda la visibilidad recayó en el proyecto Cuba Decide y en su figura principal, quien fuera incluso la única invitada a un encuentro privado con el vice presidente de EU Mike Pence. En contraste, Pence sostuvo una reunión con varios opositores venezolanos representantes de diferentes tendencias.

En una reunión privada con el senador Marco Rubio, le manifesté el daño que estaba provocando el intentar que preponderara solo un proyecto y su figura. Las consecuencias del abandono ya eran visibles.

El amplio conglomerado de ONG’s que radican en el exterior y que orbitan y viven del tema Cuba, estaban en función de apoyar a Cuba Decide o a los grupos relacionados con las agendas globalistas o de políticas de identidad, es decir: LGBTIQA+, género, racial, ambientalista, etc.

Lo ocurrido en Lima, Perú, era el inicio de una situación que se agudizaría. Múltiples grupos fueron quedando sin apoyo y decenas de activistas optaron por salir del país ante las permanentes presiones y acoso por parte de la Seguridad del Estado.

Dada la caída en el activismo político, se ponen los reflectores en incipientes grupos de la sociedad civil, como fue el caso de San Isidro. El trabajo del grupo estaba inicialmente enfocado en el rechazo al “nuevo decreto ley 349” que afincaba la censura en el arte, un refrito represivo nada novedoso. Es importante señalar que este grupo desde sus inicios no ocultó su ferviente apoyo a la agenda de la izquierda globalista en cuestiones ligadas a la ideología de identidades grupales.

Se pusieron de moda las campañas, convocatorias, una detrás de otra, siempre creando grandes expectativas que terminaban diluidas. Un discurso de una supuesta inminente caída del castrismo, ha servido para exacerbar y manipular múltiples emociones.

Resulta preocupante y lamentable que diversos grupos y activistas, dada la precariedad de sus vidas en la Isla, terminen aceptando agendas de muchas ONG’s radicadas en el exterior y desconectadas de nuestra realidad. A su vez, muchos medios de comunicación y portales, relacionados con estas ONG’s, hacen especial énfasis en la labor de estos grupos específicos, ignorando u omitiendo muchas veces el activismo y las visiones de otros.

A finales de 2019 la crisis económica en la Isla se agudiza. El castrismo lanza su nuevo eufemismo, “la coyuntura”. El combustible y los alimentos escasean, los años 90’s regresan a lo cotidiano.

Ocurre la huelga del grupo San Isidro y de inmediato la protesta frente al llamado Ministerio de Cultura, que termina en una plática con los voceros del régimen.

En marzo de 2020 irrumpe en la escena el coronavirus. La crisis se incrementa, el llamado reordenamiento del régimen entra en vigor, la inflación se dispara y la arremetida contra el mercado negro es noticia cada día en horario estelar de la televisión.

Llega Joe Biden a la Casa Blanca y la pregunta es, si volverá o no a la política de Obama. Luego de 16 meses de encierro, hambre, apagones y el insoportable calor del verano, los cubanos estallan el 11 de julio (11J) en las mayores protestas desde que surgimos como República . El régimen arremete con violencia y usa una vez más la receta del escarmiento.

Se organizan protestas en el exterior, se lazan promesas de apoyo al pueblo pero con el transcurso de las semanas y meses todo queda en discursos encendidos a pecho inflado. El castrismo implementa juicios sumarios y condenas contra decenas de manifestantes, desde meses o a pocos años en algunos casos, pero rápidamente entiende que es posible aplicar largas y crueles condenas y usar nuevamente a los presos políticos como rehenes. El acoso y hostigamiento a los familiares de los condenados se ha vuelto norma.

Las denuncias desde el exterior proporcionan cierta visibilidad, pero la obligada y fundamental presión interna esta ausente, dada la debilidad de la sociedad civil y la oposición.

No faltan los discursos incendiarios y las exhortaciones a nuevas protestas de quienes, desde terreno seguro, viven o sacan provecho del tema cubano. Para estos individuos resulta hasta redituable que más cubanos caigan en la máquina trituradora del castrismo.

Llega el 15 de noviembre (15N) con una convocatoria que de antemano era fallida. Una ingenuidad escandalosa que despertó la sospechas de algunos que incluso tomaron el llamado como una jugada del régimen. Muchos medios de prensa nuevamente abandonaron el sentido común, la experiencia y la historia quedaron a un lado, para mantener semanas de noticias, tensiones y expectativas. El actuar de los principales promotores mostró una inconsistencia que el régimen aprovechó para intentar, una vez más, desacreditar a toda la oposición.

La salida del país de los nuevos activistas era predecible. El castrismo siempre había aplicado esta estrategia pero dada la indefensión actual, el proceso se aceleró más de lo esperado.

Para repetir la receta del año 94 faltaba el éxodo masivo. Con Ortega en Nicaragua y López Obrador en México no se necesitaba mucha genialidad para ponerla en práctica. Resultó un negocio redondo, un juego de ganar ganar. Pago por pasaportes, boletos de 4000 usd de la Habana a Managua, pagos a coyotes, de salvoconducto para atravesar Honduras y Mexico, extorsiones a policías y finalmente nuevos emisores de remesas para familiares en la Isla. La cifra se disparó y las alarmas se encendieron en DC.

Se reanudaron las conversaciones migratorias. Aparece López Obrador como mediador y después de una visita a La Habana, la administración Biden anuncia un nuevo paquete de medidas.

López Obrador reclama la participación del castrismo en la cumbre y manifiesta que no asistirá en caso de que este último sea excluido. Otros países aliados y amigos del se suman al boicot.

Se realiza en mayo la cumbre del ALBA en La Habana y el castrismo busca mostrar aquel argumento que la administración Obama usara como justificación para el deshielo: el cambio es necesario porque EU se ha quedado solo en la región en su política hacia Cuba.

Durante los últimos meses no han faltado quienes, desde Miami, llaman una vez más a un supuesto “paro general”. Convocatoria que raya en lo fantasioso pues para esto no existe ni la estructura, ni la logística. Según los promotores, la oposición se está reorganizado y va camino a un proceso de transición que tendrá como brújula las políticas enviadas desde el sur de la Florida.

En este escenario se realiza la nueva Cumbre de Las Américas en Los Ángeles, California. No es sorpresa que la reducida oposición interna no haya sido invitada al evento, pero si lanza una alarma sobre la realidad que estamos viviendo.

Tampoco será sorpresa que varios grupos e individuos se declaren representantes o que hablen a nombre del pueblo cubano, aún cuando ese pueblo no les ha otorgado ese mandato, y solo representen sus agendas o intereses muy particulares.

Urge un cambio drástico en la problemática cubana. No funciona una política de regalías, al estilo del deshielo de Obama, pero tampoco la de la olla de presión, promovida por Rubio/ Díaz-Balart. La primera pone alfombra roja al neocastrismo, la segunda le obstaculiza el camino de la mutación pero muestra irresponsabilidad y hasta crueldad al tensar la situación y abandonar a la oposición y al pueblo en general, a nuestra suerte. Ambas convergen en el mismo efecto: alejarnos de la libertad.

La falta de estrategia y compromiso, el obviar a los actores y fuerzas internas de la Isla, la falta de profesionalidad, hacer de la problemática cubana una forma de vida, llevar el protagonismo al exterior, la sustitución de la política por el espectáculo (incluso llegando al desparpajo), el intentar que hacia el interior de la Isla preponderen solo un grupo actores escogidos, confundir el mundo virtual con el real: son algunos de nuestros lastres actuales.

El castrismo vive un momento fatal, se muestra visiblemente cansado. Cifra astronómica de presos políticos, bancarrota económica, falta de liderazgo en sus filas, la vieja élite desaparece y el pueblo está harto de tanto desastre. No obstante, la precaria situación de la oposición sigue dejándole brecha a la posible mutación del régimen. Se sigue dejando espacio para que el neocastrismo encuentre su asidero.

No nos autoengañemos, a estas alturas es fácil identificar que nuestras incapacidades han sido arma importante del sistema. Vernos a la cara, discutir con seriedad y realismo aciertos y desaciertos, es un paso obligado en el camino hacia la libertad.

La solución no está en agendas externas, ni en organizaciones internacionales que han probado su ineficiencia. La solución tiene como obligado epicentro a la Isla, con sus fuerzas genuinas y espontáneas, que buscan librar a los cubanos de un sistema que atenta contra la naturaleza humana.

Dar fin al totalitarismo nos obliga a concebir una nueva nación, cargada de sueños pero sin demagogias y estridencias. Una Cuba basada en nuestra historia, valores y principios republicanos , como la visionaron nuestros padres fundadores, donde pongamos las mejores experiencias y hallazgos de nuestro tiempo.

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