Paco Rabanne llegó a La Habana la tarde más calurosa de 1995. Mi productor, Joel Valdés y yo, le esperábamos para entrevistarlo en La Maison, la casa de la moda cubana. Yo me derretía dentro de un saco azul que usaba con la misma fruición, en los programas de televisión, las bodas y los funerales. Llevábamos tres horas esperándole cuando apareció Rabanne. Había que verlo, se acercaba como un gato dueño de una insinuante jovialidad; mi productor le dijo: “Bienvenido a La Habana, mire…soy de la televisión y…” Y el mago le interrumpió: “Querido, nadie es perfecto, hay modos peores, incluso más indecentes… de ganarse la vida”.
El legendario diseñador había definido en apenas un pestañazo un tipo de televisión que es hoy, la televisión tipo. Con aquella frase, el hombre que intentó reinventar la moda con materiales impensables para su época, como el metal o el plástico, definía también su concepto de la elegancia. No siempre salir en la televisión fue elegante. ¿O sí?
Rabanne consiguió la elegancia más transgresora. Alguna vez dijo que eludía ‘’el placer mórbido de las cosas conocidas’’ porque le parecía ‘’decadente". Era un provocador nato al menos cuando comenzó en el mundillo de la moda. Su primera colección la llamó “12 vestidos imposibles de llevar”. ¿En 1966 quién apostaba por un vestido metálico?
Rabanne decía lo que le venía en ganas, aunque se acercara al disparate. No lo paraba ni Dios, con quien, por cierto, aseguraba tener una relación muy especial tras haberlo visto a los veinte años. Lo decía una y otra vez. Y admitía que se le escuchaba porque era famoso.
Decía, además, que “el hombre es tonto, un niño imbécil. Mira cómo viste: como pingüino. La mujer tiene libertad, es el sexo fuerte". (La Revista, suplemente del diario español El Mundo, número 136).
Cuando conseguimos sentarlo frente a nuestra cámara aquella tarde en La Habana, pidió un minuto antes de mi primera pregunta, para decirme que andaba yo muy mal vestido con ese saco azul porque en un país como Cuba la elegancia solo se podía entender con ropa hecha de algodón de la India. Lo dijo con cierta gracia.
Lo cierto es que faltó tiempo y valor, -porque sabe el diablo quién era agente de la Seguridad del Estado, entre los que nos rodeaban-, para explicarle a Rabanne que en Cuba uno se vestía y se viste con lo que encuentra, porque es un acto de magia vivir.
Dos años después de aquello, en 1997, recordé al modisto francés en un restaurante cubano de la calle 8. Yo era reportero del turno de noche en el noticiero de Telemundo 51. Listo para presentar en vivo un reportaje; estaba yo parado en medio del sitio; iba vestido del modo más anodino, como van los reporteros de tv: camisa blanca y corbata de color sólido. Y no portaba un micrófono grande con el logo del canal, sino lo que llaman balita, un micro diminuto que se coloca en la camisa como quien no quiere la cosa. Y cinco minutos antes de ir al aire, una señora muy repipi, peinadísima, perfumadísima y confiadísima en si misma, me dijo: “Joven, cuarenta croquetas y que no estén quemadas”.
Y yo me sentí el más elegante porque en aquel restaurante de la Pequeña Habana, todos los camareros se desplazaban uniformados con una prestancia digna de ser admirada. Y eso que yo no llevaba puesto nada de algodón de la India.