Padre es calma, certeza y confianza. Porque un día te ponen un bebé en las manos. Diminuto. Irritado, aún en su primer llanto. Que examina a ciegas con sus nuevos sentidos, que se calma ante la presencia de un hombre cuya voz le ha acompañado en el vientre materno durante esos nueve meses de placidez. Besas su frente, suavísima. Todo cobra sentido. Toda una disposición se instala entonces en los ojos de padre, un instante, una entrega interior y totalmente silente: te querré por siempre jamás.

Y eres padre. Y amas con locura ese regalo de Dios que una matrona acaba de poner en tus manos, sin saber aún siquiera cómo se utiliza. Pero sabes que todo el amor, la ternura, la emoción y la plenitud han llegado al hogar. Después de ese día, nada volverá a ser igual. La felicidad posible en esta tierra deja de ser una quimera de plástico y se vuelve de carne y hueso.

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El padre entonces aprende, a veces con simpática rudeza, las pequeñas mañas de los rudimentos del cuidado del bebé. Y despliega toda su entrega en torno a una madre aún cansada, tras tantos meses engendrando carne de su carne, dejándose media vida en el amor, por el amor. Y es que el padre es soldado tan leal a su ejército allá en la lejanía de la guerra como en la pequeña batalla diaria de encontrar, a oscuras y en mitad de la noche, las escurridizas solapas adhesivas del pañal, dispuestas –como es sabido– por los fabricantes con el noble propósito de hacer perder los nervios a los papás.

Padre es, en el futuro, la vida de ellos por delante de la tuya. Padre es sangre, sudor y lágrimas por la seguridad y la felicidad de toda la familia. Padre es un enorme ataque de risa ante los simpáticos progresos, ante las geniales ocurrencias de la prole. Padre es la máxima aspiración de un hombre. Es el sentido a una existencia. Es la plenitud de una vocación indudable, la de cuidar y educar a los hijos, antes que cualquier otra contingencia de la tierra.

A menudo, padre es cocinar también para una legión con el ahínco y la severidad de un cirujano, pintar la casa cuando se entumecen las paredes como si el mundo dependiera de tal empresa, servir siempre sin esperar a ser servido, con la única salvedad de aceptar, cuando es menester, el cariño que los demás también desean demostrar al cabeza de familia, que musita varonil indiferencia mientras por dentro se derrumba en el acto de dejarse querer.

No es un camino de rosas. Ser padre es atravesar la jungla de la inseguridad portando el estandarte de la paciencia y de las certezas. Ser padre es no vacilar. Ser padre es decir, como siempre ha dicho el mío, “nunca pasa nada”, incluso aunque esté lloviendo lava desde el cielo. Es, en fin, levantarse siempre ante el peligro. Es destronar al miedo. Enarbolar toda valentía. Fraguar un carácter en la insistencia correctiva de la humildad, anular la propia vanidad sin perder ni un ápice de dignidad, de donde mana la genuina elegancia paternal.

Ser padre es también, en ocasiones, soledad e incomprensión. Es también elevar una oración al cielo y una sonrisa a la tierra, quizá después de haber llorado. Es el desgarro de la separación de los que quieres, cuando el trabajo o la vida lo exigen, cuando aquel que fuera bebé en tus manos vuela a otro país e inicia su propio camino, cuando la muerte, el paso del tiempo, o la enfermedad parten en dos el latido único de un hogar. Ser padre es saber padecer en silencio también así, sabiendo que ese latido común que un día sonó bajo un mismo techo se mantiene ahora igual, palpitante, aún si está disperso por varios rincones del mundo. Porque ser padre es para toda la eternidad.

Y es, en suma, protección en la niñez, empuje en la juventud, faro para toda la vida. Es la severidad que conduce a la felicidad. La enseñanza que contraría sin herir, la sanción que forja al hijo para ser bueno para el mundo, para los demás, para una estirpe, para una nación, para una causa. Padre es tal conjunción de fuerza y cariño para toda la vida, y en un equilibrio tan perfecto, que solo puede ser inspirado, aún en la lejanía, por el mismo Dios.

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