A finales de diciembre pasado, fue bautizado el poemario de Jorge Rodríguez Gómez, “Papeles de la demencia” (ed. Colección Poesía Acirema, 2020, San Cristóbal, estado Táchira). Luis Alberto Crespo, veterano de mil batallas líricas fue su prologuista y mentor. Henry Miller, Bukovsky, Raymond Carver, Whitman, Bequer, Darío, Bretón, Lowel, Tadeuz Rózewicz, desfilan por el prólogo. ¡Nada más ni nadie menos! Crespo, los percibe “muy cercanos a Rodríguez. Los compara. Los “emparienta”. Los equipara, casi. Ya lo expresa el tópico que, ahora parafraseamos: “Es preferible jalar una “oda” y parte de la otra que, halar escardilla”.

El poeta-debutante, por su parte, divide su “obrada”, en tres capitulos: “Poemas”, “Algunos poemas estelares” y “Papeles de la demencia”. Para que el público en general, se forme idea de la calidad de página del poemario, hemos centrado nuestro análisis, nada más, que en el segundo segmento. Si eso es lo “estelar” -reflexionarán los lectores- ¿Qué quedará para el resto?

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Decía, alguna vez, Nicolás Guillén: “Suelo preguntarles a los jóvenes poetas, si han escrito, aunque sea, un soneto. No me siento cómodo cuando me doy cuenta que ignoran las formas estróficas más elementales”. ¿Rima, métrica, versificación, formas estróficas, como reclamaba Guillén? Eso no va, con nuestro pretendido trovador. Damos por sentado que, ni tiene, ni sabe, ni le interesan tales rudimentos del oficio.

Despachadas, pese a las zalemas del prologuista, las herramientas de Rodríguez Gómez, en lo que se refiere a versificación regular, revisemos sin prejuicio alguno, su producción en versificación libre:

“Yo hubiera querido ser un Volkswagen/ y mostrarle al mundo mi pecho abierto/ sin radiador a cuestas” (“Papeles de la demencia”, pág. 32).

Poco creíble, insincero, lo menos, que un caballero que despanzurró, una noche loca, de acción, aventura y romance, su “Audi” de $ 75 mil, nos venga, ahora, con el cuento, que lo que más y mejor le alebrestan las musas, es un modesto, Volkswagen, escarabajo de segunda mano, sin radiador, con fallas mecánicas que no inventariamos porque no queremos ofender, ni a los automóviles, ni a quienes se sientan como tales.

Ninguna palabra, de antemano, está excluida del lenguaje poético. Sin embargo, para Adelan Kohan, el “nivel de un poema varía según la distancia entre el habla coloquial y esa oración de mayor o menor canto”. Dante decía (por cierto, al susodicho prologuista se le pasó por alto, emparentar, poéticamente a su prologado, con el autor de la Divina Comedia. Ya lo sabe para la próxima) que a través de cada palabra, es que el hombre ocupa un lugar entre los ángeles o entre las bestias” (sin alusiones personales). No es lo mismo cantar: “Oh, amada mía, me abrumas con el canto desmesurado de tu voz” que declamar: “Oye, mijita a ver si te zacudes esa verborrea”

A continuación algunas muestras adicionales, de la artillería poética de Rodríguez Gómez:

“El niño bosteza sobre el cuaderno/ lo salpica de baba ( “Papeles”, pág. 15)

“Analizan/ la languidez del chorro de orina en las mañana” (“Papeles” pág. 19 de “Papeles”)

“¿En qué pensaba David Carradine/ mientras se colgaba de una viga/ en la habitación de un burdel en Tailandia? (“Papeles”, pág. 29).

Que me perdone el prologuista en cuestión. Si de parentescos literarios, se trata, este servidor los encuentra con Delpino y Lamas: “Pájaro que vas volando/ parado en tu rama verde/ pasó cazador, matote/ más te valiera estar duerme.”

Según Elliot, “la única manera de encontrar, emoción en forma de arte, es hallar un elemento comparativo o correlativo poético objetivo”. Rodari, asegura en ese mismo sentido, que “No basta un polo eléctrico. Para provocar una chispa se necesitan dos elementos aparentemente antagónicos”. Corresponderá al lector valorar, la empatía lírica que le suscita, un imberbe que rubrica sus deberes escolares con un escupitajo. O la poética, de una micción mañanera, lánguida o rochelera. En cuanto a los pensamientos del susodicho, Carradine, que tanto laceran al pseudojuglar, habrá que decirle que no se preocupe tanto. Un hombre en las circunstancias de tal narrativa, tiene un solo pensamiento: que le cumplan los servicios prepagados.

Nos aseguran que, Rodríguez Gómez, en el bautizo de sus “Papeles” les confió a los asistentes que sus poesías (¿?) las desgranaba en las horas que le robaba al sueño -el robo, por esta vez es de sueño, que nadie piense mal- y que apenas culminaba tales forceps literarios, se los disparaba, sin anestesia -por menos al señor Trump lo expulsaron de las redes sociales- y sin importarle los filos de las madrugadas, a uno cualquiera de sus adulones, prestos, a ese misma hora, a las alabanzas del caso. A saber:

-La presente, su señoría/ recibida a diez pa´las tres/ posee más poesía/ que las del mismísimo, Mallarmé

-En cuanto a aquella otra, camarada/ parida con cesarea a las dos/ reduce, prácticamente, a la nada/ a su colega Arthur Rimbós (este último se llamaba Arthur Rimbaud, pero los chupamedias, por chupar le cambian el nombre a cualquiera).

Y si por cualquier acaso/ alguien no le alaba una oda / señor ¡no nos oda!/ que su prosa, ni de pico, ni de piquito es, sino del grande de un Picasso.

Mientras en el mundo de la poética ocurría lo anterior, crece la repulsa contra la Asamblea Nacional, presidida por el sedicente poeta, detrito del fraude electoral más impúdico. Todos los gobiernos medianamente decentes de la Tierra, exigen nuevas elecciones limpias, en Venezuela, con árbitro electoral imparcial, devolución de las directivas de los partidos políticos, a las autoridades electas por las militancias, veeduría internacional como Dios manda, no con una panda de compinches. Parlamentarias, estadales, municipales, presidenciales con el cese consecuencial de las usurpaciones, entre otras, las del hipotético rapsoda.

Con todo, me tomo la libertad de sugerirle a este último, sin mala intención: no les haga caso, señor. Limítese a su cargo público, pero ¡eso sí! no vuelva a pulsar la lira. Usted, daña más a la Humanidad, escribiendo versos ramplones, que desde la espuria presidencia que en pésima hora detenta.

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