sábado 21  de  febrero 2026
RELATO

Polvo de familia

Vivencias que toman forma de relatos y conducen a la refexión

La niña hace un esfuerzo extraordinario para vestirse sin hacer ruido, misión difícil porque necesita de toda su concentración para embutirse en el jeans apretado al que no renuncia. Ha engordado tanto que cuando se quita el pantalón le quedan marcas, tatuajes de costuras, en los costados de los muslos, pero solo así consigue engañar la gravedad y realzar unas formas que hace mucho perdió.

Todos le siguen llamando la niña a pesar de cargar dos divorcios y dos hijas. La familia además la respeta por su decisión de quedarse en Cuba, a cargo de todo, bueno… de todo lo que sobrevivió.

Este domingo decidió llevar al abuelo hasta la costa, por eso el sigilo de la mañana, evitando que se despierten las hijas, o que el esposo empiece a rezongar por el desayuno. Quiere ser la primera en llegar al “Playito”, un pedazo de arrecife, inhóspito pero tranquilo, sitio preferido por algunos vecinos para meterse al mar, lejos del balneario oficial con su música estridente y cerveza a granel, siempre avinagrada, siempre bronquera.

Antes, el viaje de pocas cuadras era a la sombra de los flamboyanes, la galería florecida que en el verano garantizaba un túnel hasta la misma costa. Recuerda que uno de sus hermanos fantaseaba con la idea de caminarlo por arriba, como si los frágiles gajos resistieran. Ahora los árboles no existen, una empresa estatal los ha cortado, quizás para demostrar que trabajan, quizás porque odien el manto rojo, amarillo y verde con que decoran las calles y que alguien interpreta como basura que se tiene que limpiar.

La niña nota que los vecinos se apartan, cediéndole el paso, ella agarra fuerte al abuelo y en susurros agradece la distinción. Nada la desvía de su plan, pretende lanzarlo al mar, quiere verlo convertirse en un ejército de nadadores, diminutos atletas que se esparzan en el infinito azul y tal vez, arrastrados por olas y mareas, algunos lleguen a la lejana playa donde sus otros nietos, los hermanos de la niña, mojan los pies mirando al sur y añorando lo que dejaron.

El aeropuerto y el cementerio: esos son sus dos grandes enemigos, rivales que compiten desde hace muchos años por arrebatarle todo lo que vale, todo lo que la mantiene viva. La víctima del último atraco fue el abuelo, esa maravillosa persona que ahora carga en una bolsa de nylon, reducida a un puñado de polvo y que piensa liberar en las rompientes ocasionales del “Playito”. Esa es su venganza, no se lo entregará a ninguno de los dos ladrones. Disfruta por adelantado con la imagen del abuelo transformado en sombra flotadora, navegando hacia el fatídico norte, a donde todos van a parar.

Volvió frustrada, el plan no funcionó, a duras pena el abuelo fue mancha por unos segundos, se desmoronó hacia el fondo en la misma orilla. El grumo no era de nadadores, solo plomadas, condenadas a desintegrarse en el contaminado litoral de siempre.

Regresó triste a la casa, que se le antojaba más grande y vacía, para soportar los reclamos de las hijas y el esposo: ¿dónde estaba?, ¿por qué no había desayuno?, ¿se daba cuenta de que desapareció el único día en que todos amanecían en casa?

La niña los mandó al carajo, justo en el momento en que rompió la brisa, ese evento puntual de media mañana, capaz de devolverle la vida a los ahogados, de asesinar la impertinencia de la calma chicha. Ráfagas alegres de frescura que van colándose por todas las ventanas del bochorno habanero y que este domingo consiguen agitar… más bien sacudir con un sonido impertinente, la arrugada bolsa de nylon donde instantes antes había reposado el abuelo.

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