El presidente Donald Trump cumple un año de haber sido elegido para regir el destino de los Estados Unidos pero ¿hay motivos para celebrar estos 12 meses?

Ha sido un año de continuas divisiones, tanto en el Congreso como en el resto del país.

Su agenda política aún no avanza, en particular la reforma fiscal, la inversión para la infraestructura y un nuevo plan de salud.

Es cierto que la economía muestra signos de crecimiento que coinciden con la llegada de Trump, pero también son atribuibles a tendencias mundiales más que a decisiones presidenciales.

El ofrecimiento de Trump de adoptar una postura comercial más agresiva con China fue rápidamente olvidada durante su breve visita a Beijing, llegando incluso a decir al presidente Xi Jinping que la responsabilidad del desbalance comercial bilateral es enteramente culpa de los Estados Unidos y no de China.

Es cierto que Trump se ha mostrado duro en temas de inmigración, anunciando la suspensión del Programa de Acción Diferida ( DACA), del Estatus de Protección Temporal (TPS) o el veto a la entrada de nacionales de algunos países de mayoría musulmana, aunque los tribunales hayan revocado o suspendido sus iniciativas provocando su frustración.

El muro a lo largo de la frontera con México tampoco ha logrado los apoyos necesarios en el Congreso.

Sin embargo, lo que sí ha marcado la diferencia en Washington este año ha sido la personalidad del hombre en el cargo.

Todos los presidentes han tenido impactos distintos durante su primer año en la Casa Blanca y no todos pueden hablar de logros o beneficios instantáneos para el país. Pero desde que Trump pronunció su discurso inaugural en el Capitolio, el 20 de enero pasado, su manera de conducir la política, con su hábito de decirle al mundo lo que piensa en sus tuits diarios, ha dado forma a una de las presidencias más controversiales de los tiempos modernos.

Para sus partidarios más leales, Trump les ha dado lo que quieren: una voz fuerte, una política antisistema y una promesa de que los Estados Unidos siempre estará primero.

Pero, para muchos republicanos, para los votantes que todavía no pueden creer que ganó la presidencia o para los líderes mundiales, que han tenido que aprender a tratar con un mandatario que parece ignorar las sutilezas diplomáticas, estos últimos doce meses han sido una montaña rusa de emociones.

Su naturaleza impredecible ha presentado un desafío para todos los gobiernos del mundo.

Todavía es pronto para saber si sus intentos por construir una relación más cercana con el presidente de China contribuirán a disipar las diferencias entre Washington y Pekín, particularmente en temas como el de la construcción de bases militares en las disputadas islas del mar del Sur de China.

Tampoco está claro cómo Trump espera forjar sus relaciones con el presidente ruso Vladimir Putin, con una controversia a cuestas por la supuesta injerencia de Moscú en las elecciones presidenciales de 2016.

Por si fuera poco, el Presidente ha cambiado de parecer en cuanto a algunas de sus promesas electorales, como la de enviar más tropas estadounidenses a Afganistán en lugar de poner fin a la guerra, pero manteniéndose firme ante otras, como desestimar la importancia del cambio climático.

Lo que sí es cierto es que siempre será recordado como un presidente fuera del molde.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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