Con excepción de las recientes referencias a Venezuela, el gobierno de Donald Trump ha dicho muy poco sobre su política hacia América Latina (aún no nombró al subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos). Casi nada acerca de Cuba. La única referencia, inútil para las cábalas políticas, es lo que el magnate expresó al inicio de la campaña y el U-Turn del final en busca de apoyo del ala radical cubano-miamense.
Mientras tanto, el equipo de dirección y los más de cien empleados de Radio y TV Martí cada día otean el horizonte, en su sede de Doral, en busca de señales que les ayuden a imaginar el color de sus próximos días y el grosor de sus pensiones bajo una administración republicana. Por el momento, los dos jóvenes “interventores” que Trump nombró en enero no han soltado prenda sobre quién será el nuevo director ni cuándo tomará posesión del cargo. Es probable que ni siquiera los bisoños delegados lo sepan. Al menos, dieron esa impresión cuando visitaron Miami a principios de marzo.
Aunque hace rato que empezó la ronda de los aspirantes al cargo de director —media docena de recias personalidades del exilio cubano—, tanto en Washington como en Miami los herederos de Obama hacen como si no pasara nada. O mejor: como si esta incertidumbre disipara sus temores de despido y echara agua al molino de sus ambiciones: quedarse as long as they can.
Excolegas me dicen que asisten por estos días a una ofensiva de town halls, power points y reuniones donde observan ademanes gatopardianos —para que nada cambie esencialmente—. Un despliegue pirotécnico que la oficina de Office of Cuba Broadcasting (OCB) llama “revitalización” y cuyo fin parece ser borrar el lamentable balance de más de ocho años de dirección demócrata o acaso impedir que algún muckraker revele el singular recibimiento que la institución dio en noviembre al presidente electo.
Al estilo de Pravda
Ese mismo mes, pero de 1989, los cubanos no se enteraron por la prensa oficial de la caída del Muro de Berlín, acontecimiento histórico relevante del siglo XX. Nada que extrañe: tres años antes, en abril de 1986, los residentes de Pripyat y Chernóbil, actual Ucrania, tampoco supieron de la explosión ocurrida en la central nuclear V.I. Lenin, el desastre más grande en la historia de la energía nuclear. El diario Pravda determinó que no convenía a los intereses del proletariado publicar la noticia [según cuenta la premio Nobel Svetlana Alexievich en Voces de Chernóbil (2015), la gente se enteró a través de Radio Svoboda (Libertad)].
Lo que sí extraña, y a algunos puede que indigne, es que la censura ocurra en Estados Unidos, el país donde se rinde culto a la libertad de prensa y expresión. Radio y TV Martí acumula el deshonroso récord de haber sido el único medio de comunicación en el mundo que no informó de la victoria de Donald Trump la madrugada del 9 de noviembre. Solo en la mañana los noticieros lo hicieron; y al mediodía un periodista tuvo la iniciativa de transmitir el discurso.
¿Cómo se explica tamaña omisión? Todavía hoy día muchos se lo preguntan en corrillos en vista de la opacidad tradicional del lugar. Un supervisor recuerda claramente el momento en que, para su estupor, le dijeron que podía marcharse al filo de la medianoche, cuando los números favorables a Trump empezaban a revertir el pronóstico de las encuestas.
En realidad, allí como en tantos sitios del país, se esperaba que Clinton ganara por un buen margen. Para ese momento habían reacondicionado la sala de redacción y traído nuevos equipos como para dar más brillantez a la coronación de la primera mujer presidente. Una exejecutiva de Univisión recibió un jugoso contrato para que diseñara y dirigiera la cobertura electoral. Para desconcierto de muchos, no tuvo cierre: el portazo de medianoche marcó su cancelación.
La saga del silencio
Sin embargo, tampoco es como para regodearse en este episodio. Porque lleva precuela y secuela. La primera ocurrió en la madrugada del 22 de abril del 2000, cuando agentes federales armados asaltaron la casa donde residía el niño Elián González con sus tíos y lo sacaron de allí por la fuerza para entregarlo a su padre. Mientras el hecho se convirtió en Breaking News temprano en la mañana, la dirección de Radio y TV Martí decidió no dar la noticia, al parecer, por discrepar de la decisión del Immigration and Naturalization Service (INS).
La secuela ocurrió el 25 de noviembre del 2016. La muerte de Fidel Castro fue titular en todo el mundo. La mayoría de los medios había tenido sobrado tiempo para prepararse y ya tenía listos “paquetes” especiales con titulares, obituarios, artículos de fondo y galería de fotos. Eso se solía actualizar cada cierto tiempo como rutina obligatoria. Se consideraba tan importante, que en una ocasión las vacaciones de un jefe de Redacción de El Nuevo Herald fueron aprobadas con la condición de que dejara actualizado el paquete.
Por increíble que parezca, en un medio que en los últimos años ha contado con un presupuesto de entre 23 y 25 millones de dólares para dedicarse exclusivamente al tema cubano, en Radio y TV Martí no existía nada parecido (y si en algún momento lo hubo, esa madrugada no apareció). Sin que ningún jefe los convocara con urgencia por SMS, algunos periodistas se personaron en las instalaciones en la madrugada y allí armaron, a la carrera, la apresurada cobertura. El sábado 26 la sala de Redacción siguió tan desierta como cualquier fin de semana.
El acontecimiento del siglo, ansiado por tirios y lamentado por troyanos, transcurrió sin penas ni glorias. Y a otra cosa mariposa.
La misión extraviada
Atrapados en el laberinto de las incertidumbres, algunos se desesperan. Resienten que, a la vuelta de los años, la Misión por la que fue fundada la emisora en 1985 —a saber, “dar noticias e información con el fin de promover una sociedad abierta y plural”— haya quedado extraviada en alguna gaveta. Miran con nostalgia aquellos primeros años en que la programación —con un adecuado balance de noticieros, espacios de debate y análisis, y entretenimiento— logró captar el interés de la audiencia cubana y, al decir de algunos analistas, rompió el monopolio de la información.
Hoy la programación no es la sombra de sí misma. Y no porque falte experiencia ni talento; ni tampoco por causa de los yerros del director de turno (aunque estos nunca han faltado). Se trata, en realidad, de real politik.
El presidente Barack Obama impulsó un proceso de acercamiento entre Cuba y Estados Unidos que culminó con el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países. Durante aquellas conversaciones secretas que precedieron al anuncio el tema de Radio y TV Martí siempre fue parte de la agenda. La parte cubana exigió, entre otras demandas, el cese de las transmisiones, pero ello era imposible de conceder: ya en 2012 el Presidente había pedido al Congreso, sin éxito, que eliminara los fondos para TV Martí. Las transmisiones continuaron, pero el gobierno estadounidense buscó un acomodo.
La idea fue no incordiar innecesariamente a Raúl Castro. No suprimir las transmisiones sino hacerlas irrelevantes. Ello implicaba modificar la programación radial rebajando el peso específico de la información (la esencia de la Misión) y añadiendo material insustancial y ligero. Además, se suprimieron bandas con lo que disminuyó el potencial de penetración.
En conclusión, la presidencia de Barack Obama significó el desmantelamiento de una programación que ya había perdido el brillo de antaño.
Desguace de la radio
Como resultado de medidas diseñadas en Washington y Miami, la cantidad de bandas disminuyó sensiblemente: de siete en 2001 a dos en 2017; del bloque informativo diario, de 5 a 9 de la mañana, apenas quedaron boletines de 5 minutos; fueron eliminados los boletines diarios de cada media hora al igual que los noticieros de fin de semana. El estelar de las 11 pm —en el aire hace varias décadas— se acortó y en la media hora recortada se insertó un programa ya emitido en el día. Empleados con vasta experiencia radial fueron trasladados, inexplicablemente, a la web. Los programas de debate y análisis se redujeron al mínimo. Se repiten programas (hasta tres veces), incluso en horarios diurnos.
Aparte del desguace, un solo dato puede ejemplificar la inopia de la radio: la plataforma estrella cuenta con un solo reportero (sic). Por añadidura, no se analiza el estado de la radio cubana (la competencia) ni tampoco existen estudios sobre audiencia, mucho menos sobre efectos. Nadie recuerda que se haya producido, alguna vez, una discusión con el personal sobre calidad de la programación. Ni siquiera ocurrió cuando la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno (GAO, por sus siglas en inglés) y la Oficina del Inspector General (OIG, por sus siglas en inglés) del Departamento de Estado emitieron informes en 2009 y 2014, respectivamente, donde señalaban la falta de balance, objetividad e imparcialidad de la programación; el nepotismo y la prevaricación de gerentes; y el bajo estado de la moral entre los empleados.
Ciertas encuestas —no del todo confiables en las condiciones de vigilancia y control de la isla— hablan de que más del 20 por ciento de los interrogados sintonizan Radio Martí. Otras señalan que la cifra es apenas de un 2 por ciento. Pero incluso si tomáramos como cierto este último dato, sería con todo un resultado admirable, a juzgar por el esfuerzo sistemático, de la parte cubana, por interferir sus señales; y, de la parte estadounidense, por rebajar su perfil, romper hábitos de audiencia y mantener algunos programas realmente deplorables.
Mientras la radio ha sufrido este desmontaje a fondo, se destinan los mayores recursos financieros y humanos hacia televisión y la web, las plataformas menos relevantes para el interior de Cuba. Como se sabe, la señal televisiva de TV Martí es bloqueada o no se ve, salvo en contadas excepciones. En cuanto a martinoticias.com, este afronta la enorme limitación de la baja conectividad y su alto costo, además de los filtros y advertencias disuasorias en las instituciones oficiales: solo un mínimo de personas en la isla accede diaria o semanalmente al sitio.
La gran amenaza
No es la única de las incógnitas que flota por los corredores del laberinto. Desde hace años, y cada cierto tiempo, se destapa la idea de privatizar la institución.
La propuesta toma como referencia lo ocurrido con Radio Europa Libre y Radio Libertad, que transmitían durante la Guerra Fría para los países del Bloque del Este y la URSS, respectivamente. En la actualidad ambas emisoras, fusionadas, han pasado a ser empresas no gubernamentales, aunque con fiscalización y financiamiento federal.
Los impulsores de colocar a Radio y TV Martí en esa misma condición arguyen que podría desempeñarse con mayor credibilidad y utilizar más racionalmente los recursos, sin las ataduras de una institución federal (entiéndase: sin respetar salarios y beneficios ni tener que lidiar con el sindicato). Varios directores han adelantado la idea, quizás pensando en que podría resultar un pingüe negocio funcionar privadamente con asegurados grants anuales.
Varios proyectos de ley no han progresado, sobre todo, por la resistencia de los congresistas cubanoamericanos quienes temen que la privatización signifique menor compromiso de Estados Unidos con la democratización de Cuba. Pero los intentos no cesan: excolegas revelaron que recientemente hubo una nueva propuesta que se hizo llegar a los interventores de Trump.
Los empleados, desde luego, rechazan la “desfederalización”, pero pocos confían en un presidente, proveniente de la empresa privada, que prometió en campaña cortar el aparato estatal y que con un tuitazo puede desencadenar el pánico.
Menos iguales que otros
En uno de los mismos perdederos del laberinto, junto a los empleados federales —aunque con escritorios, salarios y beneficios mucho más reducidos— se encuentran los contratistas. En ciertos momentos sumaron casi la mitad de los trabajadores de la estación de Doral y sin ellos sobrevendría un apagón informativo. Muchos realizan las mismas tareas de los empleados federales, pero sin sus privilegios y, sobre todo, sin un sindicato que los defienda.
A ellos, en particular, les angustia la incertidumbre de estos días. Tradicionalmente, los contratistas han sido la franja más vulnerable a recortes y medidas arbitrarias. De hecho, salvo el affaire de los 16 empleados federales despedidos en 2009 —y que un árbitro federal determinó que retornaran a sus puestos, otorgándoles, además, los salarios acumulados de casi cuatro años—, estos casi nunca son despedidos, salvo en circunstancias de fuerza mayor.
Motivo añadido de irritación fue la decisión de trasladar la administración de sus contratos a una empresa privada de… ¡Washington! Desde fines de 2016 el gobierno federal paga a Chaise Management Group para que se ocupe de las nóminas, documentación, contratación y despidos, aunque la firma —fundada en el 2013— no tiene verdadera independencia y se limita a cumplir lo que le dicta la oficina local. Así, por ejemplo, si un contratista es despedido no se entera a través de sus supervisores in situ sino por una llamada telefónica desde Washington.
Lo cierto es que los contratistas, algunos con más de diez años en Radio y TV Martí, vieron rebajados sus salarios y modificados sus horarios. Al parecer, el dinero que se les recortó sirvió para sufragar la contratación de la firma. Con esta decisión aumentó aún más la distancia respecto de los empleados federales. Por ello tienen hoy sobradas razones para inquietarse.
Nuevos tiempos, nuevos retos
Las apuestas continúan. El cambio de mando, ¿será inminente o demorará? ¿Será para mejor o peor? Donde no hay dudas es en lo impostergable de una transformación radical, de arriba abajo y de lado a lado. Mientras exista en Cuba la necesidad de información sin censura, la Misión de Radio Martí permanece invariable. No obstante, sería un error desconocer que en la actualidad los cubanos disponen de más opciones informativas y de entretenimiento que 30 años atrás. El panorama ha cambiado bastante como resultado de la influencia de numerosos factores: turismo, visitas de emigrados, señales por satélite, circulación de USB, intercambio profesional, periodismo independiente, paquete semanal...
En tales condiciones, atraer y mantener audiencia resulta mucho más difícil. ¿Pero acaso eso no constituiría un acicate para afinar la programación y ponerla a tono con los tiempos? En eso, al menos, no hay discrepancias dentro del laberinto: de allí puede salirse, incluso sin hilo salvador.
Periodistas de Radio y TV Martí, que solicitaron permanecer en el anonimato, ofrecieron información y testimonios para este artículo. Sin embargo, las opiniones son de exclusiva responsabilidad del autor y se basan, en parte, en su experiencia como redactor de noticias (radio) durante un año y dos meses.
