Comenzaban los ochenta con un agresivo Reagan en la Casablanca y en Cuba el azote del diversionismo ideológico había bajado su listón. “Sospechosos habituales” como Roberto Carlos, Julio Iglesias y José Feliciano regresaban a las frecuencias radiales del patio. Los ideólogos nos permitían también un poco de música en inglés.
En la televisión oficialista, cada miércoles por la noche, durante algunos minutos, “Colorama” intercalaba videos capitalistas en la habitual programación parametrada. Poco a poco, aquellos cantantes de moda, de los que casi nada habíamos oído, se volvieron imprescindibles.
Cambiaron los gustos, se trazaron pautas. Aparecieron “estándares” necesarios para que una fiesta o baile valiera la pena. Si no se escuchaban tres piezas importantes, el jolgorio habría quedado en pura intención.: El primero de los temas obligados era del grupo Queen, del peor de sus discos, The Game: “Otro más que muerde el polvo”, cuyo estribillo se traducía en la versión “forrera” popular como “Abre las pata’ y goza”, letanía que se repetía a coro como acto de rebelión contra el control de los directores, padres y policías.
Unos negros, que después serían clasificados como raperos, defendían su presencia con un tema conocido como “El Berejé”, que veinte años después, mi hija me lo hiciera odiar, al repetirlo hasta el cansancio en una versión española que no lograba superar el original “Rappers Delight”, interpretado por Sugar Hill Gang. Pero el momento cumbre lo garantizaba Michael Jackson cuando arrancaba con su ritmo pegajoso en aquella canción donde, una y otra vez, “se le caía la trusa”.
Los jóvenes cubanos asimilaban todos los hits del momento adaptándolos a la misma forma de bailar, un estilo diferente al de las danzas cubanas tradicionales, que les permitía enmendar tantos años de sequía. Pero en el caso de Jackson se abandonaban las contorsiones nacionales para entregarse al frenesí de los pasos del rey del pop. No importa si era en la hora de recreación de la escuela al campo, la fiesta de la unidad militar o en el mejor cabaret de La Habana; los émulos del afroamericano de entonces remangaban sus camisas, bajaban sus cabezas y hasta gritaban a la misma vez que el ídolo en su grabación.
Michael Jackson, o “El Maikel” como popularmente se le clasificaba, pasó de una generación a otra sin darnos cuenta, era como una especie de disidencia consentida. Miles de cubanos reprodujeron su caminata lunar. Sus clips eran momentos venerados ante la pantalla hogareña. Cuando aparecieron los primeros reproductores Betamax en algunas casas, el “Thriller” de Jackson disputaba audiencias con Bruce Lee y James Bond. El performance a la usanza de Jackson se coló en los matutinos escolares y en los festivales de aficionados, compartiendo tarimas con los momentos épicos de mambises y rebeldes o las canciones de la Nueva Trova.
Un buen día dejamos de oírlo. La burla de los últimos tiempos se ensañaba en encontrarle similitudes con Dios: ni hombre, ni mujer, ni blanco, ni negro. Algunos de sus fanáticos, ya con hijos, trazábamos demarcaciones importantes entre las acusaciones que le perseguían y la responsabilidad familiar adquirida.
Hoy, cuando compruebo que han pasado 16 años de su absurda muerte, descubro que el tiempo lo ha devuelto al lugar que se ganó: fue el principio de nuestra rebelión: Vino junto con la Comunidad, Reagan, Radio Martí y Rocky Balboa. Enredó a todos; muchos pioneros de boina y pañoleta dejaron de querer ser como el Che para parecerse al falso general de lentejuelas y espejuelos Ray Ban. Agarrarse las partes pudendas del apretado jean dejó de ser un emplazamiento agresivo o el preámbulo de una bronca, para transformarse en un gesto de moda.
Recuerdo que entre los cubanos de todas latitudes pesó su pérdida. Tanto en Miami como en la Habana, más de uno, involuntariamente, trató de recuperar la memoria muscular de un viejo paso ensayado hasta el cansancio y de ese intento retornaron, casi niños, frente al espejo de la casa de los padres.
Envejecimos lo suficiente como para enterrar al “Maikel”, ese tipo que, junto a nosotros, fue botado de cada escuela, sancionado en cada asamblea y perseguido por los mismos militantes que a su ritmo bailaban mientras nos depuraban.