El camaleónico actor Robert De Niro está interpretando su peor papel. No sé si su mente lo guía en cada acto, o es parte de su nuevo personaje de supervillano que ensaya para ser el próximo sustituto del capo Vito Corleone en la saga de El Padrino, o acaso siente realmente esta simpatía por la dictadura cubana.

Dudo mucho que este espectacular actor esté tan desinformado al punto de no conocer que Miguel Díaz-Canel ni fue electo por el pueblo de Cuba ni admite diálogo alguno que se salga del hilo conductor de su actuación, muy orgánica, como dictador de nueva generación deformado totalmente por la doctrina comunista a lo Castro Ruz.

¿Merece esta estrella hollywoodense una oportunidad de perdón? ¿La total decepción y un aborrecimiento de por vida que provoca su coqueteo con estos asesinos se puede borrar si expresara una explicación “actuada y convincente” a todos los que padecen una dictadura?

Creo que no se puede olvidar este acercamiento, para nada ingenuo, de este máster de las artes escénicas. Es incomprensible en tiempos de Internet, Google o YouTube.

La información cubre casi cada átomo de este planeta. Entonces, cómo puedo creerle a De Niro después de sus palabras llenas de orgullo y admiración pronunciadas en New York, y mirándole a los ojos al fantoche que mandaron desde La Habana a mentir en la sede de la ONU y a bailar como una corista mal pagada en la ciudad donde José Martí luchó por Cuba.

El padrino, el mafioso Vito Andolini –personaje de ficción– es un bebé recién nacido ante los reales narcodictadores: Castro, Chávez, Maduro, Daniel Ortega, Evo Morales...

Su creador, el fallecido literato de la mafia, Mario Puzo, no tendría que hilar personajes ficticios si hubiera conocido bien a estos exterminadores de vidas en nombre de la justicia social.

Bastaba con hablar con prisioneros políticos o familiares de víctimas asesinadas por leyes comunistas para escribir libros que llenarían, otra vez, la biblioteca incinerada de Alejandría o saturarían las capacidades de almacenamiento modernas.

Se podría filmar una serie por los siguientes siglos con un único titulo: Horrores del Comunismo y sus Dictadores… temporada I, II, III, IV, V, XX… C, D, M, hasta el infinito.

No sé si el cáncer de próstata padecido por Robert De Niro (ojalá esté curado, no podemos igualarnos al enemigo) lo haya convertido en un rebelde a estas alturas por ver casi el final de su vida, donde llamar la atención como actor la tiene difícil por la juventud talentosa que está surgiendo y arrasando, como él lo hacía en sus buenos tiempos.

¿Será que a toda costa quiere seguir en los titulares del mundo porque siente que ya es desechable en un Hollywood que no perdona? Y menos compasión tiene el público, que olvida pronto.

Pero la necesidad de llamar la atención, justificada por sus dotes histriónicas e histéricas, y juntarse con canallas, es una elección y una decisión en extremo consciente.

Dudo que la ingenuidad viva en una mente como la de Robert De Niro, quien metió en un bolsillo al mundo, a los bancos y a generaciones enteras de admiradores, imitadores y fanáticos.

Ya no puedo tenerlo más como paradigma de la actuación. Lo siento mucho, pero Robert De Niro ya no atrae con sus palabras y mucho menos con sus actuaciones mezquinas.

Parece que retomara el primer personaje de su vida, el León Cobarde, que interpretó a los diez años en la obra El maravilloso mago de Hoz. Y debería hacer lo mismo que este personaje de su debut: pedirle valor al mago por su miedo constante. Pero tendría que rogar ahora por valores de justicia, vergüenza e integridad humana.

@IdaysiCapote

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

Deja tu comentario

Se está leyendo

Lo último

Encuesta

¿Está usted de acuerdo con un "alcalde fuerte" para la ciudad de Miami?

SI
NO
NO SÉ
ver resultados

Las Más Leídas