Por estos días, los medios de prensa de todo el mundo se hicieron eco de la repulsa de un segmento del pueblo cubano hacia el designado gobernante, Miguel Díaz-Canel, expresión del deterioro de la fe política en el régimen como garante de los problemas sociales: acentuados por el impacto del tornado en zonas de La Habana. De nada valieron las “promesas”, a sabiendas de su falsedad, de que sobrevendría un tsunami constructivo.

Ello reafirma que vivimos un redimensionamiento social en Cuba. Son palpables las fisuras entre el pueblo y el régimen, como lo reafirmó el rechazo de la opinión pública, dentro y fuera del país, a las barreras impuestas a la vocación solidaria de los cubanos. Es deplorable que se haya explayado a los policías por la calles, para evitar la ruptura de la mediación por parte del régimen en la entrega de la ayuda a las víctimas. Aun cuando más de 2 millones de personas fueron obligados a vivir fuera de sus fronteras, el castrismo, como hizo entre 1959-1990, nunca más volverá a fracturar al pueblo cubano.

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Poco a poco se exterminará la triada diabólica superhombre-hombre-bestia, base del castrismo, como del nazismo alemán, el stalinismo soviético o el fascismo italiano. Por eso, el país fue convertido en un Archipiélago, a la manera del gulag soviético, descrito en su novela por Alexander Solzhenitzyn. Apoyados en un ejército de exterminio institucionalizado, que abarcó, entre otras, a las Fuerzas Armadas, el Ministerio del Interior y a un batallón de organizaciones diseñadas para “vigilar y castigar”: PCC, UJC, CDR, FMC, ANAP.

La obra de Ernesto Guevara “El socialismo y el hombre en Cuba” (1965), aportó el concepto de hombre nuevo. Fue el pilar del proceso de depuración social que sobrevendría, marginando a las tipificadas por el régimen como bestias sociales, víctimas del encarcelamiento y la reclusión en campamentos de trabajo forzado, que fueron, además, objeto de calificativos alusivos a enfermedades o hasta animales, al ser bautizados, indistintamente, como gusanos o ratas.

El pasado 27 de enero ofrecí un conversatorio sobre el holocausto nazi, un día después del designado por las Naciones Unidas (ONU) por la liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, y al analizar el filme “El niño con el pijama de rayas”, que muestra una visión simplista sobre una de las páginas más sombrías de la historia, reparaba en una de las escenas en que un grupo de oficiales nazi ve una especie de comercial sobre un campo de concentración polaco, donde los prisioneros comparten su beneplácito al formarse en ellos a través del trabajo. Así es el caso de Cuba, un pueblo objeto de una monumental obra de construcción de un imaginario social que simula un sistema plagado de bondades.

La génesis del proceso capitalizado por Fidel Castro en 1959 –alejado en su devenir de un verdadero proceso revolucionario– supuso una ruptura de la constitucionalidad y fue expedito en su divorcio con la restitución de las dinámicas sociales expresadas por la constitución del 40. Supeditó todas sus instituciones a la ideología dominante, encargadas de demonizar el pasado histórico (1902-1959) y de elevar hasta dimensiones mitológicas al castrismo.

Cuba se ha convertido –apelando a Rafael Rojas– en paraíso de pocos e infierno de muchos. Pero los sistemas cerrados –totalitarios– adolecen de una problemática que deviene boomerang: el más mínimo desorden genera un efecto mariposa. Por eso, de nada valió que Díaz-Canel se deshiciera en justificaciones a través de las redes sociales, llegando a asegurar que “hay que entender que la gente puede reaccionar de forma irritada y con incomprensiones”, evadiendo así las causas de la reacción popular que, como era de esperar, la prensa oficialista cubana silenció.

Apelando a los argumentos del politólogo estadounidense Barrington Moore Jr. sobre los cambios sociales, el pueblo cubano comienza a sentir que no merece su actual situación y a visualizar salidas más allá del exilio. Por tanto, el conflicto entre la sociedad civil y el régimen se acrecentará, suscitándose brotes de rebelión, como en el caso del rechazo que recibió el designado gobernante cubano: solo demandarán de hechos puntuales que funcionen como detonantes.

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