Un día emblemático, el más importante para el ejército venezolano. Una expresión de orgullo militar revestida de solemnidad. Para quien dudaba de la decadencia y del desmoronamiento de la Fuerza Armada venezolana, el 24 de junio pasado la vacilación se despejó. La celebración de los 198 años de la Batalla de Carabobo se deformó en morisqueta, en un evento clandestino que evitó la masa militar y se ocultó del cielo abierto. Con la excusa de esperar el amanecer, Maduro sorprendió hasta a una parte del alto mando. En realidad durmió cerca del Campo. Aún sin luz del sol, sintiéndose protegido por la oscuridad, Maduro comenzó el desabrido acontecimiento que fue grabado para ser transmitido diferido en cadena nacional.

La celebración sin precedentes resultó en una mescolanza en la que es posible que hubiese más cubanos que venezolanos. Fue una breve puesta en escena que dejó a un lado el tradicional momento de las condecoraciones y se olvidó de la parada militar.

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Los cubanos le tienen prohibido a Maduro estar en un acto de masas con miembros de la FANB. Esta prohibición es conveniente para Maduro quien agradece ocultar su miedo con un argumento de seguridad. En adición a las medidas restrictivas, los militares que asistieron tuvieron que despojarse de su armamento. Prefiere Maduro dejárselo a los milicianos a cuya hipotética cifra de 4 millones, le entregará sus respectivas armas.

El fantasma del atentado y la certeza de un golpe, duermen con Nicolás Maduro. Sus miedos marcan la agenda que se va volviendo agitada en lo interno cuando se acerca el 5 de julio. Sin un liderazgo claro, con un Ministro de la Defensa que comprobadamente conspiró en su contra, la decisión de Maduro no se presenta fácil. Si lo deja, premia a Vladimir Padrino López, quien él sabe que conspiró. Pero si lo quita, quedará en las manos de otros enemigos militares. Que más temprano que tarde lo tumbarán.

Para evitar que eso ocurra, los cubanos optan la razzia. Por eso arrecian las desapariciones y torturas contra oficiales activos y retirados. A la parte de comunicaciones le dejan la preparación de montajes en un intento de demostrar fuerza. Pero no se puede tapar el sol con un dedo.

Necesariamente hay que destacar el efecto de las declaraciones del exjefe del Sebin Cristopher Figuera quien ya se encuentra en Estados Unidos, después de dos meses oculto en Bogotá. Los efectos de sus revelaciones se pueden medir directamente en la Fuerza Armada. Figuera, sin romper con Chávez, ataca la corporación criminal de Maduro y describe a pie juntillas la invasión cubana en Venezuela. Desde los pequeños detalles, Figuera fotografía la sumisión de Maduro a Raúl Castro y sus delegados. La traición se extiende a las riquezas de nuestro país las cuales son entregadas a las mafias conocidas que van desde los mismos cubanos, pasando por los terroristas, guerrilleros, narcotraficantes, hasta la familia presidencial con Nicolasito como capo heredero explotando oro venezolano para vendérselo al mismo Banco Central de Venezuela. Siempre con la tajada para la élite de intermediarios y los fondos para aceitar el engranaje de corrupción de funcionarios medios que garantizan que el sistema funcione. Un sistema que mantiene al pueblo doblegado, asustado, reprimido.

Una frase dicha a The Washington Post, es suficiente para que Figuera logre trasladarnos a la cotidianidad de Maduro: “Cualquier reunión podía ser interrumpida si Castro llamaba”. Después el asunto se puso peor, cuando los cubanos se encargaron de toda su agenda y establecieron “filtros-guardianes”, para evitar que alguien hablara con el usurpador sin que ellos lo supieran.

En 20 años han sido varias las situaciones que han colocado al chavismo y su corporación criminal en peligro de perder el poder. Lo particular ahora, es que pareciera una conspiración espontánea y generalizada. Sin liderazgo militar conocido. Tan es así que están torturando a varios que están presos desde hace años, como Raúl Baduel y Miguel Rodríguez Torres. Y es que no encuentran, no pueden controlar el descontento que ocupa el abanico completo de la jerarquía y de los componentes.

En estas circunstancias cobra más valor el liderazgo civil y se entiende la voluntad y la insistencia de Juan Guaidó de seguirle hablando a la Fuerza Armada venezolana.

Nada está escrito en el territorio de la FANB que se muestra tan descompuesta. Basta un ejemplo: la ministra de Prisiones, Iris Varela, exigió, así sin más, 30.000 rifles para ser entregados a prisioneros entrenados que constituyen su ejército privado.

Ese pútrido contexto debe haber llevado al anuncio de Figuera: “Por ahora el régimen nos sacó una morena. Pero eso puede cambiar rápidamente”.

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