Taiwán parece un país muy lejano, pero está más cercano de lo que vemos en el mapa: tiene que ver con el precio de los fletes, en el costo de los electrónicos, en la estabilidad de las cadenas de suministro y, en última instancia, en el empleo y la inflación en América Latina. El ensayo de Lin Chia-lung, quien es el canciller taiwanés, en Foreign Affairs (4 de febrero de 2026) nos recuerda que la solidaridad con Taiwán no es cuestión diplomática; es una forma de proteger nuestra propia prosperidad y seguridad.
La primera razón es moral y política, pero no por eso menos estratégica. A la sombra de una China comunista, Taiwán consolidó una identidad anclada en libertad, democracia, derechos humanos y Estado de derecho. Treinta años después de su primera elección presidencial directa en 1996, hoy tiene elecciones libres, transparentes y una sociedad civil viva. Esto nos importa porque Taiwán no solo “es” una democracia: se ha convertido en un manual práctico de cómo resistir la presión totalitaria moderna: coerción económica, infiltración política, guerra psicológica, campañas de desinformación y amenazas militares al umbral de la guerra. China no está jugando.
Lo que Pekín despliega contra Taiwán no es una “diferencia histórica”, es un proyecto de expansión coercitiva. China quiere que el mundo se acostumbre a dos ideas: que el comercio puede intimidarse con ejercicios militares y provocaciones; y que las lealtades diplomáticas se compran con dinero y se aseguran con infiltración. Cuando eso funciona en África, en Centroamérica o en el Indo-Pacífico, crece la influencia estratégica china y se erosiona el orden internacional basado en reglas. Si el expansionismo autoritario se tolera, tarde o temprano convierte a los países medianos en súbditos del comunismo.
La segunda razón, la que debería sacudir a cualquier funcionario latinoamericano, es geográfica. Taiwán está sobre una de las vías marítimas más sensibles del planeta: el Estrecho de Taiwán, que divide a China de Taiwán. El texto del canciller taiwanés subraya un dato impactante: aproximadamente 50% de los buques portacontenedores del mundo pasan por ahí. Cuando China incrementa ejercicios militares sin aviso, o realiza hostigamiento militar, no está “solo” enviando señales. Está elevando el riesgo de un shock comercial: seguros más caros, desvíos de rutas, demoras logísticas y volatilidad de precios. Y esa factura llega a Latinoamérica en forma de inflación importada, encarecimiento de bienes intermedios y pérdida de competitividad exportadora.
La tercera razón es todavía más dura: Tecnología. Taiwán no es una economía más; es el corazón físico del mundo digital. El canciller Chia Lung lo plantea en cifras que explican la gravedad: Taiwán fabrica alrededor de 60% de los semiconductores y más de 90% de los chips avanzados del mundo; y en 2025 habría producido 90% de los servidores de IA. Esa combinación convierte a Taiwán en un punto estratégico para la confiabilidad de todas las cadenas globales. En el siglo XXI, quien controla los chips avanzados y la infraestructura de IA no controla “un sector”: controla productividad, defensa, innovación y capacidad de imponer estándares.
¿Y América Latina? En una situación crítica: En el cruce entre dependencia tecnológica y aspiración industrial. Si México y otros países quieren consolidar nearshoring, manufactura avanzada y exportaciones competitivas, necesitan cadenas de suministro predecibles. Un Estrecho de Taiwán inestable nos encarece componentes, frena ensamblaje, golpea la industria automotriz y electrónica, y reduce inversión. Y si la región pretende digitalizar servicios públicos, fortalecer ciberseguridad, incorporar IA en salud, finanzas o educación, necesita hardware y cómputo accesibles. Un Taiwán debilitado, aislado o, peor, capturado por coerción política, dispara el riesgo de escasez, sobreprecio y dependencia forzada.
¿Qué pasaría si Taiwán es atacado por China? Cuatro impactos son inmediatos. (1) Shock logístico global: el Estrecho como “peaje geopolítico” eleva costos para todos. (2) Monopolio o captura tecnológica: la capacidad de condicionar el acceso a chips y servidores se vuelve palanca de presión adicional. (3) Premio al uso de la fuerza: si la coerción comunista les funciona, se vuelve modelo replicable. (4) Erosión de resiliencia democrática: se normaliza la idea de que infiltración, desinformación y castigo económico son herramientas legítimas para someter a un vecino. Esa normalización afecta también a las naciones latinoamericanas, que ya enfrentan polarización y campañas de influencia.
En este punto entra Estados Unidos, como pieza central de disuasión y arquitectura industrial. El planteamiento taiwanés es que su diplomacia debe moverse hacia una diplomacia de valor agregado: ofrecer seguridad, prosperidad y conocimiento práctico a sus socios. Y Washington lo entiende porque ve el problema con la misma lente: no basta con discursos; hay que construir una alianza sólida.
“En 2026, Washington y Taipéi amarraron su Diálogo de Prosperidad Económica a la ‘Pax Silica Declaration’: una arquitectura para asegurar chips, IA, minerales críticos y logística bajo estándares de aliados confiables. En otras palabras: Taiwán dejó de ser solo ‘una causa’ y pasó a ser una pieza de disuasión económica, porque quien controla el silicio (materia prima de los microchips) controla la productividad y la innovación.”
Reuters reportó que en el marco de ese diálogo se firmaron declaraciones vinculadas a cooperación económica y a la Pax Silica Declaration, como parte de un esfuerzo liderado por EE. UU. para asegurar cadenas de suministro de IA y semiconductores en competencia con Pekín.
El mensaje para América Latina es que la neutralidad pasiva ante la coerción y el hostigamiento no es prudencia; es una invitación. Un Taiwán fuerte e independiente reduce el riesgo sistémico del comercio y la tecnología; abre opciones para diversificar cadenas de suministro y evitar dependencias forzadas; y sostiene un orden donde las rutas marítimas y los chips no serán herramientas de chantaje. Nos debemos cuestionar seriamente si la región entiende que la prosperidad depende de reglas, rutas y tecnología, y que Taiwán es un nodo crítico de las tres.