Me recibió junto a su esposa Rosa Arellano de Cárdenas en su casa en Key Biscayne. Fue su prima Ileana Arango Cortina quien insistió para que no quedara fuera de esta serie de entrevistas y se lo agradezco. Conversamos toda una tarde y luego cenamos en el Key Biscayne Yacht Club que conserva algo, tanto por el paisaje como por su clientela, de aquellos antiguos clubes de La Habana que facilitaban los vínculos social, profesional y recreativo entre miembros.
Quedé muy sorprendido por la excelente memoria de Néstor, su locuacidad, vivacidad y, sobre todo, el brío con que explica cada etapa de la Historia con mayúsculas que le tocó vivir. Es de los pocos cubanos de otros tiempos que viven todavía, y son la sencillez y elegancia natural sus rasgos distintivos. Tiene en su haber varios libros como el reciente Why Cuba matters, que celebró el actual secretario de Estado, Marco Rubio.
En todos estos textos, Néstor Carbonell estudia y reflexiona con rigor acerca de lo que sucedió en Cuba, las razones y las consecuencias de los dolorosos acontecimientos de 1959. Lo hace con precisión y ofrece siempre datos y pruebas fehacientes sobre todo lo que revela. No se es vicepresidente de relaciones internacionales y abogado de Pepsi-Cola durante cuatro décadas por pura casualidad. Su probada calidad intelectual salta a la vista y así lo percibí apenas comencé esta entrevista. Puedo afirmar que ha sido un auténtico lujo conocerlo.
Cuéntanos de tus orígenes.
Nací en La Habana en 1936 (al igual que mi única hermana, Maitá Carbonell Cortina, un año después), en un hogar muy arraigado en la historia, la cultura y la política de Cuba. Mi padre, Néstor Carbonell Andricaín, fue presidente de la Cámara de Representantes, senador y vicepresidente del Partido del Pueblo Libre, que se opuso al golpe militar de Batista y trató de evitar, por la vía electoral, la tiranía comunista de Fidel Castro en 1959. Era hijo de América Andricaín y de José Manuel Carbonell Rivero.
Mi abuelo paterno, José Manuel Carbonell, fue impregnado de patriotismo por su padre, Néstor Leonelo Carbonell, veterano de la guerra de 1868 contra la metrópoli española, y quien, como presidente del Club Ignacio Agramonte en el exilio, invitó a Martí para que se dirigiera a los numerosos emigrados cubanos en Tampa en 1891. Fue allí que el apóstol pronunció sus célebres discursos Para Cuba que sufre y Los pinos nuevos. Impactado por Martí, mi abuelo José Manuel regresó a Cuba en 1896, cuando tenía 16 años, para luchar en la guerra final de independencia. Posteriormente, fue embajador de Cuba en México, presidente de la Academia Nacional de Artes y Letras, y autor de Evolución de la cultura cubana, obra en 18 volúmenes.
Por el lado materno, mi madre fue Esther Cortina Corrales, hija de María Josefa Corrales y de José Manuel Cortina García. Este otro abuelo José Manuel, había nacido en San Diego de Núñez, provincia de Pinar del Río, y era hijo de un agricultor de ascendencia vasca. Fue abogado, periodista, representante de la Cámara Baja y senador. También secretario de la Presidencia bajo Alfredo Zayas Alfonso, secretario de Estado en el gobierno de Miguel Mariano Gómez (1936) y ministro de Estado en el gobierno constitucional de Batista (1940-1942). En la Convención Constituyente de 1940, bajo la presidencia de Carlos Márquez Sterling, fue líder de la mayoría y dirigió la Comisión Coordinadora que tuvo bajo su mando la defensa y redacción final de la Constitución de 1940. Cortina fue también colono y ganadero, propietario de la finca La Luisa en Arroyo Naranjo, cerca de La Habana, y de la hacienda Cortina en Pinar del Río, dedicada a la ganadería, la siembra de tabaco y frutales y a la maderería. Fue en un valle de esa hacienda, confiscada por el régimen de Castro, que el 15 de octubre de 1962 un avión de reconocimiento U-2 de Estados Unidos fotografió la primera de las bases soviéticas de misiles ofensivos en Cuba que desató la crisis mundial.
Curiosamente, mis dos abuelos nacieron en 1880, se distinguieron en la cultura y la alta política uno como poeta y faro intelectual, y el otro como tribuno y estadista y ambos murieron exiliados en Estados Unidos, añorando el cielo de la patria libre.
¿Cómo fue tu infancia en Cuba?
Imagínate, rodeado de padres, tíos y primos, en el seno de una familia muy unida en la que mi abuelo José Manuel Cortina fungía como patriarca y en cuya residencia, en la calle 27 y K en el Vedado (confiscada por el régimen de Castro y cedida a la Federación Estudiantil Universitaria), nos reuníamos religiosamente todos los domingos para almorzar en familia. Mi abuelo y los mayores conversaban sobre temas históricos y de gran actualidad, evocando vívidas experiencias y muchas anécdotas relevantes. Los muy jóvenes en la mesa escuchábamos con creciente interés. Ya en la adolescencia, opinábamos e interveníamos directamente en los debates. Para mí esos almuerzos fueron auténticos seminarios políticos y culturales que complementaron mi educación y mis actividades deportivas y sociales en los clubes. Asimismo, estimularon mi interés en la vida pública y me prepararon para afrontar los enormes retos que surgieron a la caída de la República. Pero por encima de todo, esas inolvidables sesiones de familia grabaron en mi mente que con los privilegios van también las responsabilidades cívicas, patrióticas y morales.
Nací en esa casa del Vedado. En plena niñez, mis padres se mudaron a otra en la calle 14, entre 1ra. y 3ra., en Miramar, y finalmente, para la manzana de Quinta Avenida, entre las calles 40 y 42, en la cual la familia fabricó cuatro casas. La nuestra era la de la esquina en la calle 40 y Quinta Avenida, seguida de la residencia de mis tíos José Manuel Cortina Corrales y su esposa Cusa Macías, que colindaba con la de mis tíos Humberto Cortina Corrales y María López Sánchez y sus hijos Humberto y Mara. En la misma esquina de la calle 42 y la Quinta Avenida, justo enfrente de la marmórea La Copa, que dio nombre a esa parte de Miramar, se encontraba la casa de mis tíos Enrique Arango Romero y su esposa Ofelia Cortina Corrales, padres de Ileana Arango Cortina y de Ofelia y Eduardo Arango Cortina.
La casa de la otra esquina de Quinta Avenida y calle 40, manzana siguiente a la nuestra, era de mis abuelos José Manuel Carbonell Rivero y su esposa América Andricaín.
¿Y tu escolaridad?
En Cuba, mi escolaridad primaria se desarrolló en la academia Ruston, un colegio bilingüe inglés-español en El Vedado, hasta que, llegado al bachillerato, mis padres me enviaron al Graham-Eckes School de Palm Beach (Florida) para que me independizara, consolidara mi inglés y ampliara mi cultura. Graham-Eckes era un colegio mixto, y sus estudiantes tenían acceso a los principales centros artísticos y literarios de la ciudad. Coincidieron conmigo en el colegio otros alumnos cubanos. Recuerdo que entre ellos se encontraban Ramiro Montalvo, Francisco de la Cámara y Rodolfo Nodal Tarafa.
¿Dónde te encontrabas cuando ocurrió el golpe de Estado de Batista en 1952, y cómo reaccionaron tú y tu familia?
Yo estaba en Palm Beach finalizando mis estudios en Graham-Eckes, muy preocupado cuando me llegó la noticia del golpe de Estado y no pude comunicarme de inmediato con mi padre, senador por el partido del gobierno depuesto de Carlos Prío Socarrás. Supe después que mi padre se había reunido con el presidente Prío, días antes del golpe, en la finca La Chata que este tenía en las inmediaciones de la capital para discutir asuntos relacionados con las elecciones generales que debían celebrarse tres meses después.
Para mi padre y otros líderes vinculados al gobierno de Prío, el golpe militar fue una sorpresa que los disgustó y alarmó por la ruptura constitucional que produjo y por sus graves consecuencias. Mi padre decidió permanecer en La Habana abogando por una salida pacífica y democrática a la dictadura de Batista. Habiendo fracasado los intentos de conciliación que propiciaron el Diálogo Cívico en 1956 y la Comisión Interparlamentaria en 1957, al igual que las fallidos complots insurreccionales fraguados contra Batista durante ese período, mi padre y otros congresistas apoyaron la iniciativa de fundar en 1958 el Partido del Pueblo Libre (presidido por Carlos Márquez Sterling, con mi padre de vicepresidente), para oponerse al posible continuismo de Batista con su candidato Rivero Agüero, y evitar que Cuba cayese en el totalitarismo de Fidel Castro con sus nexos comunistas. Fracasó este último intento electoral, en el que Márquez Sterling figuraba a la vanguardia en las encuestas, por fraude de Batista y violencia desatada por Castro para lograr la abstención de gran parte del electorado.
Interesante lo que el embajador de la Argentina en Cuba, Julio Amoedo, le contó a mi padre sobre ese funesto desenlace. Cuando el embajador y Fidel Castro volaban juntos a Buenos Aires en 1960 para asistir a una conferencia económica, Castro le dijo: “Nosotros nunca nos fijamos en los demás adversarios nuestros. Era a Márquez Sterling a quien le temíamos. Si él hubiera ganado, yo no estaría volando con usted.”
¿Qué hiciste tú después del golpe militar de Batista en 1952?
Decidí regresar a Cuba después de graduarme cum laude de bachiller en Graham-Eckes, a pesar de ser admitido por Harvard para continuar mis estudios universitarios, porque dada la situación en Cuba, deseaba poder ejercer como abogado allí cuanto antes. Me matriculé entonces en la universidad privada habanera de Villanueva y obtuve mi doctorado en derecho en 1957. Fue entonces que me fui un año a Harvard para recibir una maestría en leyes (LL.M).
Recuerdo que, en 1956, cuando estudiaba en Villanueva, hubo un encuentro frente a nuestra aula entre una delegación de la FEU de la Universidad de La Habana y la nuestra. Pretendían ellos, que habían provocado el cierre de su universidad para dramatizar la repulsa a Batista y crear el caos, que hiciéramos lo mismo en la nuestra. Le contestamos que nosotros estábamos contra la dictadura de Batista, y así la habíamos manifestado por escrito y por radio, pero que no trataríamos de forzar el cierre de nuestra universidad ni de crear disturbios allí. Continuaríamos luchando sin dejar de estudiar. Esta decisión tuvo serias implicaciones para nosotros poco después de la llegada de Castro al poder, como te comentaré después.
¿Qué sucedió en el seno de tu familia en enero de 1959?
Desde 1958, mis padres le habían alquilado nuestra casa en Quinta Avenida y 40 al embajador de Argentina en Cuba, Julio Amoedo, y nos habíamos ido a acompañar a mi abuelo Cortina en su residencia, en 27 y K, en el Vedado. Al amanecer el 1ro. de enero de 1959, tras la huida de Batista y parte de su gobierno, mis padres y yo logramos convencer a Cortina de pasarnos esa noche, por precaución, en el Hotel Rosita de Hornedo en Miramar, ya que su casa estaba muy cerca del epicentro revolucionario de la Universidad de La Habana.
Ese día, mi abuelo fue invitado por el general del Ejército Eulogio Cantillo Porras a una reunión de emergencia en el Palacio Presidencial con el magistrado más antiguo del Tribunal Supremo, Carlos Manuel Piedra, a quien de acuerdo con el artículo 149 de la Constitución de 1940, le correspondía asumir la presidencia provisional de la República en ausencia del presidente, vicepresidente y del presidente del Congreso. Presentes en esa junta estuvieron también otras distinguidas personalidades de gran experiencia y limpio historial como Gustavo Cuervo Rubio, Raúl de Cárdenas, Ricardo Núñez Portuondo y Enrique Loynaz del Castillo. El propósito era constituir un gobierno provisional bajo Piedra que restableciese las garantías constitucionales requeridas para poder celebrar elecciones generales lo antes posible.
Solo faltaban en Palacio los otros miembros del Tribunal Supremo para que Piedra tomase posesión del cargo bajo juramento. Lamentablemente, sus colegas no aparecieron alegando que la revolución era fuente de derecho y que, por lo tanto, la transición constitucional no era aplicable. Se perdió así la última oportunidad de evitar el desplome total de la República, incluyendo la rendición del ejército acéfalo. Este vacío le permitió a Castro sentar las bases de su autoritarismo en un plazo muy breve.
¿Crees que se conocían ya las intenciones de Fidel Castro?
Muchos políticos sabían de sus antecedentes gansteriles y de sus inclinaciones radicales, pero no de sus nexos secretos con los comunistas y Moscú. Aun los mejor informados no estaban muy alarmados. Me contó el hijo de Carlos Márquez Sterling, Manuel, que cuando su padre trató de convencer al expresidente de Cuba Carlos Prío Socarrás de que debería alejarse del movimiento castrista por el peligro comunista/soviético, él le contestó que el radicalismo de Fidel era controlable y no llegaría a esos extremos. “¿Y si fallas en tus cálculos?”, le preguntó Márquez Sterling. “Eso no lo permitirían los Estados Unidos”, le contestó Prío. “¿Y si lo permiten?”, insistió Márquez Sterling. “Entonces estamos jodidos”, respondió Prío.
Y en tu caso personal, ¿cuándo empezaste a desconfiar de las intenciones de Castro y el nuevo régimen?
Aparte de mis sospechas iniciales, acrecentadas durante su ataque al cuartel Moncada en 1953, corroboré su rumbo autoritario, y lo sufrí en carne propia, a partir de su llegada triunfante al poder en enero de 1959. Y es que una de sus primeras leyes, la No. 11, vino a anular los títulos universitarios otorgados por Villanueva y otras universidades cubanas después de que la FEU forzara el cierre de la Universidad de La Habana. Como conté anteriormente, esa fue la venganza de Castro y sus secuaces contra los que, como nosotros, nos opusimos a la clausura de Villanueva.
La intensa campaña de protestas que se lanzó contra esa arbitraria medida, con el respaldo del Diario de la Marina y otras organizaciones, no dio resultado. Es por eso que el Diario, enterado de que el muy influyente arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Enrique Pérez Serantes, que le había salvado la vida a Fidel Castro después del asalto al Moncada, se encontraba de visita en La Habana, logró que nos recibiera a Enrique Llaca Orbiz y a mí. En nuestra reunión privada con él, le explicamos todo lo que había sucedido. El arzobispo escuchó atentamente nuestro relato y nos dijo: “Todas las revoluciones, incluyendo las grandes como la nuestra, cometen a veces excesos e injusticias, pero no por eso debemos condenarlas si saben rectificar a tiempo. Déjenme ver lo que puedo hacer”. Varias semanas después de esa reunión, el régimen dictaminó que, habiendo estado vigente la ley por un tiempo, se daba ya por cumplida. Creo que ese fue uno de los pocos casos en que Castro revocó una de sus leyes, y pudimos nosotros ejercer nuestra profesión.
¿Tuviste otros problemas con el nuevo gobierno?
Por supuesto. A la luz no solo del incidente de la Ley 11, sino de los fusilamientos y las violaciones constantes de los derechos humanos, me di cuenta de que el país había caído bajo la férula de un gobierno autoritario. Por eso publiqué el 7 de marzo de 1959, en una pequeña sección juvenil del Diario de la Marina, un artículo titulado “La nueva República”, en el que esbocé dos temas centrales: el imperio de la ley y la Constitución de 1940 como programa revolucionario. A los seis días, el 13 de marzo, en un discurso frente a Palacio, Castro aludió a esos puntos, sin mencionar mi nombre, afortunadamente. Dijo él: “Nos hablan mucho de la ley, pero ¿de qué ley? Para la ley de antes que hicieron los intereses creados, ningún respeto…. Para la ley de ahora que vamos a hacer nosotros, todo el respeto”. De la Constitución (de 1940) podemos hablar los que la hemos defendido… Pero si un artículo resulta inoperante o demasiado viejo, nuestro Consejo de Ministros lo transformará, cambiará o sustituirá…”. Aunque no muchos se dieron cuenta, el mensaje de Castro fue muy claro: la ley era él.
Yo ejercía entonces como abogado en el bufete Cortina en el Vedado que dirigía mi tío Enrique Arango, y estaba al tanto del rumbo cada vez más totalitario del régimen. Esto lo pude comprobar estudiando la Ley de Reforma Agraria publicada en mayo de 1959. Nos enteramos después que esa ley no fue elaborada por el ministro de Agricultura Humberto Sorí Marín, sino por el gobierno paralelo marxista de Castro.
Todos los sectores afectados por la Ley de Reforma Agraria, incluyendo los hacendados y los colonos, se reunieron por separado para analizar sus implicaciones. Yo asistí a la reunión de la Asociación Nacional de Ganaderos el 24 de mayo, en representación de mi abuelo Cortina que había sido presidente de la Asociación y se encontraba enfermo. Observando en la sesión que no se acababa de precisar el verdadero propósito de la Ley y sus nefastas consecuencias para el país, pedí la palabra y enfaticé que lo que estaba en juego no eran caballerías de tierra más o menos. Lo que pretendía el régimen era algo mucho más grave: la colectivización agraria, el despojo y eliminación de la propiedad privada, así como la destrucción de la libre empresa. Concluí mi análisis con esta exhortación: “Ganaderos de Cuba, de pie, porque si no se yerguen, serán arrasados por la avalancha incontenible del intervencionismo estatal”.
Muchos aplaudieron, pero algunos insinuaron que yo era un agitador o alarmista. Saltó en mi defensa el prominente ganadero camagüeyano Justo Lamar Roura, y con el apoyo de la mayoría, la Asociación me pidió que redactase en su nombre una declaración pública impugnando la Ley de Reforma Agraria.
Este episodio tuvo sus consecuencias. A mediados de agosto de 1959, algunos ganaderos involucrados en la primera gran conspiración contra el régimen de Castro, incluyendo al presidente de la Asociación, Armando Caíñas Milanés, y mi primo Eduardo Arango Cortina, fueron arrestados y condenados a prisión. Aunque no participé en la conspiración, fui detenido y sometido a intenso interrogatorio en el Estado Mayor Conjunto del Ejército por el fiscal Juan Nuiry Sánchez y dos ayudantes. Sostuve que yo no conspiré ni oculté nada. Todos mis pronunciamientos en contra de la Ley de Reforma Agraria fueron públicos y basados en la Constitución de 1940 que Castro prometió cumplir. Lo cierto es que, al final, Nuiry me dejó ir, pero advirtiéndome que en lo adelante me tendrían en la mirilla.
¿En qué momento decidiste irte de Cuba y por qué?
Yo seguí escribiendo en contra del régimen después de mi detención, pero sin divulgar mi autoría. En septiembre de 1959, escribí un ensayo titulado “Hacia dónde vamos”, comparando las medidas recomendadas por Marx y Lenin para comunizar un país con las adoptadas por el régimen de Castro durante los ocho primeros meses en el poder. Algunas secciones de ese trabajo anónimo fueron publicadas después en El Diario de la Marina. Y en mayo de 1960, el ex pimer ministro de Cuba, Manuel Antonio (Tony) Varona, ya en el exilio, me pidió que redactara las “Bases doctrinales para la lucha contra el régimen comunista de Cuba”, que él incorporó en su manifiesto emitido en Caracas. Y fue el propio Tony quien me pidió que me exiliara en Miami para ser su asistente ejecutivo. Así lo hice el 17 de junio de 1960.
¿Cómo fueron tus primeros años de exilio y de qué manera continuaste luchando contra el régimen de Castro?
A mi llegada a Miami, me incorporé en el Frente Revolucionario Democrático (FDR) de Miami, recién fundado por Tony Varona (coordinador) y otros líderes anticastristas con apoyo estadounidense a través de la CIA. Trabajé en la Comisión de Planificación del Frente encargada de sentar las bases para la transición en Cuba pos-Castro, incluyendo el marco constitucional basado en las partes aplicables de la Carta de 1940. Y en febrero de 1961 me alisté en la Operación 40 de la Brigada 2506, cuya misión era desembarcar en Cuba y ocuparse de la administración interina de las ciudades que la brigada fuese liberando.
Recibí entrenamiento en un campamento militar en Guatemala. Allí nos visitó José Miró Cardona, presidente del recién fundado Consejo Revolucionario de Cuba, que logró integrar una gran coalición con el Frente de Tony Varona y otras organizaciones. Miró Cardona me informó en privado que el coronel Frank, jefe militar del campamento, le había asegurado que la brigada tendría plena cobertura aérea durante el desembarco, y que contaría con fuerzas militares adicionales de Estados Unidos y otros países cuando el gobierno en armas del Consejo se estableciese en una cabeza de playa. (Según Miró, esto le fue ratificado posteriormente por Adolf A. Berle, designado por Kennedy jefe del Latin American Task Force).
¿Desembarcaron en bahía de Cochinos?
A principios de abril de 1961 todos los brigadistas fuimos trasladados a Puerto Cabezas, Nicaragua, para abordar los barcos que nos llevarían a Cuba. El mío, Lake Charles, con parte de la Operación 40 y el equipo médico, que fue incluido porque el barco hospital prometido nunca apareció, zarpó con retraso. Cuando llegamos a las inmediaciones de la bahía de Cochinos, seleccionada para el desembarco de la brigada porque Kennedy había rechazado a última hora el puerto de Casilda, cerca de Trinidad, recomendado por la CIA y el Pentágono, nos ordenaron no desembarcar hasta recibir nuevas instrucciones. La orden de desembarco nos llegó dos días después, pero cuando aviones jets de Estados Unidos indicaron que la playa estaba perdida por falta de municiones, la orden fue cancelada. El abandono inexcusable de la brigada y la imposibilidad de varios barcos, incluyendo el nuestro, de desembarcar, ocurrió teniendo los Estados Unidos en las cercanías de bahía de Cochinos una armada lista para apoyar a los heroicos brigadistas, que incluía dos portaaviones –el Essex con jets y el Boxer con helicópteros–, más de 12 destructores y un submarino.
¿Vino entonces la retirada y el regreso a Miami?
Nuestro regreso fue bastante tormentoso por la falta de provisiones en el barco y los cambios súbitos de dirección: primero rumbo a Puerto Cabezas, luego hacia la isla de Vieques, finalmente a Puerto Cabezas. Por un instante pensamos que querían deshacerse de nosotros. Algo similar les pasó a los miembros del Consejo Revolucionario, que fueron encerrados e incomunicados en Opa-Locka durante la invasión a bahía de Cochinos. Esto dio lugar a que Tony Varona les dijera a los guardias: “No sé si seguimos siendo vuestros aliados, pero yo al mediodía salgo de aquí como sea”.
Pero lo que más me afectó a mí, aparte del desastre de bahía de Cochinos, fue la noticia del fusilamiento de Manuel Puig Miyar, casado con mi prima Ofelia Arango Cortina, y de Antonio Ramírez Méndez, sobrino de mi abuela materna María Josefa Corrales de Cortina, así como el encarcelamiento de mi primo brigadista Humberto Cortina, herido cerca de bahía de Cochinos. Humberto coincidió en prisión con nuestro primo Eduardo Arango Cortina y con Ramón Puig Miyar, esposo de nuestra prima Ileana Arango Cortina. Desde el punto de vista estratégico, las consecuencias del descalabro de bahía de Cochinos fueron gravísimas: se resquebrajó la resistencia interna contra Castro, y este cobró fuerzas en todo el hemisferio por haber derrotado al “imperialismo yanqui”.
¿Participaste después de bahía de Cochinos en la Conferencia de Cancilleres de Punta del Este en la que se expulsó al régimen de Castro de la OEA?
Sí, tras regresar a Miami y recuperarme de una infección intestinal, Miró Cardona me designó representante especial del Consejo Revolucionario de Cuba ante la OEA. Mi misión, con el asesoramiento y apoyo de distinguidos compatriotas, incluyendo mis dos abuelos, fue coordinar la estrategia diplomática para sancionar al régimen de Castro y expulsarlo de la organización en la Conferencia de Cancilleres que se celebró en Punta del Este, Uruguay, del 22 al 31 de enero de 1962. Esto resultó muy difícil, porque tuvimos que contrarrestar la oposición de Argentina, Chile, Brasil y México, que, con el beneplácito de Washington, solo aceptaron declarar que el régimen marxista-leninista de Castro era incompatible con el sistema interamericano, pero sin expulsarlo de la OEA, lo que le hubiera permitido mantener todos los derechos y protecciones otorgados por el organismo regional. Aun con el zigzagueo de Kennedy y su secretario de Estado, Dean Rusk, evitamos esa farsa, logrando los 14 votos requeridos (dos tercios) gracias principalmente al liderazgo del canciller de Colombia, José Joaquín Caicedo Castilla, y al voto decisivo de Uruguay.
¿Cuál fue tu papel durante la Crisis de los Misiles, y qué consecuencias tuvo el desenlace?
Representé al Consejo Revolucionario en el Congreso, alertando a los legisladores de la creciente amenaza soviética en Cuba. Pese a los informes alarmantes del director de la CIA, John McCone, sobre los misiles soviéticos que estaban llegando a Cuba, Kennedy continuó alegando que eran defensivos y suspendió los vuelos de reconocimiento sobre áreas sospechosas para evitar una confrontación con Moscú. En esas circunstancias, Tony Varona y yo sembramos la idea con un grupo bipartidista de congresistas de adoptar una resolución conjunta para romper el impasse. La idea llegó a cobrar fuerza bajo el liderazgo del presidente del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado, Richard B. Russell, y la resolución obligando a Washington a prevenir la instalación en Cuba de toda base militar que pusiera en peligro la seguridad de Estados Unidos fue adoptada como ley por el congreso y firmada por Kennedy el 3 de octubre de 1962. Esto obligó al presidente a autorizar el vuelo de reconocimiento que fotografió la base de misiles soviéticos en la hacienda Cortina en Pinar Río que, como comenté anteriormente, desencadenó la crisis y dio lugar al bloqueo de Cuba.
Se pudo evitar una guerra nuclear, pero debido a la tardía reacción de Kennedy, después de que la Unión Soviética había emplazado en Cuba 42 misiles de alcance medio, y tenía más de 40.000 soldados y técnicos militares en la Isla, el Pacto Kennedy-Khrushchev que se firmó tuvo graves consecuencias para Cuba y el mundo libre. Moscú retiró sus misiles ofensivos de Cuba mientras que Washington retiró sus misiles Júpiter de Turquía e Italia, se comprometió a no invadir a Cuba ni a permitir acciones militares contra el régimen de Castro, y de hecho le permitió a la Unión Soviética permanecer en la Isla y convertirla en una base para subvertir a las Américas, África y otras regiones durante más de 50 años.
¿Qué hiciste después?
Presintiendo que, como resultado de ese pacto funesto, se aplazaría indefinidamente la ansiada liberación de Cuba, decidí explorar oportunidades profesionales en Nueva York. Comencé a trabajar como abogado en la compañía farmacéutica Schering, en Nueva Jersey, en 1964, y al año siguiente, conocí en Manhattan a Rosa Arellano de Cárdenas, cuyo abuelo paterno, exvicepresidente de Cuba, era muy amigo de mi abuelo Cortina. Rosa había salido de Cuba cuando tenía 14 años bajo el cuidado de varios tíos, ya que su padre, Gastón Arellano había fallecido, y su madre, Rosa María de Cárdenas no pudo salir de la Isla durante varios años.
Pronto formalizamos nuestra feliz relación y nos casamos el 28 de diciembre de 1965 en San Juan, Puerto Rico, a donde Rosa se había mudado con sus tíos Mario Arellano y Josefina de Cárdenas. Nuestro matrimonio ha sido bendecido con tres hijos: Rosa María, Néstor Gastón y José Manuel, y con seis nietos: Néstor Rafael, Olivia Claire, Marco Carlos, Maxwell Gastón, Cleo Cecilia y Lucas Manuel.
¿Cuándo comenzaste a trabajar con PepsiCo?
A fines de 1967, comencé en Nueva York mi larga y provechosa carrera profesional con PepsiCo, inicialmente como abogado y finalmente como vicepresidente de la empresa a cargo de relaciones públicas y gubernamentales a nivel internacional. En mis funciones, Rosa y yo viajamos por todo el mundo y residimos con la familia en México, Venezuela, Reino Unido, Bahamas y, por supuesto, en Estados Unidos (en Greenwich, Connecticut, donde anclamos nuestro hogar durante 40 años). Tuve la suerte de conocer y establecer relaciones personales con múltiples personalidades, incluyendo los tres puntales del mundo libre durante la Guerra Fría: Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el papa Juan Pablo II. Mucho aprendí de todos ellos, dado mi interés en la historia y la geopolítica, y mi inquebrantable lucha por la libertad de Cuba.
Mi relación con el papa surgió a raíz de un artículo mío titulado “Resistencia o Reconciliación: el dilema de la Iglesia en Cuba”, que publiqué en el Diario Las Américas en Miami, a fines de 1997, unas semanas antes del histórico viaje del papa a Cuba. En dicho artículo advertí, entre otras cosas, que Castro se beneficiaría del viaje si el papa mantenía la oposición unilateral de la Iglesia al embargo de Estados Unidos a Cuba sin recíproca oposición al inicuo embargo del régimen de Castro al pueblo cubano. Poco después, el cardenal de Nueva York, John O’Connor, se reunió conmigo para profundizar en los motivos de esa advertencia, que él discutió personalmente con el papa en el Vaticano antes de su viaje a Cuba. Gracias al cardenal, el papa repitió como leitmotiv en la Isla: “Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba”. Y gracias también al cardenal, el papa me honró a mí y a mi familia, recibiéndonos en su residencia de verano en Castel Gandolfo a mediados de 1998, y otorgándome una condecoración papal, que me fue entregada por el Cardenal O’Connor en misa solemne en la catedral de San Patricio el 16 de octubre de 1998.
A pesar de mi trabajo intenso en PepsiCo, pude escribir y publicar muchos de mis principales libros, en español e inglés, sobre Cuba, incluyendo: Por la libertad de Cuba: Una historia inconclusa; Grandes debates de la Constituyente de 1940; La Cuba eterna, ayer, hoy y mañana; Luces y sombras de Cuba; And the Russians Stayed: the Sovietization of Cuba; y Why Cuba Matters: New Threats in America’s Backyard.
¿Nunca intentaste regresar a Cuba?
Nunca, salvo cuando traté de hacerlo con la Brigada de Asalto 2506 en 1961. Mi sueño sería ir con mi familia cuando alboree plenamente la libertad en Cuba y pueda de alguna manera ayudar a la reconstrucción democrática del país. Quiera Dios que las esperanzas que hoy flotan en el ambiente conlleven el cese completo de la actual tiranía y de la ominosa intervención de potencias enemigas en la Isla, a fin de que renazca, libre y soberana, la Cuba martiana con todos y para el bien de todos.
Publicado originalmente en CubaNet.