No sé si debo pedirle perdón a alguien por dormir doce horas consecutivas. Parece una desmesura, una obscenidad, un desinterés por la vida. Soy un haragán, no cabe duda. Apago la luz a las dos de la mañana y mi esposa me despierta poco antes de las dos de la tarde, para ir a recoger a nuestra hija del colegio. Sabe Dios hasta qué hora dormiría si no me despertase mi esposa. Más vale seguir casado con ella.

Sé que atento contra el ornato, el decoro y las buenas costumbres saliendo a correr a las seis de la tarde con tanta ropa de deporte como si estuviera en la Patagonia o Alaska. Estoy gordo y mis rodillas a duras penas sostienen la excesiva masa corporal. La velocidad que imprimo a la carrera es tan baja y apocada que todos los corredores, incluso las señoras algo entradas en años, me sobrepasan sin dificultad, y me ha ocurrido que alguna persona, empujando el cochecito con un bebé, caminando a toda prisa, como si fuera el fin del mundo, o como si la persiguiera la gendarmería, me ha dejado rezagado igualmente. Es decir que soy el corredor más lento, tonto y rollizo del barrio, y no hago ningún esfuerzo por correr más deprisa.

Me esfuerzo, sí, por bajar de peso, pero los resultados son nulos, risibles. Cada tanto veo a un gordo y le pregunto a mi esposa: ¿Soy así de gordo o no tanto? Ella se ríe y me dice: Un poquito más. Pero yo no me veo tan gordo. Si bien la balanza confirma mi indudable sobrepeso, mi mirada es compasiva o miope o narcisista y me veo solo gordito, apenas gordito, no realmente gordo. Es decir que los demás, quizá porque me envidian, o me detestan, o abominan mis opiniones políticas, me ven mucho más gordo de lo que yo me veo. Mi mujer me ha puesto a dieta. Me prohíbe tomar jugos de naranja (dice que llevan azúcar), comer chocolates y helados y dulces en general (suelo comerlos a escondidas de ella, por ejemplo en el canal de televisión, cuando nadie me vigila), quesos (son mi perdición, y la de ella también) y hasta uvas (sostiene que, como las naranjas, acaban siendo azúcar: todo es malo en estos tiempos, por el amor de Dios; antes me drogaba con cocaína, y ahora me drogo comiendo ocho uvas verdes). Mucho me temo que la dieta es, en mi caso, una impostura, un ejercicio de histrionismo y duplicidad, porque a solas, en privado, acabo bebiendo y comiendo todo aquello que me ha sido proscrito, y el placer de hacerlo se multiplica precisamente porque estoy resbalando en el territorio de lo prohibido.

Perezoso y rechoncho, soy, sin embargo, o precisamente por eso, el hombre más feliz que he conocido, o de todos los hombres que he sido, este es el más feliz que me ha sido concedido. Enhorabuena. Que dure, que no se interrumpa, que tanta dicha se multiplique y desborde.

Debo de ser una mala persona pero no tengo el menor interés en volver al país en que nací. Se me ocurren treinta y cinco viajes más divertidos antes que volar a mi país de origen. Solo vuelvo para ver a mi madre. Si no estuviera ella, tal vez no iría más. Y nadie me echaría en falta, casi mejor. Solo pensar en el aeropuerto de aquella ciudad (el caos, la bullanga, el entrevero, los pícaros gritones, el enjambre de vehículos cochambrosos zumbando como moscas o abejorros, la batahola de bocinazos, la contenta barbarie) me previene de infectarme de esa enfermedad llamada nacionalismo, tan extendida en estos tiempos. Cualquier persona que diga “amo a mi país” o “mi país es el mejor del mundo” o “en mi país se come mejor que en el resto del mundo” me resulta sospechosa. En cuestión de amores, solo me ha sido dado amar a personas, no a países.

Sorprendentemente, quién lo diría, me gusta hacer el programa de televisión. Cuando era joven, soñaba con dejar la televisión para siempre y ser un escritor a tiempo completo. Las cosas han cambiado, con los años he aprendido a disfrutarlo. Me hace bien salir unas horas de casa, vestirme como señorito, asomarme con curiosidad a lo que pasa en el mundo, hablar, preguntar, bromear, pontificar, interrumpir, provocar. Hablar es estar vivo. Hablar es tener poder. Hablar es sentirse libre. Hablar sin leer lo que otros han escrito, hablar desde los recovecos de la mente o los laberintos del corazón, es afirmar la identidad. No quisiera jubilarme, retirarme. Me gustaría hacer televisión hasta los ochenta años. Si me quedase en casa todas las noches, ¿qué demonios haría? Me volvería loco. Probablemente me sentaría en la terraza y me pondría a hablar solo o haría entrevistas imaginarias a personajes ficticios. No me conviene dejar la televisión. Me mantiene vivo. Callarse, retirarse, evitar las cámaras, es morir un poco.

Menos mal que no me convertí en un político profesional. A poco estuve de lanzarme como candidato presidencial. No fue una tentación menor. El poder, la carrera por el poder, la notoriedad que da el poder, te hace sentir importante, le da un sentido vertiginoso a tu vida. Pero es una trampa. Es un pantano, un lodazal. Nadie sale limpio de allí. Sales muerto, o prisionero, o exiliado, o enfangado. Casi todos los políticos importantes que he conocido terminaron siendo unos grandes ladrones, unos impostores. Cómo podría sorprenderme que recibieran sobornos millonarios. Sabía de sobra que esos sujetos eran unos malandrines, unos cachafaces, unos charlatanes ávidos por enriquecerse haciendo trampas por debajo de la mesa. Fueron siempre unos tramposos y creo que lo dije en su momento. Menos mal me abstuve de pelear por el poder. El poder corrompe, envilece, menoscaba, mata. Hay que evitar el poder como quien evita el colesterol.

Lo que me salva, lo que me redime, lo que me devuelve bríos, es seguir escribiendo. Cada tarde que consigo escribir unas líneas vuelvo a sentirme joven, me lleno de ilusiones. Cada novela que voy maliciando, tramando, conspirando, me recuerda cuál es mi oficio, de qué madera estoy hecho, a qué misión he sido llamado. Llegan las cifras de las ventas anuales. Son alentadoras. Las regalías no son desdeñables. Hemos vendido más libros de lo que esperábamos. Ha sido un año muy bueno. Las editoriales de Barcelona y Nueva York están contentas y esperan una nueva entrega. Cómo podría quejarme. Tengo miles de lectores que me son leales de un modo que me conmueve. Puedo imaginar la vida sin televisión. Puedo imaginar la vida sin ver durante años a mis hijas mayores, ya me ha pasado y, aunque me ha dolido en el alma, he sobrevivido. Pero no puedo imaginar la vida sin escribir. Solo necesito una mesa, una silla y una computadora para saber quién soy y qué debo hacer.

Son las pequeñas, minúsculas cosas las que, con suerte, nos procuran la felicidad. A mi esposa, la idea de volver a la nieve y esquiar. A nuestra hija, la promesa de celebrar su cumpleaños en Miami y, una semana después, en Lima. A mí, ver todos los goles de las ligas española, inglesa e italiana: no me los pierdo, los veo en Youtube, celebro algunos como si yo mismo los hubiera convertido, soy un futbolista frustrado. A mi esposa, salir a correr por esta isla y hacerse un batido verde. A nuestra hija, cantar en la bañera o comer un chupetín cuando llega del colegio. A mí, subirme a la balanza y ver que no marca mi peso porque está estropeada, o conducir el auto que me ha regalado mi madre, o escuchar en la radio del coche a unos energúmenos hablando de fútbol.

Tengo la impresión de que alguien del gobierno vendrá a mi casa a multarme por ser tan descomedidamente feliz.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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